miércoles, 27 de febrero de 2013

OSCARS 2012

Argo para todos

Muy repartidos. Esa es la conclusión que se extrae de la 85ª edición de los Oscars que coronó a Argo como la nueva reina de Hollywood y que vio cómo 8 de las 9 cintas candidatas a mejor película se llevaban algún premio a casa. El film de Ben Affleck hizo buenos los pronósticos y se cargó a Lincoln, la máxima favorita cuando se anunciaron las nominaciones allá por Enero, pero que se fue desinflando espectacularmente hasta el punto de que un mes después en Las Vegas ya nadie daba un dólar por ella ¿? Igual es que la vieron.

Como maestro de ceremonias debutó con éxito Seth MacFarlane, el creador de Padre de familia y de la cuerda polémica de Ricky Gervais, aunque al final no lo fue tanto y se mantuvo bastante cerca de la corrección política. Si bien empezó fuerte con sus pullas a la academia por dejar fuera a Ben Affleck en la categoría de mejor director, sus intenciones de hacer reír al pétreo Tommy Lee Jones o su conexión en directo con William Shatner-Capitán Kirk del futuro, que le advertía sobre lo que no tenía que hacer para no ser elegido el peor presentador de la historia: irreverencias como la canción We Saw Your Boobs, en la que con su vozarrón de crooner iba enumerando actrices y películas en las que se les veían las tetas, y con la que Charlize Theron o Naomi Watts fingían enfadarse. Pero no, era un montaje y grabado, llevaban otros vestidos.

Tras un buen sketch con Sally Field -en el que daban por hecho que la secundaria la ganaba Anne Hathaway, como así fue- y otro parodiando El vuelo con calcetines -impagable el plano de una lavadora dando vueltas-, Seth fue perdiendo fuelle a la vez que sus comentarios, como con su chiste malo de que a los hispanos como Pe, Bardem o Salma Hayek no se les entendía cuando hablaban, aunque eso sí, eran muy atractivos. El exceso de vocalización de la mexicana al salir a continuación demostraba que estaba picada y con razón con la observación. Al menos, MacFarlaine recuperó chispa con sus chanzas sobre la duración de la gala, un hecho que siempre da mucho juego a todos los host de turno. Éste no fue una excepción, destacando el que soltó antes de presentar el premio a las actrices, al señalar que había una de 9 años -Quvenzhané Wallis- y otra que tenía 9 cuando comenzó la gala -la francesa Emmanuelle Riva, que ese día cumplía 86-. En fin, que en mi opinión Seth resultó ser una buena elección como host en el cómputo general; y, por cierto, el tío no hizo ninguna referencia a que él mismo estaba nominado a un Oscar -el de mejor canción por Ted- y no le afectó en absoluto perderlo ante la Adele de Skyfall. Igualico que Antonia San Juan cuando presentó los Goyas, vamos.


Precisamente Skyfall fue una de las protagonistas de la noche al hacer historia y convertirse en la tercera película de la franquicia James Bond en ganar Oscars -GoldfingerOperación Trueno  recibieron uno cada una en 1964 y 1965, respectivamente-. De hecho es la primera de la saga en alcanzar 2 estatuillas gracias a la brillante canción de Adele y a los mejores efectos de sonido, compartidos ex aequo con La noche más oscura, la sexta vez en la historia de los Oscars en los que hubo un empate y dos ganadoras en la misma categoría. La Academia quiso homenajear a 007 así mismo con un video conmemorativo por sus 50 años en el cine, coronado por la aparición estelar de Shirley Bassey cantando en directo la mítica Goldfinger. Digo yo que también habría sido un buen detalle incluir a Skyfall en la decena de nominadas al Oscar, la ocasión lo merecía… Nueve es un número raro para cerrar una categoría y la película tenía calidad de sobra para no haber levantado sospechas. Bueno, al menos en 2062 puede que llamen a Adele para que interprete el tema de Skyfall en el 100 aniversario del personaje.



Otra actuación sonada fue la vuelta a la ceremonia de Barbra Streisand tras 36 años de ausencia y desencuentros varios con la Academia. La diva de Brooklyn cantó su The Way We Were y homenajeó así al desaparecido Marvin Hamlisch, el último en aparecer en el video In Memoriam a los fallecidos en 2012, entre los que se encontraban Ernest Borgnine, Tony Scott, Celeste Holm, Nora Ephron o la diseñadora de vestuario Eiko Ishioka, quien, como el Cid, habría ganado su última batalla después de muerta si Blancanieves (Mirror, Mirror) no hubiera perdido frente a la favorita Anna Karenina. Un hecho que también dejó fuera al español Paco Delgado por Los miserables.


Precisamente Lés Miserables -qué bien pronunciaban todos en francés el título original- fue otro de los referentes de la velada, como no podía ser menos en una edición cuyo tema era La música en el cine. Y es que todo el elenco de la película -Jackman, Hathaway, Crowe, Seyfried, Baron Cohen, Redmayne, etc- subió al escenario para cantar One More Day y llevarse la esperada standing ovation del público, un reconocimiento que también obtuvo pocos minutos antes Jennifer Hudson con un tema de Dreamgirls -aunque probablemente también influyó en el ánimo colectivo el recuerdo de los terribles asesinatos en su familia-. Se trataba de tres actuaciones seguidas con la excusa de celebrar los diez años del Oscar a Chicago, y que abrió Catherine Zeta-Jones con All that Jazz. Nada, que en vez de olvidar aquella afrenta al cine, va y la conmemoran…


La novedad musical fue que la orquesta no estaba físicamente en el Dolby Theater, sino en el edifico circular del Capitol Studios, en la misma acera de Hollywood Boulevard pero unas manzanas más al Sur. Así que cuando sonaba la amenazante música de Tiburón para que los premiados cortaran sus rollo-discursos en realidad los músicos lo estaban viendo por la tele…


Llegados a este punto hay que hablar de la película más oscarizada de la noche, que no fue otra que la sobrevalorada La vida de Pi con cuatro: banda sonora, efectos visuales, fotografía -para el chileno Claudio Miranda- y director; un Ang Lee que empataba así con Frank Borzage y George Stevens al ganar por segunda vez el Oscar al mejor director por una cinta que al final no lograba el de mejor película. Otra más y le iguala el récord a John Ford, que lo hizo en 3 de sus 4 Oscars. Precisamente, la estatuilla al mejor director fue el centro de la polémica este año, ya que el premio para Ang Lee tenía que haber sido en realidad para Ben Affleck, pero, es que… no estaba nominado ¿? porque, como dijo Seth McFarlaine, la academia la había cagado y lo sabía. Así pues, con Affleck fuera, ¿a qué director darle el Oscar? Los académicos tiraron por lo fácil, y para no otorgárselo a Spielberg por la densa y aburrida Lincoln -además de por la ancestral tirria que le tienen desde El color púrpura-, ni al europeo Haneke -ya tenía bastante con el de película extranjera-, ni a David O’ Russell o Benh Zeitlin -estamos de coña, ¿no?- el único que fría y objetivamente podía ganar era Ang Lee, con la coartada además de dirigir la película más oscarizada del año y de tener un prestigio por haber ganado ya la estatuilla. La standing ovation ante el taiwanés maquilló todas estas maquinaciones de pasillo, como si su Oscar fuera lo más lógico y merecido del mundo…




Otro Oscar que parece de lo más natural -volver a premiar a Quentin Tarantino por su indiscutible talento como guionista- en realidad deja las dudas de saber si lo hicieron como desagravio a Pulp Fiction -que mereció ganar todo en 1994- o porque realmente los académicos pensaban que el guión de Django desencadenado estaba a la altura del de su segunda y genial película. Y es que lo peor que le podía pasar a la carrera de Tarantino es que le dieran otro Oscar a estas alturas, cuando la autocomplacencia y la desmesura campan a sus anchas por sus películas, y sus guiones hace mucho que dejaron de ser perfectos. Al propio Django Unchained, aun siendo mejor que sus últimos films,  le sobra media hora y el final es como para abofetear a alguien. Pero bueno, en el fondo yo también sonreí complacido al ver cómo Mr Tarantino subía a por su 2º Oscar pasando de todo, con la corbata desabrochada y el Dolby Theater en pie. Un hecho que también se había producido una hora antes con el premio de secundario para Christoph Waltz, en la categoría con menos nervios de la noche: los 5 actores nominados ya habían sido oscarizados anteriormente.

