lunes, 4 de febrero de 2019

LAS PELÍCULAS DE LOS OSCARS: INFILTRADO EN EL KKKLAN



La imprescindible cuota afroamericana en la categoría de Mejor Película tiene a su representante más reivindicativa con Infiltrado en el KKKlan, nominada a 6 Oscars: Película, Director, Actor Secundario -Adam Driver-, Guión Adaptado, Montaje y Banda Sonora, de los cuales no creo que gane ninguno.

Con Donald Trump en la Casa Blanca desde enero de 2017, Spike Lee se sintió obligado a dejar las películas de encargo y volver a sus soflamas sobre el racismo en USA, como en los viejos tiempos de Haz lo que debas (1989). Así, tras Rodney King (2017) y Pass Over (2018) ahora llega Infiltrado en el KKKlan -BlacKkKlansman, 2018-, y, como siempre con el Lee más combativo, todos los blancos anglosajones que aparecen en este film son de dos tipos: racistas y estúpidos, o solo racistas o solo estúpidos, con los personajes negros y judíos siendo los únicos que demuestran humanidad y buen juicio. Es lo malo de generalizar, que acabas resultando injusto y sectario.


Infiltrado en el KKKlan está protagonizada por David John Washington, que no tiene la presencia física ni el carisma de su padre Denzel, y por Adam Driver, nominado al Oscar como actor de reparto pero sin muchas posibilidades de conseguirlo, ya que tampoco se luce mucho ni tiene ninguna escena importante en el plano emocional que le permita darlo todo interpretativamente. La trama, basada en una historia real sucedida en 1979 -aunque aquí se cambia a 1972- cuenta cómo un policía negro de Colorado logró infiltrarse por telefóno en el Ku Klux Klan, y que, al descubrir que los miembros de la organización racista querían conocerlo en persona, tuvo que contar con la ayuda de otro compañero judío que se hiciera pasar por él.



BlacKkKlansman es mejor verla en versión original, ya que la gracia consiste en oír la diferente manera de expresarse que tienen negros y blancos en inglés norteamericano, algo que el doblaje madrileño despacha de manera bastante rutinaria. De todas formas, la cinta no termina de definirse tonalmente, ya que empieza con tintes de comedia, coquetea de forma postmoderna con el blaxploitation y acaba desembocando en una especie de thriller con un clímax bastante rocambolesco y mediocre, que evidencia el poco talento de Lee para rodar el suspense o la acción. También da la impresión de que la película prometía contar muchas más cosas de las que finalmente cuenta, desaprovechando la oportunidad de sacarle más partido a la historia o de profundizar en los personajes, y cayendo así mismo en varias incongruencias de guión difíciles de creer. No se entiende, por ejemplo, que los miembros del Klan no cachearan nunca a Flip -ni siquiera el día en que lo conocen-  por si llevaba un micro bajo la ropa, que de hecho llevaba siempre; o que veamos a Ron en la misión de ser el policía guardaespaldas del supremacista David Duke, después de que en la escena anterior haya tenido un enfrentamiento con su compañero racista Landers, y que el jefe de ambos, Bridges -Robert John Burke, el que hacía de Robocop 3- lo hubiera relevado de ese encargo al comprobar que no tenía el temple adecuado. Además -apunto yo- de que con Ron se ponía en peligro la operación, ya que Flip también estaría allí, y los del Klan se darían cuenta de que la voz del Ron telefónico y la del Ron de carne y hueso pertenecía a dos personas distintas. Por no recordar que los policías ya sabían que uno de los nazis conocía a ambos, y que éste podría relacionarlos al verlos juntos ¿?

Lo mejor de la película es la presencia señorial de Harry Belafonte, símbolo de la lucha por los derechos civiles de los ‘50 y ‘60, interpretando a un personaje que relata a un grupo de universitarios negros una terrible escena de racismo de la que fue testigo en 1919 en el Sur, que concluye con la rotura de la cuarta pared con todos los personajes mirando al espectador para incitarle a tomar partido ante la salvajada que acaba de escuchar. Curiosamente, Spike Lee alterna esta secuencia en el montaje con otra en paralelo donde el grupo de tarados del Ku Klux Klan ven entusiasmados El nacimiento de una nación... una doble referencia envenenada a David W. Griffith que tiene su intrahistoria, ya que Lee casi fue expulsado de la NYU Film School en 1980 al quejarse de que se exhibiera en las aulas el film de Griffith sin avisarse antes de su contenido racista, rodando como protesta un corto llamado The Response, en el que ofendía a varios de sus profesores.


Otra de las cuentas pendientes de Spike Lee que aparece en este film es, sorprendentemente, ¡Alec Baldwin! su enemigo público número uno después de que Kim Basinger lo abandonara por los brazos blancos de Alec 30 años atrás. Sin embargo, parece que ha pasado ya mucha agua bajo el puente, y ahora Lee y Baldwin se han unido contra un enemigo común: Donald Trump, a quien no deja de aludirse entre líneas durante todo el metraje, como en el detalle de que los neonazis de 1972 coreen el América primero, América primero, uno de los lemas más famosos del actual presidente USA.

