La primera es la decepcionante Astérix y Obélix contra el César, dirigida en 1999 por Claude Zidi y con una notable presencia alemana en la producción, lo que explicaría su alarmante falta de gracia. La cinta más cara hasta ese momento del cine francés, con 42 millones de euros de presupuesto -nadie lo diría, viendo la cutrez del vestuario o el abuso de cartón piedra por doquier- y que no supone la adaptación literal de ninguna de las historietas originales, sino una mezcla de personajes y situaciones extraídas de El adivino, Astérix legionario, El caldero, La hoz de oro y Astérix y los godos, para pergeñar un guión sin chispa que no daría para mucho en una clase de Robert McKee, y que provoca varios suspiros y cambios de postura en el asiento a los mayores de 10 años.
A los fans de las viñetas les chirriará que aquí la poción mágica sólo dure 10 minutos, que los legionarios romanos vayan de rojo y no de verde, que Idéfix sea el perrito de Astérix y no de Obélix, o que este último añada a su vestuario un chaleco de cabra ¿? detalles descuidados que se van sumando en el debe del director Claude Zidi y que provocan al final que cualquier integrista de los cómics quiera colgarlo de un palo y con razón. Pero no sólo es eso, es que además demuestra una pésima dirección de actores, a cada cuál más sobreactuado. Algo especialmente palpable en las escenas que comparten Julio César -el alemán Gottfried John- y Detritus -Roberto Benigni, el fichaje estrella de entonces tras La vida es bella-. Una insoportable competición de histriones que hace parecer a Jim Carrey como el sobrio heredero de Buster Keaton.
De esta película es aquella foto de Paco Camps y Depardieu vestido de Obélix en una pausa del rodaje en la Ciudad de la Luz de Alicante, estudios que albergaron el grueso de la filmación en aquellos maravillosos años de derroche y Fórmula 1. Digo yo que, ya puestos, Paco podría haber llevado uno de sus famosos trajes y hacer un cameo o un algo, ya que si de algo puede presumir esta cinta es de apariciones gratuitas de famosos por doquier: Michael Schumacher, Jean Todt, Zinedine Zidane, Tony Parker o la tenista Amelia Mauresmo, mientras que por el camino se quedaron las previstas de Jean-Claude Van Damme y David Beckham.
El papel de maciza de turno se repartió en esta ocasión entre las modelos Vanessa Hessler -Irina- y la sin par Adriana Sklenarikova, que tomó el relevo de Arielle Dombasle como la voluptuosa mujer de Edadepiédrix. En cuanto a la aportación española -la administración y varias productoras patrias aportaron pasta, además de localizaciones- ésta corrió a cargo de Santiago Segura como Doctormabus, un chapucero brujo que surte de pociones a Bruto; mientras que, según el imdb, también salían Mónica Cruz y Eduardo Gómez -La que se avecina-. Pues... debí de parpadear, porque no los recuerdo.
Otras guest stars del film son Gérard Jugnot -irreconocible como el jefe de los piratas-, y Catherine Deneuve interpretando a Cordelia, la Reina de los Bretones. La diva de Buñuel o Polanski cumple con su cometido, aunque a lo mejor podrían haber escogido en su lugar a Helen Mirren, habría sido un punto. ¡Y cuidado! ver a la Deneuve compartir planos con Depardieu-Obélix aquí y visionar a continuación El último metro puede cortocircuitar las neuronas de más de uno; a mí casi me pasó. En cuanto a la aportación española, se reduce a la aparición de Javivi como un carcelero romano y a la de Tristán Ulloa como otro legionario según imdb, aunque a éste no recuerdo haberle visto en ningún momento.(ACTUALIZADO A JULIO DE 2023)
Por primera vez en la saga, la trama es completamente original, al no estar basada en ninguna historieta previa. En esta ocasión nuestros amigos viajan a China para ayudar a
una emperatriz y a su hija a recuperar su reino -uno de los seis en los que estaba
dividida China en el 50 A.C.-, usurpado por unos traidores. La filmación iba a tener lugar en el país mandarín, pero al final debido a los múltiples permisos exigidos y a las trabas de la censura
-no se podían hacer chistes de osos panda, por ejemplo- se acabó rodando en la propia
Francia, en el Massif de Sancy del Macizo Central.