En cuanto a los actores principales, Daniel Day-Lewis hizo historia al conseguir su tercera victoria como mejor actor, algo inaudito en la historia de los Oscar, ya que parecía existir una regla no escrita que limitaba a los actores principales a ganar como mucho dos veces. Pero su prestigio y la alargada sombra de Lincoln pudieron más que el hecho de que un intérprete contemporáneo superara a leyendas como Gary Cooper, Spencer Tracy o Marlon Brando. Del agradecido speech del británico sorprendió su arranque cómico al decir que Meryl Streep -que le había entregado el premio- era la primera opción de Spielberg para encarnar al venerado ex-presidente y que él en realidad iba a hacer de Margaret Thatcher. También se autolanzó una pulla al reconocer sus limitaciones en el musical al alegrarse de que Lincoln no lo fuera, recordando su fracaso en Nine. Por cierto, que Spielberg -con perpetua cara de poker, como sabiendo que nunca más va a ganar un Oscar- casi siempre lo sacaba de perfil en la peli, como en las monedas de centavo, quizá porque ahí era más acentuado el parecido. Y es que yo tengo un problema con su Lincoln: sigo viendo a Daniel Day-Lewis todo el rato con una perilla y una voz rara. Liam Neeson sí que lo habría clavado de verdad.

En la mejor actriz, todo apuntaba a priori a que Jessica Chastain y Jennifer Lawrence se disputarían el triunfo, con una ligera ventaja para la segunda según las entregas de premios previas. Pero la incertidumbre pronto quedó disipada porque desde el minuto uno de ceremonia… quedó claro que el Oscar sería de Lawrence. MacFarlane no paraba de mentarla -como en la canción de We Shaw Your Boobs, con guiño incluido a la cámara-, continuamente salían imágenes de su película -El lado bueno de las cosas tenía nominados a todos sus actores- e incluso al realizador parecían haberle chivado que ganaba ella, porque chupó bastante plano cuando se trataba de sacar recursos del público, mientras que la Chastain parecía asumir su derrota entre las sombras. Al final lo que tenía que pasar pasó y Jean Dujardin -objeto de otro cruel chiste de MacFarlane, por haber desaparecido también del mapa- anunció su nombre como ganadora del Oscar. Jennifer, para no perder la tradición de saraos anteriores -en uno perdió un tacón, en otro se le rompió el vestido…- tropezó al subir las escaleras -¡por Dior!- y se dio de bruces contra el suelo, quién sabe si objeto de algún extraño vudú de la Jessi, reafirmando el mito de la mala leche de las pelirrojas. Por cierto, me acabo de acordar de que cuando Daniel Day-Lewis ganó su primer Oscar, Jennifer Lawrence aún no había nacido...

Para la entrega del último y más importante Oscar, la academia decidió innovar y, junto con el eterno Jack Nicholson -¿alguien recuerda alguna gala en la que no haya estado?- se estableció una conexión en directo con la Casa Blanca, donde estaban Michelle Obama y un grupo de gente vestida rara haciendo bulto, dispuestos a desvelar el misterio y darle el postrero disgusto a Spielberg. La primera dama USA abrió el sobre y dio como ganadora a Argo, de Ben Affleck, que al final pudo subir al escenario junto a Grant Heslov, George Clooney y el resto de su equipo para recibir los agasajos de la academia y el público, 15 años después de aquel sorprendente Oscar como co-guionista de El indomable Will Hunting.


Para finalizar, y mientras todo el mundo corría a los bares y servicios del teatro, Seth MacFarlane y una tal Kristin Chenoweth se arrancaron con una canción-epílogo-anticlimax que seguro que no se repite, "Here's to the Losers," en la que se acordaban de la gente que no había ganado, como Bradley Cooper, Amy Adams, Joaquin Phoenix, etc. mientras a uno le daba por pensar: ¿Y cómo sabían que ésos no iban a ganar? ¿Habrá también tráfico de sobres en la Academia de Hollywood?

LO MEJOR


Que ganara la aparente sencillez de Argo y no Lincoln o La vida de Pi, cintas demasiado densas y pagadas de sí mismas. Y que lo hiciera Amor en la película extranjera.

Los números musicales, como la canción We Saw Your Boobs, la eléctrica presencia de Shirley Bassey -76 años- con Goldfinger y la Adele de Skyfall, así como el retorno de la Streisand para honrar a Hamlisch con The Way We Were.

Lo bien que administró Mark Wahlberg la sorpresa de que  hubieran 2 películas ganadoras en los efectos de sonido: primero nombró al equipo de La noche más oscura y luego, cuando éstos recogieron sus premios y se retiraron del escenario, anunció el segundo film ganador, con pausa dramática y suspense incluidos: ¡Skyfall!

Que la franquicia Bond fuera premiada con dos Oscars.

El vestido de Jennifer Lawrence, aunque le hiciera tropezar.

LO PEOR

La chapuza de la Academia al no nominar a Ben Affleck como director.

La enésima humillación a Spielberg. Por mucho que Lincoln fuese un poco ladrillo, el hombre que salvó a la industria del cine USA en los ’70 junto a Lucas no se merece estas afrentas que periódicamente recibe por parte de la Academia de Hollywood.

Que Pixar gane la película de animación hasta cuando entrega una cinta normalita como Brave. ¡Rompe Ralph! o Frankenweenie -con la posibilidad de premiar por fin a Tim Burton con un Oscar- habrían sido mejores decisiones.

El vestido de Anne Hathaway...


Que George Clooney ganara otro Oscar. Al menos estuvo calladito y no le quitó el protagonismo a Ben Affleck.

Que Jean Dujardin no dijera Je… y luego no hiciera la pausa dramática de Wahlberg al leer el sobre a la mejor actriz. La cara de las dos favoritas habría sido impagable :)


Criticoll

viernes, 1 de febrero de 2013

RESUMEN DE 2012 (III): LOS BIENES

Año de nieves, año de bienes. En 2012 no es que nevara mucho pero sí hubo bastantes bienes en la cosecha anual: films que coincidieron en la zona templada de la clasificación a mitad de camino de subida o bajada -según las expectativas de cada uno a priori-, pero que al menos garantizaban un rato de diversión.

Los bienes del año: Total Recall, Grupo 7, Sombras tenebrosas, Vacaciones en el infierno, Salvajes, El caballero oscuro: la leyenda renace; Prometheus, Mi semana con Marilyn, Los mercenarios 2, El Hobbit: un viaje inesperado.

TOTAL RECALL

El remake de Desafío total estaba en desventaja desde el minuto cero. Y es que con los créditos iniciales ya no oíamos la legendaria música de Jerry Goldsmith, sino una más anodina de Harry Gregson-Williams que ni de coña se la habría puesto Canal + como sintonía de los partidos de fútbol, y que ya te hacía añorar la peli de Paul Verhoeven antes incluso de ver a Colin Farrell correteando por Marte con los globos oculares a punto de estallar.