Al final la película se hace larga y se nota demasiado la intención de Lee por premiar a los buenos y castigar a los malos, de forma muy infantiloide. Claro que luego añade una serie de imágenes sacadas de la más reciente actualidad que hielan la sonrisa tras ese desenlace excesivamente feel good, y que muestran la supervivencia del Klan y el racismo latente en los Estados Unidos de hoy. Como en ese trágico atropello de Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto de 2017, cuando un supremacista blanco atropelló a un grupo de personas que se manifestaban en las calles frente a una concentración de extrema derecha, y que Lee no pierde ocasión de mostrar de forma bastante gráfica -la película está dedicada a una de las víctimas mortales, Heather Heyer-. Pero por si no nos había quedado aún claro -la sutileza nunca fue uno de los fuertes de Lee-, aparecen seguidas unas declaraciones de David Duke y del propio Donald Trump expresando discursos similares: que hay que recuperar América y que los activistas que se enfrentaron en esa concentración a los neonazis tampoco eran nada pacíficos.

El film acaba con la bandera USA boca abajo y en blanco y negro, un recurso visual para denotar dolor, angustia, sufrimiento, peligro… y un aviso de que la sociedad estadounidense sigue siendo un polvorín racista que puede acabar estallando en cualquier momento, encima con un personaje como Trump okupando la presidencia del país. Lo que pasa es que Spike Lee está ya tan radicalizado que predica a los conversos: ningún blanco que vea este largometraje va a cambiar su voto porque se lo diga él, y aquellos a los que Lee querría convencer no le tocarían ni con un palo ni se van a acercar a menos de 100 metros de esta película sólo con ver su nombre en el cartel.


Criticoll

viernes, 18 de enero de 2019

Creed II. La leyenda de Rocky



Tres años después de Creed (2015) llega la esperada secuela del film de Ryan Coogler, productor aquí tras haber cedido la silla de dirección a su protegido, Steven Caple Jr. La trama de Creed II. La leyenda de Rocky arranca varios años después de aquella, con un Adonis Creed que se ha convertido en Campeón del Mundo de los Pesos Pesados, y a quien un avispado promotor le ofrece enfrentarse a Viktor Drago -Florian Munteanu-, una mole ucraniana que resulta ser el hijo de Ivan Drago, el boxeador ruso que acabó con la vida de Apollo. A pesar de que Rocky le desaconseja el combate, Adonis acepta, viendo en él una forma de enfrentarse con los fantasmas de su pasado y vengar de paso a su padre.

Creed II resulta un remake encubierto de Rocky IV, nada raro si pensamos que el guión es obra también de Sylvester Stallone -con la ayuda de Juel Taylor-. Lo cierto es que parece que no se han calentado mucho la cabeza, ya que la estructura es básicamente la misma, aunque los tiempos hayan cambiado y tras el patrón marcado por Creed siguen teniendo su importancia en el metraje, igual de forma excesiva, las escenas de ámbito más personal de Adonis que reflejan, por una parte, su relación con Bianca -Tessa Thompson-, ahora incluso como padres primerizos; con su nuevo entrenador Tony -Wood Harris- el hijo de Duke; con su madre adoptiva Mary Anne -Phylicia Rashad- o con el propio Rocky. Por cierto, que me pareció de ciencia-ficción la escena en la que Adonis le va a pedir matrimonio a Bianca la noche en la que se proclama Campeón del Mundo, y tiene miedo de que ella le fuese a decir que no cuando se pusiera el sonotone ¿? Poco te aprecias, muchacho, tienes alma de relojero.

Da pena que Sylvester Stallone, el espíritu de la saga, interprete aquí por última vez a Rocky, porque no se trata de una despedida a lo grande, ni mucho menos legendaria como proclama erróneamente su título; sino que Sly tiene un papel en esta mucho más secundario y con menos oportunidades de lucimiento que en Creed, por lo que al final no podrá vengarse del robo a mano armada del puto Mark Rylance en la edición de 2015 de los Oscars, y ya no lo ganará nunca por interpretar al mítico boxeador. Podría intentar comprarse uno honorífico, como Oprah Winfrey o Jackie Chan, pero no se lo darían; está en su contra la envidia de muchos por haber sido una estrella taquillera y la sombra de la asociación Rambo-Reagan de los ’80, demasiado alargada. Aunque se había previsto una trilogía, no parece probable que la saga vaya a continuar sin él, ya que el personaje de Adonis no tiene el carisma de Rocky como para aguantar sin su apoyo la franquicia, por lo que el ciclo parece agotado. 