Con la baja de Gerard Depardieu aquí
tenemos un elenco completamente renovado, pues ya no repite nadie de las
películas anteriores, si bien a pesar del cambio de actor el estatus de Obélix se
mantiene al incluirse otra vez su nombre en el título,
algo que se ha convertido ya en norma. En esta ocasión es Gilles Lellouche el que
interpreta con solvencia el papel del repartidor de menhires, si bien la excesiva
fuerza que demuestra Obélix le hace parecer ahora una especie de Hulk. Incluso se
permite el lujo de tener un rollete con la china Wang Tah, la horma de su zapato a la hora de repartir leches -como
su propio nombre indica, Guantá- aunque su estilo de lucha sea el wuxia, rollo Tigre
y Dragón. En otro guiño hacia el personaje, la película incluye un flash-back
de cuando se cayó a la marmita de pequeño, si bien no es igual que en el libro de
1989 que narraba lo mismo, doy fe, yo lo tengo.
En principio Guillaume Canet,
además de dirigir, iba a interpretar a Julio César, pero no quería verse
emparejado de nuevo con Marion Cotillard para no cansar al público y evitar comparaciones
con otras películas, como la comedia Cosas de la edad (2017), así que al
final interpretó a Astérix. Canet no acaba de sentirse cómodo en el rol, componiendo
un personaje demasiado sombrío y taciturno, alguien insatisfecho con su vida que
fracasa en todo lo que intenta, ya sea un romance con la princesa china, ganar
una pelea sin recurrir a la poción o volverse vegano ¿? Tampoco queda noble que
le niegue un trago de poción a su enemigo íntimo Granodemaíz -Jonathan Cohen- en
la batalla final; el del cómic sí que le habría dado. Con su 1’78
m, Canet es el Astérix más alto de toda la franquicia, midiendo lo
mismo que Obélix-Lellouche, lo que estéticamente no queda muy lucido y apenas
logran disimularlo.
La película empieza bien, con bastantes guiños al cómic, pero progresivamente se va diluyendo en un humor demasiado infantil y con gags poco afortunados. Lo mejor de la función es el Julio César de Vincent Cassel, mordaz y de rostro anguloso que habría hecho las delicias de Goscinny & Uderzo, además de que Cassel cuente con bastantes conexiones con el universo Astérix: su exmujer Monica Belluci fue Cleopatra en la segunda -y mejor- película de la saga, su padre Jean Pierre el Panorámix de la tercera, y el propio Vincent fue el modelo para el personaje de Maccabeo en el cuaderno Astérix y los pictos. La contribución hispana corre a cargo de José García, actor francés hijo de españoles y que encarna a Biopix, biógrafo -con acento gallego en el doblaje- de Julio César, y que recuerda en su servilismo al señor Beauchamp de Sin perdón (1992). También destacan la fotografía y los efectos especiales, y el gag con las palomas mensajeras y el ruidico rollo Twitter o wasap cuando llega una trayendo un mensaje. A cambio, se nota la mano de Netflix en el peaje a pagar en el guión al acentuarse el feminismo y women power o en el irritante veganismo de Astérix.
En fin, la película más costosa
de la franquicia -65 millones de euros-, y con la que Canet ansiaba alcanzar las
cotas de Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, su modelo a seguir. Pero al
final se quedó a medio camino tanto en calidad artística como en taquilla, pues
tras su estreno en febrero de 2023 sólo recaudó 39 millones en su mercado
principal, Europa. Convirtiéndose así en la avanzadilla de un curioso fenómeno que
están padeciendo varios blockbusters en los cines en este verano de 2023:
la gente ya no va a las salas como antes de la pandemia, pero estas megapelículas
no abaratan sus costes de producción, con lo que no hay forma de recuperar la
inversión.


















