Pero es que… ¡oh, sorpresa! aquí Marte ya no salía para nada, si bien hay que reconocer que en su lugar utilizaban una idea bastante atractiva: en la distópica Tierra del futuro solo quedan dos zonas habitables: la Colonia -Australia-, donde viven los trabajadores explotados, y la Unión Federal Británica -Reino Unido-, la metrópoli donde éstos van a currar cada día en un tubo subterráneo que atraviesa el núcleo del planeta. Vaya, eso sí que es vivir en los suburbios…

A partir de ahí el resto era bastante parecido a la cinta de 1990, con Quaid -Colin Farrell- marcando músculos y sobresaltado por pesadillas en las que se ve acompañado por una morena-atlética-modosa -Jessica Biel-; o yendo a Memory Call a pesar de la negativa de su esposa Lori, que ya no es una actriz rubia -Sharon Stone- sino otra morena -Kate Beckinsale-, aunque también se siga acostando con el director de turno -Lew Wiseman-. Pues eso, que tras ver reactivada su memoria como Hauser, Quaid provoca la irrupción de los drugos del malo, uno de los villanos con el mejor nombre de la historia: Vilos Cohaagen -Bryan Cranston-, a la vez que descubre que su mujer no lo era en realidad y tal, sino otra agente de Cohaagen, Cohaagen -joer, es que mola decirlo-… A partir de ahí, muchas carreras, disparos, escenas de acción con un ojo puesto en el videojuego y la sensación final de que la peli era entretenida pero le faltaba un poco de mala leche; y que, a pesar de tanto trajín, también parecía tener el freno de mano echado para no pasarse de violenta y que no le cascaran en USA la tan temida R. Al menos, Wiseman y sus guionistas intentaban contentar a los fans del original echando mano todo el rato de guiños tontos que a mí me encantaron porque, snif, en el fondo soy un sentimental. ¡Hay un montón! yo me fijé en los siguientes antes de mirar la trivia del imdb:



-La mujer gruesa de la aduana que se quedaba “dos semanas” y que era Schwarzenegger camuflado ya no es el disfraz de Colin Farrell, pero vuelve a aparecer por allí para despistar y satisfacer a los nostálgicos.

-En lugar de Kuato tenemos a Matthias -Bill Nighy-, que no es juez de línea, sino líder rebelde y ya no tiene ningún mutante parecido a Jordi Pujol alquilado en el vientre.

-Quaid descubre que no está en un sueño -como sus enemigos le quieren hacer creer- gracias de nuevo a una secreción natural: la gota de sudor del médico en la cinta de 1990, la lágrima de Melina aquí.

A la hora de quitarse el localizador que lleva en el cuerpo, Quaid no se lo saca por la nariz como si fuera un moco, sino que lo tiene bajo la piel de la mano, es un móvil que se activa al apoyarlo en un cristal ¿?… ¿Acabaremos todos así en un salto evolutivo? ¿Cómo se recargará cuando se le acabe la batería? ¿Tendrá Whatsapp?

-La meretriz de los tres pechos también sale, esta vez con rasgos asiáticos. Para la Cómic-Con de San Diego se vistió un poco más recatada y supongo que con algún gorila incorporado para protegerla de las hordas de frikis.

-Hay un homenaje a Robocop de Verhoeven: un tipo bautiza a uno de los policías del futuro como Robopolla.

-Quaid-Colin es Tauro, como lo era Quaid-Arnold en 1990 cuando la niña mutante le adivina el horóscopo.

También me gustó el diseño del Londres futurista, tomado -o mejor dicho, saqueado- de Blade Runner, con la misma lluvia, polución, caracteres chinos por doquier, superpoblación, coches voladores o la sensación de estar en otra jungla de asfalto caótica como en el film de 1982. Por no hablar de los planos generales nocturnos tan intercambiables con aquellos de Los Angeles’ 2019, en los que se ve los edificios modernos construidos sobre el armazón de los antiguos. Una idea original de Ridley Scott, que imaginó que en el futuro sería más barato aprovechar los cimientos ya existentes a la hora de construir nuevas edificaciones que crear otros nuevos.

En cuanto a los actores, un blandito Colin Farrell no aguanta mucho la comparación con Schwarzenegger, claro que su Quaid está más serio y preocupado toda la película que lo que lo estaba el socarrón de Arnold. Mejor parada sale Kate Beckinsale, que gracias a las atenciones que le dispensa a su personaje su director y marido, consigue lucirse y chupar bastante plano, aunque yo me siga quedando con aquella Sharon Stone de 31 añitos :p. De la Melina de Jessica Biel, decir que parece sorprendente que haya conseguido una nominación al razzie, ya que se pasa la peli corriendo o disparando, no le da tiempo a interpretar ni bien ni mal. ¡Ah! y eso de tener a dos morenas como a ella y a la Beckinsale de rivales también provocaba que costase distinguirlas en las escenas de lucha -como en la del ascensor-. Es que hasta que no te fijabas en la mandíbula o los piños no sabías cuál era cuál…


SALVAJES

Con Oliver Stone me pasa lo mismo que con Tarantino: les he visto películas tan buenas en el pasado que me decepciono un poco -o un mucho, si se trata de Death Proof o Wall Street 2- cuando ahora estrenan una cinta y no llegan al nivel de calidad demostrado. En el caso de Stone, el listón lo marca J.F.K., una obra maestra del montaje a la que los años parecen no afectar, y que cada vez que la ves tienes la esperanza de que Jim Garrison acabe ganando por fin el juicio.

Aunque también cuenta con un reparto coral y exploten algunas cabezas, Salvajes está en realidad más cerca de Giro al infierno o Asesinos natos, films pertenecientes a la otra vertiente más choni y polvorienta del cine de Stone: con personajes turbios que viven la violencia sin complejos como parte natural de su existencia al margen de la ley.

En esta ocasión, el universo elegido por el autor de Platoon es el que nos muestra en sus páginas el escritor Don Winslow, es decir, el habitual microcosmos de narcos mexicanos, sicarios torturadores y forajidos gringos que ya no miran al South of the Border como a ese paraíso idealizado por Peckinpah y compañía en donde empezar una nueva vida, sino como un lugar muy peligroso y corrompido en el que si te pasas de listo no saldrás vivo.

La película cuenta la historia de Ben y Chon -Aaron Johnson y Taylor Kitsch- dos amigos que comparten todo en la vida, desde su exitoso negocio de marihuana, la pasión por el surf o la misma novia, Ophelia -Blake Lively-. Pero tras negarse a hacer negocios con un cartel mexicano -con Salma Hayek y Benicio del Toro a la cabeza-, su rutina se verá alterada al secuestrar éstos a su chica como represalia. Las ansias de venganza de nuestros amigos, la exigencia de un elevado rescate o la aparición de un agente del FBI aficionado a ser huntado -John Travolta- complicará bastante las cosas…

La película da lo que promete, es entretenida y se deja ver con fluidez, con un buen reparto en el que destaca Benicio del Toro como un temible sicario aficionado a disparar a las rodillas de sus víctimas -el reverso tenebroso de su oscarizado policía de Traffic-; o Salma Hayek, una reina de la droga mexicana que acaba teniendo más trato con su rehén rubia que con su propia hija, una hipócrita que la desprecia y sólo la quiere cuando se retrasan sus cheques.