De hecho, si tuviera que pagar otra entrada de cine por ver nuevas aventuras centradas en caracteres de Creed II, yo lo haría sin duda por las de Ivan y Viktor Drago, los antagonistas del film, pero que sorprendentemente resultan ser los personajes más interesantes. La razón es que aparecen retratados de una forma obviamente ya no tan unidimensional como en el Rocky IV de 1985 -en el caso de Ivan-, sino como simples seres humanos, con aristas y traumas personales por los que sentir empatía. ¡Si son incluso ellos los que suben las míticas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia, y se quedan mirando pensativos al horizonte!... Los hermanos Dardenne o Michael Haneke podrían fichar por esta franquicia spin off y extraer oro de los Drago.



Lo cierto es que la película tarda en arrancar, y sólo lo hace de verdad cuando se deja de lado las concesiones gafapastiles de las continuas escenas que no son de boxeo -esto es Rocky, señores- y se mete de lleno en el meollo de los montajes musicales del entrenamiento paralelo entre los dos púgiles, para regocijo de los espectadores más fieles de la saga, y de los que también lo somos pero no hacíamos tiempo mirando al móvil y molestando a los demás con las putas pantallas encendidas, capullos. Así, la acción se alterna entre, por una parte, el desierto -con fotografía de tonalidad dorada-  de un Michael B. Jordan sufriendo de sol a sol pero en mejor forma física que muchos deportistas profesionales tendrán nunca;  y en un gimnasio a cubierto -y fotografía azulada- en el caso de Viktor Drago, aniquilando con rabia a sus sparrings quizá al pensar en cuando era niño y su madre les abandonó a él y a su padre -hay un cameo de Brigitte Nielsen y todo-.  Por cierto que, viendo a uno y a otro y por mucho que se esfuerce -o se cicle- Adonis, es normal que las apuestas estén 25 a 1 a favor de Viktor, a pesar de ser el aspirante… Tal es el poderío físico que despliega en el film el rumano Munteanu, una munteaña de 1’96 m y boxeador profesional en la vida real, que da la impresión de poder empatar en un combate contra Hulk. Y hablando de combates, estos de Creed II están rodados de forma sólida y funcional, pero se echa en falta algo más de brillantez o atrevimiento, como la osadía aquella de Ryan Coogler en Creed de rodar uno entero en un plano secuencia de varios minutos.

Para acabar quiero señalar lo que en realidad echo yo de menos de las dos películas de Creed, y que parece increíble que no se le haya ocurrido en ningún momento a Stallone: una aparición fantasmal del propio Apollo Creed -presencia continuamente aludida en las dos películas- en una escena onírica como mentor, aleccionando a Adonis o algo por el estilo, como ya hizo John G. Avildsen en Rocky V con Mickey -Burgess Meredith-. La verdad es que Carl Weathers sigue vivo, y ya que el bueno de Sylvester no lo metió en la franquicia de Los Mercenarios a pesar de todos sus méritos atesorados -Rockys, Depredador, Acción Jackson, etc-, hubiera estado genial que al menos Weathers saliera aquí. Pero si no lo ha hecho es porque debe estar en la lista negra de Stallone por alguna razón de peso como, por ejemplo, no sé, ser amigo de Steven Seagal.

Criticoll

martes, 10 de abril de 2018

Escupiré sobre vuestra tumba


Brawl in Cell Block 99




Brawl in Cell Block 99 se abre con el plano detalle de una lata aplastada por un coche. Algo que puede pasar desapercibido la primera vez, pero que en posteriores visionados comprenderemos que no está puesto ahí al azar, sino como metáfora visual de otros planos con similar angulación y gran violencia que luego contemplaremos a lo largo del film; el segundo escrito y dirigido por S. Craig Zahler tras Bone Tomahawk. Si su notable ópera prima se ambientaba en el salvaje Oeste, en esta ocasión estamos ante otro género viril, un thriller que sólo hacia la mitad se torna carcelario pero en el que aparecen las mismas constantes que en aquel: una historia clásica de buenos contra malos, de hombres duros envueltos en una espiral de violencia extrema y sádica no apta para estómagos sensibles.

Con sólo dos películas en su haber, S. Craig Zahler se ha revelado como un cineasta a tener en cuenta, muy en la línea de Quentin Tarantino en su gusto por el exploitation serie B de los ‘70, la reinterpretación de géneros o por compartir actores veteranos como Kurt Russell o Don Johnson. Sin embargo, Zahler no tiene tanta preferencia por los diálogos ingeniosos y prefiere mostrar su violencia sin trampa ni cartón en austeros planos secuencia, aderezados por un cierto aire contemplativo que le acerca a su vez a autores como el danés Nicolas Winding Refn -pero sin caer en los excesos de engendros como Only God Forgives-. Que su película favorita sea Grupo salvaje de Sam Peckinpah nos da bastantes claves, en este sentido. Otro rasgo que asemeja a Zahler con Tarantino es su preferencia por recuperar a actores en horas bajas o en busca de nuevos desafíos interpretativos. Un fenómeno conocido en Hollywood como la McConaissance desde la machada de Matthew MacConaughey de pasar de hacer comedietas a ganar el Oscar, y al que parece que se ha apuntado Vince Vaughn, como ya demostraban sus intervenciones en la propia True Detective o en Hasta el último hombre de Mel GibsonBrawl in Cell Block 99 significaba una buena oportunidad para ampliar sus registros, y Vaughn se preparó a conciencia, perdiendo veinte kilos y sometiéndose a un entrenamiento intensivo de boxeo durante tres meses para hacer creíbles las escenas de peleas. Los resultados son satisfactorios y saltan a la vista: con su 1’96 de altura, el cráneo rasurado y un tatuaje de una cruz en el cogote, su aspecto resulta ciertamente amenazador. Sin embargo, su personaje -Bradley, no Brad- es en realidad un tipo estoico, noble y con gran autocontrol, alguien que, como los héroes clásicos del cine, sólo hace lo que tiene que hacer por el bien de los suyos.

A pesar de que al final resulte un poco gore para mi gusto, lo cierto es que con Brawl in Cell Block 99 estamos ante un film muy entretenido y recomendable, que hace esperar con interés el próximo trabajo de Zahler; un policíaco llamado Dragged Across Concrete con el renacido Gibson y en el que repetirán Vince Vaughn, Jennifer Carpenter, Don Johnson y el inquietante Udo Kier, en lo que promete ser otro descenso a los infiernos marca de la casa. Por cierto, si vais a USA, mejor que no os metan en la cárcel...

Criticoll

lunes, 26 de febrero de 2018

El mundo según Julita

Muchos hijos, un mono y un castillo


El Goya al mejor documental estaba cantado para todo aquel que hubiera visto Muchos hijos, un mono y un castillo. En 2003, casi a la vez que Richard Linklater iniciaba Boyhood, el actor Gustavo Salmerón tuvo una idea similar: ir grabando sin guión las peripecias cotidianas de su madre, Julita Salmerón, y dejar así testimonio al mundo de una personalidad tan excéntrica como divertida. El resultado, 400 horas filmadas durante 14 años -13 de rodaje y otro de montaje- ha llegado por fin a las pantallas, convirtiendo a su madre en una estrella del rock gracias a su espontaneidad y sencillez, mostrando sin artificios sus virtudes y defectos, algo que le dota de gran humanidad y cercanía de cara al espectador. Como ya se ha encargado de repetir la publicidad, el enrevesado título del film se corresponde con los tres deseos que una joven Julita se hizo prometer a sí misma, y que logró cumplir con más o menos éxito a lo largo de su vida.

Al tratarse de un rodaje tan peculiar y sobre un personaje tan próximo, Bill Nichols diría que Gustavo Salmerón adopta una postura documental que oscila entre lo reflexivo, lo interactivo y lo performativo, y donde brilla con luz propia el re-enacment de Julita recreando anécdotas -como la de la sacarina en El Corte Inglés o al recordar al mono gamberro-, que deja bien claro que en casa de los Salmerón no se han debido aburrir nunca si estaba cerca esa mujer tan políticamente incorrecta. Junto a esos apuntes de vida, en el film también somos testigos gozosos de muchas otras de sus costumbres, como el hecho de poner el Belén el 1 de diciembre y dejarlo hasta septiembre -en verano riega las figuritas para que no suden-; verla cruzar el Puente de San Pablo de Cuenca con su walkman de cinta de casette escuchando villancicos en pleno mayo de 2014; pinchar a su marido por las noches con un tenedor extensible para comprobar que sigue vivo, o darle un nuevo significado al Síndrome de Diógenes, al acumular cajas y trastos por todas las habitaciones como si fuera lo más normal del mundo. En este sentido, no es extraño que tuviera un cuadro del filósofo griego en su castillo ni que su lema sea “si tiras cosas, pierdes parte de tu vida”. Y es que -según reveló Julita en El hormiguero- la misma noche de los Goya, al volver hizo una parada en el contenedor de la esquina porque había unos muebles muy interesantes, y que supongo que luego acabarían en la nave industrial que posee la familia Salmerón: La fábrica, el cuarto trastero más grande ever.

Rodado en 4/3 con Mini DV, iPhone 6 y el apoyo de viejas películas caseras en Super-8, el documental es muy entretenido y se deja ver con una sonrisa, por más que algunas cosas que cuente Julita no sean muy alegres -su hermana y uno de sus hijos murieron-. Y es que, en el fondo, todos podemos vernos identificados con la historia de Julita Salmerón, un ser humano cualquiera y al mismo tiempo inimitable, capaz de ensayar su propio funeral o de levantarse de madrugada a comer un bocadillo de chorizo porque le entra hambre, ¿por qué no? Por ponerle alguna pega, lamentar que el montaje no esté un poco más afinado de ritmo en su parte final, o que los tres guionistas acreditados le den tanta importancia al macguffin -las vértebras extraviadas de la abuela- o al antagonista -la crisis económica-. Sin duda, concesiones de guión a la ortodoxia cinematográfica más comercial, pero demasiado metidas con calzador en un documental sobre un personaje tan heterodoxo y libre como Julita Salmerón.