El problema de Salvajes es que, como le sucedía hace unos párrafos a Total Recall, a veces parecía que Stone se autofrenase y no desbarrara a fondo como él sabe, alborotando un poco pero siempre dentro del sistema; algo así como el protagonista del 2º episodio de Black Mirror, 15 millones de méritos. Aceptando su etiqueta de rebelde oficial pero con miedo a pasarse de la raya con la MPAA y no encontrar financiación again si sus productores veían que no recaudaba lo esperado. ¡Pues si aún así te cascaron la R, amigo Oliver! De perdidos al Río Grande. Tampoco es muy convincente el doble y ambiguo final que se inventa para la película, muy diferente del del libro y con los que parece decirles a los de la pasta: uno para vosotros y otro para mí, y todos contentos.

Bueno, pues eso, que a ver si ahora que se acaba Breaking Bad la AMC, la HBO o alguien se decide a adaptar El poder del perro para matar el mono. Nunca mejor dicho.

Nota: calificación R - Restringido
Menores de 17 años, requiere de acompañamiento de padres o tutor adulto.
Puede contener lenguaje fuerte o muy fuerte, énfasis sexual, desnudez explícita, fuerte contenido de violencia y gore inquietante o de contenido de drogas.



VACACIONES EN EL INFIERNO

Una nueva cinta ambientada en México era Vacaciones en el infierno, otra película que seguro que no te pondría la oficina de turismo azteca en Fitur. Y es que tras ver Salvajes, Get the Gringo, Breaking Bad o leer alguna novela de Don Winlow, México parece mucho menos lindo y querido, y casi pasa a tener sólo por detrás a Corea del Norte, Somalia o Irán en tu lista de países a los que no apetece mucho ir. Un lugar donde la policía es un eslabón más de la cadena del narcotráfico y la corrupción, la vida no vale nada y el polvo, el calor y la miseria aparecen en cada rincón. Como aquí dentro de unos años, vamos. L

La película narra las peripecias de Mel Gibson como ladrón de bancos sin nombre que, tras ser detenido en la frontera -por Dean Norris nada menos, el Hank de Breaking Bad- da con sus huesos en una cárcel mexicana, “El Pueblito”, no muy parecida que digamos al hotel noruego donde vive el asesino de Utoya. Nuestro hombre tendrá que emplearse a fondo para sobrevivir y lograr escapar de semejante agujero, gobernado con puño de hierro por Javi, uno de los reclusos -el madrileño Daniel Jiménez Cacho-.

Una opinión bastante extendida en relación con esta película es que en realidad nos encontramos ante una secuela apócrifa de Payback (1999) con Gibson-Porter haciendo de las suyas ahora en una prisión de México... Lo cierto es que resulta interesante ver seguidas una y otra y comprobar las semejanzas tan curiosas que hay entre los dos personajes de Mel: la profesión de chófer, la voz en off, el estoicismo, su habilidad como carterista, sus pocos escrúpulos para conseguir dinero, fumar como un carretero, la ligera cojera, la afición por los regueros de gasolina que producen explosiones, etc. Si bien también hay algunos elementos que no casan entre ambos: el tatuaje de francotirador, que cambia de brazo -y de estamento: de la marina a la armada-; y la historia de su mujer y su mejor amigo que le engañaron, que no guarda relación con lo que sucede en la ópera prima de Brian Helgeland. Un juego cinéfilo lo bastante ambiguo como para no dejar nada claro y dar pie así a bastantes tertulias y posts en imdb.



En otro orden de cosas, y aunque tengo un gran respeto en general por el doblaje español, este es uno de esos films que es mejor verlo en versión original, porque toda la gracia de la película consiste en oír los cambios de inglés a castellano, el juego entre los personajes que sólo conocen uno u otro para ocultarse información, etc. Incluso hay una escena en la que Gibson imita a Clint Eastwood, y que en el doblaje pierde por completo la gracia. U otra al final en la que habla español un poco macarrónico, pero que se le entiende lo suficiente como para que los productores de Alatriste le ofrezcan la secuela ipso facto como lo vean.

En resumen, un resultón film de acción que demuestra que el carisma de Mel Gibson sigue intacto aunque su carrera en USA parezca sentenciada tras sus problemas legales, maritales, alcohólicos y hasta capilares. Y es que allí esta película no tuvo sitio en los cines y se estrenó directamente en DVD y en formato de pago por visión. Normal, no pretendería quitarle salas a obras maestras tan imprescindibles como Peso pesado o A todo gas 498.739.


GRUPO 7

El thriller le sigue sentando bien al cine español, ya que tras éxitos comerciales como Celda 211 o No habrá paz para los malvados -aunque a mí ésta no me gustó- Alberto Rodríguez se unió al club con Grupo 7, la historia de cuatro policías que a finales de los ’80 tratan de limpiar las calles de Sevilla ante la inminente EXPO-92. La película tiene a favor que el ritmo y el interés del espectador no decae casi en ningún momento o las logradas interpretaciones de Antonio de la Torre, Joaquín Núñez y Estefanía de los Santos; y en contra, que salga Mario Casas -y le den demasiado diálogo- o que la subtrama de los chanchullos del Grupo 7 con la Caoba y la droga decomisada no quede muy bien explicada. Pero bueno, en el cómputo general la cinta resulta bastante satisfactoria, y si existiera una enciclopedia ilustrada de frases manidas, la de “para ser española no está tan mal” llevaría una foto de esta película.


EL HOBBIT: UN VIAJE INESPERADO

Ya es una tradición ir al cine en Navidad a ver una de Tolkien-Jackson. Bueno, yo al menos ya lo he hecho cinco veces. Lo que pasa es que de las cuatro primeras ya hace más de diez años y fue antes de las versiones extendidas, de King-Kong o de Lovely Bones, con lo que esa aureola de infalible que tenía el director de Pukerua Bay se ha perdido un poco. Por otro lado, no todos los días acude uno a una película en 3D y 48 fps, así que a ésta había que ir... aunque contemplar cosas en primer término y otras al fondo y con esa textura tan extraña y telefilmesca se hiciera raro raro raro. El hobbit 1 es correcta y recupera parte del encanto de la trilogía original, pero no vibré en ninguna escena como antaño y me pareció demasiado larga para lo que al final nos viene a contar. Y es que no sé si fue el horario -un domingo a la hora de la siesta-, que salieran tantos enanos haciendo bulto y con nombres tan extraños o qué, pero durante un momento que estaba hablando Gandalf casi me duermo, tú.

Criticoll


domingo, 20 de enero de 2013

Sangre y balas

Django desencadenado

En una filmografía con tantas películas del Oeste encubiertas, a la octava por fin Quentin Tarantino ha rodado un western oficialmente: Django desencadenado, aunque dadas sus características, más bien habría que decir que se trate de un Spaguetti-Southern. Y es que el modelo que ha tomado como referencia no son los films canónicos de Ford, Hawks o Hathaway del Hollywood clásico, sino los eurowesterns baratos de Leone, Corbucci, Eugenio Martín y compañía que solía devorar en su videoclub de Manhattan Beach. Historias llenas de violencia, sangre, codicia, traiciones, venganzas… que parecen hechas a su manera de ver el cine y por las que deambulaban tipos con tan pocos escrúpulos como El hombre sin nombre, Tuco, Sábata, Sentencia o el propio Django.

Django Unchained cuenta con un arranque brillante, con un Christoph Waltz portentoso como el Doctor Schultz, un cazarrecompensas alemán que libera al esclavo Django -Jamie Foxx- de sus negreros y lo contrata como ayudante. Tras un periodo de prácticas acribillando forajidos aquí y allá, ambos se dirigirán a una plantación de Mississippi para rescatar a la esposa de Django, Broomhilda -Kerry Washington- de las garras del temible Calvin Candie -Leonardo DiCaprio-, un terrateniente aficionado a la frenología y a las peleas de Mandingos…


La película resulta en bastantes tramos muy disfrutable y entretenida para los aficionados al western y a Tarantino en general, suponiendo una mejora respecto a sus dos últimas cintas, la horrenda Death Proof y la sobrevalorada Malditos bastardos, aunque hay que reconocer que cerca de a la mitad de su metraje se estanca y da la sensación de que la media hora final sobra. Curiosamente, uno de los puntos flacos del film es el propio personaje de Django, al que Jamie Foxx -que se impuso en el cásting a Will Smith o Kenneth Michael Williams- no consigue dotarle del carisma necesario, viéndose superado por caracteres mucho más interesantes -y mejor escritos- como los de Schultz o Candie; por mucho que Foxx posea atributos ocultos que no tengan, ejem, nada que envidiar a los de otro actor tarantiniano -Michael Fassbender- en Shame. Y es que tras desaparecer Waltz y DiCaprio del mapa y centrarse el desenlace sólo en Django, esto supone un lastre del que la película no se recupera. Encima con esa secuencia final de vergüenza ajena, en la que los personajes de Foxx y Washington tienen gestos y actitudes muy abofeteables, que te sacan de la historia, y que uno no se explica cómo las incluyó Quentin en la escena hasta que no conoces lo que sucedió en realidad: que tras rodar el final previsto, éste no convenció a su director y guionista y se encerró en su caravana unos minutos para escribir otro, que es el que finalmente sale en la película. Ya me imagino las palmaditas en la espalda de todo su equipo de succionadores de miembros viriles -como diría el Señor Lobo con otras palabras- ante la espontánea genialidad de su jefe. Pues craso error, amigo Quentin, porque queda fatal. Tampoco la empatía de los tres mineros -uno de ellos el mismo Tarantino- ante la patraña que les cuenta Django para que lo suelten resulta muy creíble, como si hubiera escrito el diálogo también in situ por pereza. Sólo por estas dos cosas ya no debería ganar el Oscar al guión original que parece tener en el bolsillo. Esa aparición pasado de kilos de Quentin como actor me hizo pensar, simbólicamente, en otros dos aspectos adyacentes: que su oronda figura era una metáfora del metraje que últimamente siempre le sobran a sus películas, encima ahora sin la figura clave de la fallecida Sally Menke -la editora de todos sus films- para controlarlo; y el hecho de que detonarse a sí mismo sea como decirle a crítica y público que ya ha dicho todo lo que tenía que decir en el cine: que ya le da todo igual y que esto es lo que hay. Pues da un poco de pena que su talento se haya dejado vencer así por la autoindulgencia, porque a estas alturas está claro que Tarantino nunca más va a alcanzar con otro largometraje el nivel de sus prometedores inicios, aunque él opine todo lo contrario en declaraciones como éstas: “He llegado a la cima. Tengo una enorme ambición y he aprendido a usar al máximo mi talento”. Ojalá fuera cierto; lo único seguro es que al menos podremos disfrutar una y otra vez de Reservoir Dogs y Pulp Fiction cuando queramos, que no es poco.


En cuanto a los habituales guiños y referencias, en esta ocasión destacan los cameos de Russ Tamblyn, Don Johnson -la escena del Ku Klux Klan es muy ingeniosa- Don Stroud o el propio Franco Nero, el Django original al que Tarantino brinda una majestuosa réplica cuando Jamie Foxx deletrea su nombre y le dice que la D es muda: “ya lo sé”. O la ecléctica banda sonora de la película, que recupera apropiadamente el tema de Ennio Morricone de Dos mulas y una mujer y el de Jerry Goldsmith de Bajo el fuego… junto con algún resbalón como ese rap -una concesión a sus fans negros que no son Spike Lee- y que desluce todavía más la bochornosa escena final.

Una última mención para Leonardo DiCaprio, que en esta ocasión me gustó porque hace de malo con los dientes sucios. De su actuación destaca el momento en el que está hablando de forma vehemente en plano americano y de repente le da un puñetazo a la mesa mientras hay un primer plano de su cara. DiCaprio sigue hablando en plano americano y súbitamente brota sangre de su mano ¿? pero el tío acaba el resto de la escena sangrando como si nada, sin darle importancia. ¿Un fallo de raccord? Pues no, porque, por lo visto, al dar el puñetazo rompió una copa y se clavó un cristal. Leonardo, metido como estaba en el personaje, continúo rodando y se olvidó por completo de su herida hasta que supuestamente dijeron “¡corten!”. Sí, bueno, bueno, lo que hay que oír… no dudo de la profesionalidad o la capacidad de concentración del rubio actor de Titanic, pero parece una de esas tretas que acaban decantando la balanza a tu favor para que te den el Oscar. Pobre Leo, desde luego, lo que hay que hacer para ganar la estatuilla, y encima al final ni te nominan. Quizá harto porque ya ni hiriéndose aposta acaba convenciendo a los académicos, el actor ha declarado su retirada momentánea del cine -aunque tiene El gran Gatsby y The Wolf of Wall Street en la recámara- para tomarse un descanso y dedicarse a sus actividades habituales. Que pasan, como sabemos, por la ecología y por liarse con ángeles de Victoria`s Secret… aunque éstas estén casadas y con bebés recién nacidos, como Miranda Kerr. Ay, ay, Leo, como saque el arco Orlando Bloom…

Criticoll

jueves, 10 de enero de 2013

RESUMEN DE 2012 (II): LOS SUFICIENTES

Vamos ahora con los suficientes, films que me decepcionaron pero no en grado sumo, ya que a pesar de todo tenían algún detalle atractivo que los salvaba de la quema de estar junto al Señor Mierda, John Carter y compañía.

Los suficientes del año: Lo imposible, Intocable, Looper, La vida de Pi.


LO IMPOSIBLE


Ha recaudado cifras récord, ganará un porrón de Goyas y también han nominado a Naomi Watts y Ewan McGregor para darle glamour a la ceremonia  -eso si vienen-, pero lo cierto es que me esperaba mucho más de Lo imposible. Tanto se había comentado de la película de Juan Antonio Bayona que al final no pude sentirme más que decepcionado ante lo poco destacable que tenía que ofrecernos el film. OJO, SPOILERS, si queda alguien en Siberia que no sepa lo que pasó.

La película empieza con una familia europea de postal en el avión que les lleva a un hotel costero tailandés, el 24 de diciembre de 2004. En el cuarto de hora inicial antes de la catástrofe, nos dan una breve pincelada de los protagonistas, un matrimonio y sus tres hijos varones: de su personalidad, sus quehaceres, inquietudes, etc. Un poco sonrojante que J A. Bayona pretenda que sintamos pena por ellos ya antes de la ola, porque, eh, también tienen problemas: igual despiden a Ewan McGregor de su trabajo en Japón y ya no podrán pasar más navidades en otro megarresort de lujo en Tailandia. Snif, snif, puta crisis, siempre cebándose con los mismos.

En fin, que tras una escena muy bonita en la que encienden unos faroles por la noche y todos se abrazan -¿sacaría el Butanito la expresión de abrazafarolas de algún viaje por allí?- a los 15 minutos de metraje llega el momento del tsunami, que los pilla a todos descalzos en la piscina. Como consecuencia del impacto, María -Naomi Watts- y el hijo mayor -un adolescente algo irritante llamado Lucas, que se había ido a buscar una pelota roja-, se ven separados de los otros 3 miembros de la familia, esto es, Henry -Ewan McGregor- y los dos niños pequeños.