Criticoll

miércoles, 17 de enero de 2018

Placer culpable

"The Disaster Artist"




Hace tiempo me dio por curiosear en imdb.com las películas peor puntuadas de la historia. Junto a contribuciones hispanas como El E.T.E. y el oto o Zocta, la mayoría eran cintas de serie Z, turcas cutres de superhéroes o engendros del estilo Barridos por la marea, Glitter o Crossroads, vehículos para divas de la música que creían que lo iban a petar también en el cine. Uno de aquellos cochambrosos films llamó mi atención, porque era norteamericano y de 2003 pero no conocía a ninguno de sus actores o equipo técnico: se titulaba The Room. En los extintos y añorados foros de imdb, la gente se cachondeaba de lo lindo, así que la cinta debía de ser cosa fina. Se trataba, por lo visto, de un one man show de quien encabezaba el reparto, un tipo con pintas extrañas llamado Tommy Wiseau, que no había hecho nada más desde entonces, y que también firmaba como director, productor y guionista. Como no la encontré en DVD o por internet, al final me olvidé de ella. Años después, cuando leí que James Franco estaba rodando una película llamada The Disaster Artist, descubrí que en realidad iba sobre el rodaje de aquella The Room, convertida ahora, gracias al boca-oreja de espectadores guasones, en auténtico objeto de culto, la mejor-peor película de inicios del siglo XXI.

El film de Franco, último ganador en San Sebastián, está basado en el libro The Disaster Artist: My Life Inside The Room, the Greatest Bad Movie Ever Made, obra de Greg Sestero y Tom Bissell -el primero, amigo de Tommy Wiseau y co-protagonista del film-, que cuenta la génesis de cómo Sestero conoció a Wiseau y, sobre todo, sus experiencias durante la filmación de The Room. Los dos se hicieron amigos en un taller de actores de San Francisco, donde Tommy le llamó la atención por su determinación y absoluta falta de vergüenza, animando a Greg a seguirle a Los Angeles para perseguir el sueño de ambos de triunfar en el cine…

Decía el misterioso Wiseau -todo un personaje de edad y procedencia desconocidas- que los únicos actores que podían interpretarle eran James Franco y Johnny Depp, y lo cierto es que tiene su lógica. Franco ganó un Globo de Oro de TV en 2002 por encarnar a James Dean, uno de los héroes de Wiseau y Sestero. No en vano, en The Disaster Artist les vemos yendo al cruce de la carretera cerca de Cholame donde se mató Dean, y recordemos que una de las secuencias más hilarantes de The Room es aquella en la que Johnny grita You`re tearing me apart, Lisa! inspirado en la famosa escena de Jim Stark en la comisaría de Rebelde sin causa. En cuanto a Depp, es fácil verle una semejanza física con Wiseau, que habría sido uno más en su extravagante galería de caracteres, tal y como lo fue precisamente Ed Wood (1994) el más ilustre antecedente de Wiseau como mejor-peor director; y al que Franco parece aludir al situar la última escena de su film -la premiere  de The Room- en un cine similar en donde el Wood de Tim Burton estrenaba Plan 9 From Other Space. Si bien Burton se dejaba llevar por la poesía al mostrar a unos espectadores apócrifamente encantados con la película, y Franco nos presenta una situación mucho más cínica  -aunque tampoco muy real acorde con lo sucedido aquel día-, con el público frenético y muerto de risa ante lo que está contemplando: un film dramático convertido en comedia involuntaria debido a su desastrosa calidad artística.

Hay otras diferencias: Wood tenía que camelarse a gente de lo más diversa para poder financiar sus películas baratas, mientras que Wiseau era su propio productor y puso 6 millones de dólares de su bolsillo para hacer The Room. En qué se lo gastó y, sobre todo, cómo tenía tanto dinero en el banco, permanece un enigma hasta hoy, aunque hay rumores de que importaba productos procedentes de Asia, como estoo… chaquetas. Aunque el hecho de que aquí tengan cameos los mismísimos Bryan Cranston y Bob Odenkirk de Breaking Bad puede ser un guiño de Franco al hecho de que Tommy se hiciera rico comerciando con sustancias bien conocidas por Walter White o Saul Goodman. Por cierto, que la fama actual de The Room es tan grande en USA, que Melanie Griffith, Sharon Stone, Zac Efron o Judd Apatow también se apuntaron -junto con el inevitable Seth Rogen- para hacer apariciones breves en el film.