Y a partir de ahí se puede decir que se acaba la película, porque ya no hay más olas gigantes, ni amenazas, ni saqueadores, ni pederastas, ni peligros para María y Lucas, que a partir de entonces pasan a monopolizar la trama. Si acaso, y conforme se sitúa la acción a partir de que los llevan a un hospital, los malos parece que vayan a ser los desbordados médicos y enfermeras nativos ¿? o la pierna herida de la Watts, de la que uno se espera otro plano subjetivo amenazante, como hemos visto antes uno del mar mirando a los incautos humanos en la playa -plano saqueado, por cierto, de Tiburón-. Y es que la película se centra en ellos y olvida por completo las vicisitudes de Henry y los niños. ¡Dios mío! ¿Qué habrá sido de ellos? ¡Seguro que están muertos y lo de Ewan en el reparto era como lo de Janet Leigh en Psicosis! Bueno… puede que algún espectador llegara a pensar eso, pero se trataría de alguien que no ve mucho la tele y no se hubiera enterado aún de que ésta era una historia real basada en una familia española que sobrevivió al tsunami. ¡Vaya! ¡Un spoiler! Ni de coña, porque hace cuatro meses que está en cines y Bayona y compañía ya se encargaron en su momento de publicitarlos y pasearlos por todas partes en los preestrenos; con dos coj... Lo imposible era no enterarse de que estaban vivos. Y luego quieren que la gente sufra, se muerda las uñas y se estremezca por la incertidumbre frente a la pantalla. ¡JA!

Pues eso, que Ewan y los dos niños no vuelven a salir hasta una hora después o por ahí, que es cuando la película nos muestra el post-tsunami desde su punto de vista. Una historia que no deja en muy buen lugar a Henry que digamos: sobrevive a la ola pero se hace más daño luego al tropezarse dos veces con unos muebles; vuelve a una habitación de bungalow y no se le ocurre buscar ropa nueva o zapatos; deja a los pequeños al cuidado de unos extraños que bien podrían ser de alguna red de pederastia -aunque la película lo obvia por completo, desgraciadamente se dieron muchos casos de esos en la realidad-, y encima se achanta cuando le pide prestado a un tipo su móvil para llamar a casa y este se lo niega porque “se le gasta la batería”. ¡Maldito rácano! Ojalá se te hubiera tragado la mar, piensa el público al unísono -qué raro que no sonara aquí la música a todo trapo para acentuar el dramatismo-.


Pues nada, que hasta que se reúnen hay una escena con Geraldine Chaplin para rellenar, otra con Marta Etura potando, muchos planos aéreos de escombros para que veamos qué grande es la Ciudad de la Luz de Alicante, y una pelota roja que le hace a Henry bajarse de la camioneta y encontrar a su familia en un hospital. El problema es que no era la de su hijo, se había quedado en el resort… Ya, bueno, que era un presagio de que ellos estarían en ese hospital, y bla, bla, bla. ¡Pues no cuela, muy cogido por los pelos! Encima al final les ponen a un avión para ellos solos para que se vuelvan a casa, para recordarnos que siempre hubo clases.

Llegados a este punto hay que hacer referencia a dos aspectos de la película bastante molestos: el primero el guión de telefilme lacrimógeno de Sergio G. Sánchez, con fallos como no poner en paralelo las dos historias; recursos dramáticos tan manidos como el bote de coca-cola o la pelota, o el hecho de que escenas dramáticas como el sofoco de Lucas al ver que su madre ya no está en la cama tras la operación, queden en agua de borrajas porque sabemos que no murió.  Y el segundo, la música tan manipuladora y subrayante de Fernando Velásquez, que trata continuamente al espectador como a un pelele al que ha de guiársele en sus emociones: ahora toca llorar, ahora reír, ahora emocionarse mucho, etc.

Y tanto destacar los efectos visuales y no eran tan espectaculares, casi que los de Más allá de la vida eran mejores; al menos esa estuvo en el terceto de nominadas al Oscar. Lo Imposible no pudo ni entrar en el corte previo de las 10 preseleccionadas de noviembre. En fin, que la apruebo porque tengo debilidad por Naomi Watts y porque si yo hiciera una película intentando copiar a Spielberg, probablemente me saldría una muy parecida a ésta. Con la diferencia de que yo al menos habría escondido a la familia protagonista en un búnker bajo tierra hasta que la echaran algún día por Telecinco. Por cierto, ¿he dicho ya que todos sobrevivieron?

INTOCABLE

Antes de las nominaciones a los Oscar me sentía una mala persona al haber visto Intocable y no haber caído rendido a sus pies como el 98 % de la gente, como si así tuviera que ser para que el orden natural de las cosas se mantuviera. Su no inclusión en el quinteto final a la Película en Lengua Extranjera me alivia un poco, ya que pensaba que era yo solo y que había perdido el gen de la empatía con las masas o algo.

La película recrea la historia real de Philippe -François Cluzet-, un tetrapléjico-multimillonario-francés-blanco que contrata a Driss -Omar Sy-, un joven negro-de-origen-senegalés-de-los-suburbios-parisinos para ser su enfermero y ayudante personal. Sólo que en la realidad el joven no era negro, sino árabe. Vaya, ya empezamos mal:  vamos a contar una true story de amistad y buen rollo entre dos hombres de razas y clases sociales distintas pero cambiando al moro por el moreno, que es más cool para que nos compren el remake los americanos… Qué se le va a hacer, lo magrebí no vende a no ser que la peli trate sobre terrorismo.

Pero lo que realmente chirría de Intocable no es eso; a fin de cuentas, esto no es Lo imposible y si no has indagado un poco en el asunto, hasta los créditos finales no te enteras. No, lo verdaderamente molesto de ella es la acumulación de tópicos que nos meten los directores y guionistas -Olivier Nakache y Eric Toledano- para vendernos su moto, que en el fondo no es nada más que otra adaptación del mito del buen salvaje o del pez fuera del agua; como Pretty Woman, Una monja de cuidado, Sonrisas y lágrimas o las películas de Marisol o Shirley Temple de siempre: un personaje luminoso de extracción social baja que entra en contacto con algún ricachón y pone patas arriba su encorsetada existencia a golpe de vitalidad, espontaneidad e incorrección política, para acabar mejorando su vida y la de todos los que le rodean.

Especialmente molesto es Driss, un caracter que parece dibujado por los guionistas siguiendo el modelo de Mary Poppins, y que acaba resultando muy cargante al resolver los problemas de todos y cada uno de los personajes con los que interactúa. No me resisto a poner esta reflexión que he visto en filmaffinity y que secundo:

Si la película durase 5 minutos más, Driss aprendería a tocar el chelo.
Si la película durase 10 minutos más, Driss arreglaría los problemas gástricos de Yvonne.
Si la película durase 15 minutos más, Driss arreglaría la homosexualidad de Magalie.
Si la película durase 20 minutos más, Driss conseguíría que Giselle Bündchen se enamorara de Philippe.
Si la película durase 20 minutos más, Driss arreglaría la boda de Gastón y Adama.
Si la película durase 25 minutos más, Driss ganaría el gran premio de Mónaco de F1.
Y si la película durase 30 minutos más, Driss estudiaría medicina, se especializaría en neurocirugía y operaría a Philippe con resultados espectaculares.

¿Y por qué Philippe de repente lo despide? Con la buena química que tenían y lo bien que había encajado en su entorno... No, "porque ya llevaba mucho tiempo, y como es joven seguro que tendría otras ambiciones laborales aparte de cuidarlo a él". ¿? No tiene ningún sentido, y conforme está el patio menos. Más bien parece que en el guión había que poner algo que funcionara como segundo nudo de la trama antes del desenlace.