Y es que si es verdad lo que vemos en The Disaster Artist, el rodaje de The Room debió de ser algo inenarrable y digno de vivirse en aquel verano de 2002, con momentos impagables como el casting de la actriz que interpretara a Lisa -la protagonista femenina-, y las absurdas pruebas de improvisación que les ordenaban a las candidatas -haz como que vas a caballo; ahora cabalgas comiendo un cucurucho; ahora cabalgas, llaman a la puerta y abres ¿?-.  Aunque las más graciosas son sin duda las que recrean escenas de la propia The Room de forma mimética, como la ya legendaria de I did not hit her, i did nooot! Oh, hi Mark, repetida una y otra vez hasta que a Wiseau le sale la frase, y objeto de divertidos montajes de youtube. En este sentido, James Franco imita a la perfección el físico y la voz de Wiseau, y merece una nominación al Oscar, aunque al final seguro que gana Gary Oldman por recrear a otro biografiado más políticamente correcto, Winston  Churchill. Un Churchill cuya célebre cita "el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo" parece estar hecha a medida, paradójicamente, de Tommy Wiseau.



Pero la película no se queda solo en la superficie de recrear con profusión y fidelidad escenas de tan descacharrante rodaje -en los créditos finales se muestran a la vez original y copia-, sino que, por debajo, James Franco nos va filtrando los temas de los cuales quiere reflexionar en realidad: la amargura de descubrir que la pasión por el cine pueda estar reñida con la falta de talento propio, la importancia de la amistad o creer en uno mismo ante cualquier adversidad. Todo ello mediante frases tan inspiradoras como la de Wiseau a Greg al llegar a Hollywood -“para triunfar en Los Angeles tienes que ser tu mejor versión, nunca tirar la toalla-“. Si bien Franco también deja caer que hubiera una sutil atracción homosexual de Wiseau hacia su joven amigo Greg, que, aquí, al estar interpretado por su propio hermano Dave Franco, le da una sórdida vuelta de tuerca a la situación.

En resumen, una película muy divertida sobre uno de los fenómenos del cine trash reciente, considerada como “la Ciudadano Kane de las películas malas”, y que provoca al espectador que, tras ver The Disaster Artist, le entren ganas de ver The Room a continuación, para comprobar con sus propios ojos si aquello de verdad existe. Pues como está en youtube así lo hice al salir del cine, y, no sé si porque estaré ya curado de espanto o qué, pero la verdad es que al final no me pareció tan horrible. Porque, de acuerdo, será pretenciosa y marciana y está muy mal interpretada, pero no es para tanto; las transparencias de la pantalla verde dan el pego para 2003, y he visto películas mucho peores. Por cierto, quien vaya al cine a ver The Disaster Artist, que se espere a que terminen los títulos de crédito, pues luego hay una escena en la que sale el propio Wiseau frente a James Franco interpretando a otro personaje y, por lo tanto, hablando consigo mismo. El colmo ya habría sido que le hubiese dicho: Hi Tommy, vengo del futuro y The Room se sale. Hahaha. No cambies naaaada.


 Criticoll

domingo, 7 de enero de 2018

Me siento empequeñecer

"Una vida a lo grande"

Una vida a lo grande es el ejemplo perfecto de film con una idea inicial brillante que se ve lastrado por un desarrollo muy alejado de las expectativas creadas. Y es que el planteamiento  de Alexander Payne y su inseparable Jim Taylor prometía: unos científicos descubren una fórmula por la cual es posible reducir el tamaño de una persona a una altura de 12 centímetros. La medida, irreversible y creada para combatir la superpoblación, la escasez de recursos o el aumento de residuos, pronto se revela así mismo como una solución práctica para gente que no llega a fin de mes, pues en el mundo de los pequeños, un sueldo normal equivale a varios millones de dólares, y con él allí uno puede vivir a lo grande…

La decepción se acentúa si se ha visto antes el tráiler, que nos vende la película equivocadamente como una comedia estilo Cariño, he encogido a los niños, con Matt Damon, Kristen Wiig o Jason Sudeikis viviendo divertidas peripecias al ser reducidos a tamaño de muñecos de Star Wars. De hecho, eso parece cumplir el film durante sus primeros 40 minutos, pero, a partir de su segundo acto, Payne cambia progresivamente el tono y va conduciendo la historia por otros derroteros muy distintos, para acabar convirtiéndola en un drama new age y woke con connotaciones humanistas, políticas y ecologistas, demasiado largo -135 minutos- y que olvida su original premisa y a algunos de esos cómicos del tráiler por el camino. Al final, el film hace honor a su título en inglés-Downsizing- con la progresiva mengua de interés del espectador hacia lo que acontece en pantalla, dando la impresión de que los personajes no actúan ni reaccionan con lógica, sino porque lo pone en el guión. Los diálogos tampoco alcanzan la solidez de otros trabajos del autor de Entre copas, y la reducción de tamaño del protagonista -un Damon más americano medio que nunca- termina siendo un macguffin, una excusa molesta para el propio Payne, más preocupado por hablar de su libro -la denuncia de las desigualdades económicas y sociales que acarrea la globalización- que de extraer todas las posibilidades argumentales que le ofrecía su original premisa. Al menos, el film sirve para descubrir a la actriz tailandesa Hong Chau -Puro vicio, Treme-, merecidamente nominada al Globo de Oro como Mejor Actriz Secundaria por su papel de refugiada vietnamita lisiada.

Criticoll

domingo, 5 de marzo de 2017

Oscars 2016


La La Liamos

Los Oscars 2016 pasarán a la posteridad por uno de los errores más flagrantes de su historia: el envelopegate, ese momento ya mítico y surrealista en el que Warren Beatty y Faye Dunaway leyeron el sobre equivocado y otorgaron el premio a la mejor película a La La Land cuando en realidad había ganado Moonlight. La madre de todos los errores trajo minutos de auténtico esperpento, con los productores del musical de Damien Chazelle agradeciendo el premio mientras, por detrás, un regidor todo apurado trataba de aguarles el mejor momento de sus vidas, porque, ejem, esos Oscars no eran suyos… Un fallo garrafal más propio de los Goya que provocó el fulminante despido de  Brian Cullinan y Martha Ruiz, la pareja de empleados de PriceWatherhouseCoopers encargados de gestionar el reparto de los sobres. Esta serie de catastróficas desdichas se inició, primero, por la mitomanía de Cullinan y Ruiz, más pendientes de hacerse selfies con Emma Stone que de desempeñar bien su trabajo, ya que entregaron a Dunaway y Beatty el sobre de la categoría anterior, el de mejor actriz -que había sido Stone por La La Land- en lugar del que tocaba, el del mejor film. Luego vino la pillería de Beatty y su desconcierto al leer el sobre, pasándole el marrón a la pobre Faye, quien, en una mezcla de inercia, ingenuidad y miopía, intuyó La La Land escrito por ahí y la proclamó como ganadora. Y es que después de todo, no era tan extraño pensar que la favorita de la noche -con su récord de 14 nominaciones y 6 estatuillas hasta entonces- fuera a llevarse también el premio gordo. Pero no, después de las quejas por la ausencia de nominados negros del año pasado y aquel hastag de #oscarsowhite, la Academia había tomado nota y estaba claro que en esta edición iban a pasar cosas muy distintas.

Remontándonos al comienzo de la gala, ésta ya empezó como un terremoto que presagiaba emociones fuertes, gracias a la entrada en el Kodak Theatre de Justin Timberlake y un grupo de bailarines jacarandosos y vivarachos a ritmo de Can’t Stop The Feeling -la canción nominada de Trolls-,  recordando lo de hace dos años de Pfarrell Williams con Happy. Otro estallido de alegría y vitalidad que también hizo vibrar a la platea, pero que luego no sirvió de mucho de cara a sus aspiraciones reales con la estatuilla, ya que ganó la sosa City of Stars de La La Land.

El maestro de ceremonias fue el humorista Jimmy Kimmel, novato en la gala y que se burló en su speech inicial de las críticas del twittero Donald Trump a Hollywood en general -y a la sobrevalorada Meryl Streep en particular-, a la par que abogaba por el diálogo entre la gente, aunque dentro de esa gente se incluyera a Matt Damon, su enemigo íntimo en los descacharrantes sketches de su show televisivo de ABC desde los tiempos deI I’m f** Matt Damon. Kimmel hizo de él el centro de sus chistes durante toda la noche, recordándole de paso que rechazó el oscarizable papel de Casey Affleck en Manchester frente al mar -estaba nominado como productor- para irse a China a rodar La gran muralla, un sonoro fracaso de taquilla. También anticipó mediante un chiste que la noche sería, a diferencia del año pasado, una reivindicación del black power –“los oscars no son racistas, Hollywood sólo discrimina por razón de edad y peso”-. Y es que en esta edición había nada menos que seis actores afroamericanos nominados -incluyendo a los ganadores como secundarios, Mahershala Ali y Viola Davis-,  y guiños constantes y referencias a Moonlight, Fences y Figuras ocultas. Vaya, ahora empiezo a entender el inenarrable Oscar honorífico a Jackie Chan: se ve que los chinos también se quejaron.

Kimmel fue el ideólogo de algunas ideas graciosas: que llovieran gominolas sobre la platea, la sección Mean Tweets -con actores nominados de la noche y otros como Samuel L. Jackson o Robert De Niro leyendo críticas de sus peores haters-, o esa de comentar escenas y diálogos de tu película favorita sentado en un cine. La de Kimmel se supone que es… Un lugar para soñar (2011), un truño de Cameron Crowe con Matt Damon en la que su personaje por lo visto se compra un zoo. La coña siguió al aparecer a continuación en el escenario Damon junto a Ben Affleck para presentar el Oscar al mejor guión original, y Kimmel -ocupando el lugar del director de orquesta en el foso-, subía la música cada vez que Matt iba a hablar. Quizá se tratase en realidad de una crítica encubierta al exceso de celo de la Academia con los parlamentos, ya que enseguida se metía la música a los premiados en categorías menores tras los 45 segundos de cortesía; algo que rayó directamente en la mala educación cuando el tercer maquillador italiano de Suicide Squad estaba dedicándole el Oscar a su mujer recientemente fallecida, y, junto a la música, apareció un barbudo con aspecto de guardia de seguridad que empezó a empujarlo para que cortara el rollo y saliera ya del escenario ¿¿??