Pues eso, que no la suspendo porque su mensaje de esperanza para las personas minusválidas es aprovechable, y también porque me parece un poco fuerte meterla en el mismo saco que Holy Motors. Pero si hay una película en 2012 que me desilusionó después de todos los parabienes que había oído de ella, sin duda fue ésta.

LOOPER

Hace tiempo intenté ver una película que me habían recomendado llamada Brick, obra de un tal Rian Johnson. Era una historia contada a la manera del cine negro y ambientada en un instituto, donde un alumno -Joseph Gordon-Levitt- trataba de encontrar a su novia desaparecida entre matones, soplones y femmes fatales. Aguanté 15 minutos antes de darle al stop y decidir que no me apetecía mucho verla en aquel momento: ese cuarto de hora se me hizo eterno y los personajes y la trama, muy forzados. Han pasado varios años y nunca he vuelto a apretar el play para retomarla, y tampoco volví a saber nada de Johnson hasta este otoño, que se estrenó Looper y vi que había vuelto a la carga. La verdad es que no acudí muy raudo al cine como cuando se estrenó Eyes Wide Shut -a la primera sesión del primer día-, y el hecho de leer que los mismos críticos que habían ensalzado Brick hacían lo mismo con ésta no ayudó mucho. Así que la dejé pasar oliéndome otro aburrimiento similar, aunque la presencia de Bruce Willis y la trama fantástica de viajes en el tiempo parecían atractivos. Al final, el 31 de diciembre, unas horas antes de las campanadas, le di una oportunidad a Looper, a ver si imbuido por el espíritu del cambio de año lograba verla hasta el final. ¡Y lo conseguí! La verdad es que la película no puede negar que es hija del amigo Rian, un tío que lleva en los genes el ritmo premioso y que seguiría estando presente en sus films aunque le hiciesen rodar el remake de Speed. Debe ser una de esas personas lentas comiendo, de los que cuando en el cole estaba alguien leyendo en voz alta y había que pasar la página, la de su libro era la última que se oía.

Volviendo a Looper, la película empieza bien pero pronto se desvía por unos meandros argumentales que no eran los que debería haber seguido, no exprimiendo del todo el tema más interesante del film: la paradoja de encontrarte con tu propio yo del futuro y tener que acabar con él. Y eso que el trailer parecía muy chulo, pero en realidad la película pasa pronto de moderneces y juegos temporales para refugiarse en la quietud de la granja de Emily Blunt y convertirse en una especie de cruce de Raíces profundas con Terminator. ¿Y por qué en el futuro todo el mundo tiene tan mala puntería, que sólo aciertan con un trabuco a 2 metros? ¿Hacía falta caracterizar tan mal a Joseph Gordon-Levitt en su rol del Bruce Willis joven? Que yo recuerde, el bueno de Bruce nunca tuvo esas cejas tan negras ni esas arrugas en la frente, por no hablar de las lentillas tan cantarinas para cambiarle el color de ojos. El chico se esfuerza e intenta copiar sus tics, pero más bien parece que se haya aprendido los de Robert De Niro.

SPOILER Y lo del final… He hablado con más gente que ha visto Looper para ver si ellos le encontraban sentido a la idea de que la clave de la película sea proteger a un niño telequinésico llamado a convertirse en un nuevo Hitler. "¡Que no, que no, que al cambiar el presente cambia el futuro y ya no se hará malo!" Tch, tch, milongas: la semilla del mal anida en él… Ya me lo imagino cabreado al día siguiente porque los cereales estaban fríos y armándole a su madre un cisco de cuidado; como el niño de En los límites de la realidad al que había que tener contento para que no te matara. Pues eso, que la salvo porque a Piper Perabo al menos se le ve el tema y tal.
Criticoll
 

sábado, 5 de enero de 2013

RESUMEN DE 2012 (I): LOS SUSPENSOS

Resumen de 2012: Los suspensos

Aunque este año ya no he visto Tu cara me suena, para no perder la tradición voy a poner notas como en el colegio a varios de los films estrenados en 2012. En esta ocasión analizaré los que merecen ser suspendidos por malos, fallidos y prepotentes, entre ellos el peor largometraje del año con diferencia: Holy Motors. Como de Manolete, John Carter, La sombra de la traición y Extraterrestre ya hablé en su momento, me concentraré en los otros títulos que me quedan por destrozar.

Los suspensos del año: Holy Motors, Manolete, John Carter, La sombra de la traición, Extraterrestre, Luces rojas y La chispa de la vida.

HOLY MOTORS

He visto por ahí que algunas webs de cine han elegido a Holy Motors como la mejor película del año. Es natural, dicen que sobre gustos no hay nada escrito. Hay personas que prefieren la mostaza al ketchup, Death Proof a Pulp Fiction, se ríen con Miki Nadal o disfrutan con la versión cinematográfica de Dune. El problema viene cuando un grupo de individuos se ponen de acuerdo para llegar a conclusiones tan equivocadas y tratan de convencer al resto de la humanidad de que ésas son las buenas, por lo que a uno le da por pensar si hablan en serio y no estarán todos para que los encierren. De hecho, igual ya viven en algún manicomio y esas listas las han escrito en el recreo o entre electroshock y electroshock. Solo así se entiende que una mierda del tamaño de Holy Motors haya sido capaz de subyugar la mente de tanta gente y, lo que es peor, de tanta gente que no se conoce entre sí.

Y es que cuando parecía que ninguna película de 2012 era tan irritantemente mala como para recoger el testigo de El árbol de la vida, llegó Holy Motors y salvó los muebles. ¡Alegría, alegría! Como agravante hay que señalar que su director -Leos Carax- sólo rueda una película cada 10 años, así que, falta de tiempo para pensarla no habrá sido... Sin embargo, l’enfant terrible del cine francés parece que hubiera filmado aquí la primera chorrada que se le ocurría en el plató, dando un nuevo sentido a la frase “las drogas son malas, no te las pongas”, bajo la excusa del surrealismo y de manchar el nombre de Buñuel o Ionesco por el camino. Sí, amigos, estamos ante un verdadero engendro con ínfulas de cine de autor, la típica marcianada narcisista hecha para provocar como sólo los gabachos saben perpetrar cuando se lo proponen. Como no podía ser menos, Cahiers du Cinéma tardó poco en ponerla como la mejor película del año; un hecho que no hace sino confirmar el chiste con el que terminaba Woody Allen Un final made in Hollywood.

Un Señor Mierda de film

Lo de Cahiers era de esperar y se entiende por su legendario chauvinismo, pero desde el sentido común es como para pensarse si la gente que vota esas cosas vive en este mismo planeta, y no sabe que también se estrenaron en 2012 Los vengadores o Los mercenarios 2. Y qué decir de las pobres Eva Mendes y Kylie Minogue… nada, salvo que están muy perdidas en la vida. Al menos Kylie cantaba una canción y eso, pero la Mendes no se libraba de salir en la escena más sonrojante del año -la de la Piedad- junto con el inenarrable Señor Mierda-Dennis Lavant, en... ¿persona? Por cierto, haciendo honor a su apellido, con todo bien lavantao.

En fin, que una cosa es el surrealismo y otra el morro y la pereza integral, y lo de Leos Carax parece esto último. Y eso que de vez en cuando metía en Holy Motors algún homenaje cinéfilo para aparentar ser muy profundo y multirreferencial, como, por ejemplo, que Edith Scob -la chófer- saliera con la misma máscara que llevaba en Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju. Algo que no venía mucho a cuento y sólo servía para que los espectadores gafapastas le hicieran la ola con las orejas, y los demás se comieran la cabeza buscando significados ocultos; eso en el supuesto de que aguantaran hasta el final de semejante tortura de película. En este sentido, recuerdo una historieta de Mortadelo y Filemón que viene bastante al caso: los dos agentes de la T.I.A. reciben un mensaje secreto -wIrhe894yirRh- y se rompen las meninges tratando de averiguar lo que significa, utilizando todos los códigos descifradores a su alcance. Todo en vano hasta que, al final, consiguen entrar en la habitación desde donde se envió el mensaje y se encuentran… a una gallina aporreando una máquina de escribir. Pues eso. Que la próxima vez le dejen hacer la película a la gallina. O a las monas.



Otros dos estrenos de principios de año también hicieron méritos para figurar en este artículo. Igual la mayoría ya no los recordáis y con razón, pero yo es que soy muy rencoroso y les apunté la matrícula: hablo de Luces rojas y La chispa de la vida.

LUCES ROJAS


Hay un chiste fácil que viene al pelo para resumir Luces rojas: “Rodrigo Cortés pasó de tener al protagonista enterrado a tener una película para enterrar”. Y es que esa sensación de decepción es la que provocaba este thriller de misterio sobre dos físicos -Cillian Murphy y Sigourney Weaver-, que se dedicaban a desenmascarar a videntes supuestamente farsantes, como a una vieja gloria del negocio -Robert De Niro- que volvía al ruedo después de una larga temporada inactivo.

Yo ya cumplí en su momento y fui lo suficientemente ambiguo como para no spoilear nada, pero lo que sí me siento obligado a avisar a los que no hayan visto todavía Red Lights es… que no la vean, porque la vida es corta y no vale la pena.

Fallida y tramposa, casi todos los males de la película se concentraban en el guión escrito en solitario por el propio Cortés -en vez de firmar con seudónimo, el muy temerario-. Un libreto supuestamente original y novedoso pero en realidad plagado de tópicos y recursos baratos dignos de Uwe Boll,  con demasiados diálogos y que encima tomaba por tonto al espectador al sacarse de la manga un giro final estilo El sexto sentido que traicionaba todo lo que habíamos visto hasta entonces, y que le hacía preguntarse a uno qué fue lo que se fumó Cortés cuando decidió acabar así su película.

Por supuesto tampoco faltaban escenas gratuitas para lucimiento de sus estrellas hollywoodenses, como ese encuentro furtivo en una habitación de hotel con ecos a Twin Peaks entre el pobre De Niro -su carrera sí que está en luces rojas- y Cillian Murphy sin mucho sentido en la trama, salvo para figurar como la típica secuencia en la que el antagonista le suelta el discursito auto justificativo al héroe, antes del clímax final y similar a la del mismo De Niro y Al Pacino de la cafetería en Heat -aunque al menos aquí ambos sí que compartían un puñetero plano-. Ah bueno, y en Luces rojas también salía Elizabeth Olsen, pero de eso ya ni me acuerdo. Ella seguro que tampoco.

LA CHISPA DE LA VIDA


La carrera de Alex de la Iglesia no ha evolucionado a la altura que prometían Acción mutante y El día de la bestia, sus dos primeras películas y las mejores junto con La comunidad. Y es que con cada nueva realización de Álex se ha hundido un poco más el buen recuerdo dejado por esos films, quedando patente que lo del de Bilbao es tropezar una y otra vez con la misma piedra y repetir sistemáticamente el error que arrastran todas sus películas: partir de una idea sugerente e ir malográndola poco a poco con un desarrollo pobre, para al final acabar de cualquier manera y por debajo de lo esperado.  

La chispa de la vida
no fue una excepción a la norma, por mucho que Álex viniera ahora de heredero de autores como Berlanga, Ferreri o Wilder nada menos. Pero la realidad fue tan cruel como la que nos mostraba su film, y ésta vino a decirle que su talento no daba para tanto, al andar tan escaso de sutileza y ambigüedad como sobrado de humor negro y mala leche. Y es que justo en esta película, cuando más falta hacía que desplegara esas virtudes que sin duda atesoraba en beneficio de la historia, va y se quedó corto de ellas, entregando un film blandito y excesivamente didáctico. Casi como si le diera vergüenza añadir matices al guión de la cinta -obra de Randy Feldman, ¡el de Tango y Cash!- y en el que por primera vez en su filmografía no participó ni como co-guionista.

La película nos mostraba el circo mediático que se originaba cuando un publicista en paro -José Mota- caía en unas obras del anfiteatro romano de Cartagena y se quedaba inmovilizado en el suelo con un hierro clavado en la cabeza. Pronto su percance se convertía en centro de la actualidad y todo el mundo -las televisiones, los dueños del anfiteatro, los políticos, hasta el propio accidentado- intentaban sacar tajada del suceso sin muchos escrúpulos.

Aunque aquí De la Iglesia mejoró un poco respecto a la muy fallida Balada triste de trompeta, el film tampoco resultó muy memorable y no pasó a la historia salvo para recordar la extraña pareja que formaban José Mota y Salma Hayek. Mota lo intentaba al principio pero luego se le acababan notando bastantes carencias dramáticas, aparte de tener en contra su background de cómico televisivo, demasiado marcado en el imaginario como para lograr hacerse creíble en este largo. Hayek, en cambio, terminaba resultando la chispa de la película, realizando una interpretación muy natural y conmovedora como la esposa del protagonista, la única persona que no ponía precio a su dignidad entre tanto sujeto dispuesto a venderse o a aprovechar el suceso de una forma u otra, incluyendo a su propio marido. Un trabajo que la llevó a ser nominada al Goya con todo merecimiento -le ganó Elena Anaya por La piel que habito-, y no como algunos malpensados creíamos, como el típico peloteo a la estrella de Hollywood que rebaja su caché y se digna a salir en una cinta española, estilo el Viggo Mortensen de Alatriste o Naomi Watts en Lo imposible.

Un detalle de La chispa de la vida que llamó mi atención es que era muy crítica con la telebasura pero luego en los créditos le daba las gracias a Tele 5 por la colaboración prestada -¿sería por el asesoramiento de sus expertos en la materia?-… Y es que la cadena de Vasile estaba durante todo el largometraje en medio de la diana, con el ficticio canal Antena 5, los cameos de Jorge Javier, Lidia Lozano o ese Rumore, Rumore tan similar al Sálvame o La Noria. Sin embargo, a la película le faltaban más dosis de ambigüedad para resultar real, ya que sus villanos -el alcalde que hacía Galiardo, el director de Antena 5 al que encarna Puigcorbé, siempre rodeado de meretrices- eran malos de una pieza, meras caricaturas; y, frente al íntegro personaje de Hayek en el polo opuesto -¿aún queda gente así?-, apenas habían unos pocos caracteres intermedios que hicieran el film más creíble: el médico de Antonio Garrido -en el fondo complacido por haber salido en la tele-, o el guardia jurado de Manuel Tallafé, que no podía evitar chupar plano en la emotiva entrevista familiar.

En resumen, que en este caso no costaba mucho imaginar lo que habría hecho un cineasta con más talento -y no con un hierro sino, como decía William Holden, con cuchillas de afeitar en el cerebro- como Billy Wilder, ya que ahí está El gran carnaval para que comprobemos de verdad cómo se utilizan la ironía, el sarcasmo o el morbo en una situación tan atractiva como la que nos plantean ambas películas.

Criticoll