Con lo que Kimmel no estuvo tan acertado fue en su ocurrencia de darle una sorpresa a un autobús de turistas y meterlos dentro del Dolby Theatre para que interactuaran brevemente con sus ídolos de la pantalla. Quedó raro raro, fuera de lugar y clasista, y sólo Ryan Gosling parecía cómodo con la situación, charlando en corrillo con algunos. Quien tampoco debió sentirse muy cómoda fue la directora alemana Maren Ade, favorita para llevarse el Oscar a la Película Extranjera por Toni Erdmann y que vio cómo la Academia prefería finalmente a la iraní El viajante, de Asghar Farhadi, que ya ganó en 2011 por Nader y Simi: una separación. Igual lo hicieron para tocarle más las narices a Trump, ya que Farhadi dejó claro que no acudiría a la ceremonia en desacuerdo con la política migratoria del presidente USA. Puede que fuera por eso, o puede que fuera por el reparo que les daba premiar el oxímoron con patas que significaba el film de Ade: una comedia alemana -y de casi 3 horas, encima-. No he visto ninguna de las dos, pero he de decir que en 2003 conocí a Maren Ade en el Cinema Jove de Valencia cuando vino a presentar una película -el drama The Forest for the Trees- y dudo bastante de su capacidad para el humor, ya que en persona era muy seca.

Dentro de los hitos de los Oscars 2016, esta edición sin duda también debería recordarse porque fue en la que por fin el técnico de sonido Kevin O’Connell logró hacerse con la estatuilla en su nominación número 21, gracias a Hasta el último hombre, del ahora perdonado Mel Gibson. Y eso que la competencia era dura, con La llegada -que ya había ganado los efectos sonoros-, La La Land o Rogue One. O’Connell, exultante por fin al oír su nombre, no se lo creía: rodeado de aplausos, sólo habló él de los cuatro técnicos –se pasó de los 45 segundos, pero le dejaron en paz, la ocasión lo merecía- y recordó a su madre, que le consiguió 39 años atrás su primer empleo en el mundo del sonido. Cuando Kevin le dijo que cómo se lo podría agradecer, esta le respondió que ganando un Oscar y dedicándoselo a ella delante de todo el mundo cuando fuera a recogerlo. El hijo cumplió su promesa, si bien la madre ya había muerto. Desconocemos cuándo y cómo, y si fue del disgusto de ver a su retoño sempiternamente derrotado durante 20 largos años por sonorizar siempre la película equivocada. Hablando de fallecidos, la lista de este año incluyó una larga lista de nombres: Ken Adam (95), Prince (57), Gene Wilder (83), Anton Yelchin (27), George Kennedy (91), John Hurt (77) , Abbas Kiarostami (76), Garry Marshall (81), Michael Cimino (77), Emmanuelle Riva (89) , la más que centenaria Lupita Tovar (106), Kenny Baker (81), Mary Tyler Moore (80), William Peter Blatty (89), Curtis Hanson (71), Marnie Nixon (86), Zsa Zsa Gabor (99), Nancy Reagan (94), Debbie Reynolds (84) y Carrie Fisher (60), que fue la última y que aparecía diciendo lo de que la fuerza te acompañe de El despertar de la fuerza. También hubo una mención a Bill Paxton (61), que como había fallecido el día anterior, ya no les daba tiempo a añadirlo en el video ¿? algo que nunca he entendido.

Los premios a los mejores actores principales estaba cantados, nunca mejor dicho en el caso de Emma Stone, que con la desarmante cara de pena con la que abrazaba a su Oscar de Lego hace dos años, estaba claro que pronto se lo darían, snif. El de Casey Affleck era también cristalino, aunque Brie Larson no pudo disimular cierta cara de asco al leer su nombre, pues lo había criticado públicamente por irse de rositas tras ser acusado de abusos sexuales por dos mujeres. Quien sí que lloraba a moco tendido era Ben Affleck, muy orgulloso de su hermano pequeño,que tanto le ha costado de criar, consiguiéndole papeles desde los tiempos de El indomable Will Hunting. Damien Chazelle, por su parte, se convirtió en el director más joven en ganar el Oscar -y es que nació en 1985, nada menos-; quitándole la estatuilla a Mel Gibson o a Barry Jenkins, que de todas formas ya había ganado el guión adaptado y luego se llevaría otra alegría con el triunfo inesperado de Moonlight; con lo que al final volvemos a hablar del principio. Y es que lo del sobre fue muy fuerte, tú.


Criticoll