sábado, 22 de marzo de 2014

OSCARS 2013

12 años de esclavitud y Gravity se repartieron los honores


Siete contra tres. Como si hubieran querido homenajear la presencia de Liza Minnelli, este año se repitió algo parecido a lo de 1972 con El padrino y Cabaret: dos películas se repartieron la mayoría de Oscars, aunque la que perdió el de Mejor Película dobló el número de estatuillas de la que finalmente se llevó el premio gordo. Algo que siempre resulta extraño e incoherente, y que este año desnudó la reticencia de la academia a premiar una cinta de ciencia-ficción sobre el típico drama histórico de toda la vida. Y es que los ilusos que pensaban que Gravity tenía alguna posibilidad al ver aparecer a Will Smith para entregar el último Oscar -ey, ¿no  salía en Independence Day, Soy leyenda o ejem... After Earth?- debieron de caer luego en la cuenta de que su presencia se debía más bien a su condición de afroamericano.
Como maestra de ceremonias repitió la irregular Ellen DeGeneres, que comenzó su monólogo con un viejo chiste de Billy Crystal, al rememorar la primera y última gala que había presentado -en 2007- y cómo las cosas no habían cambiado mucho en estos 7 años:  Cate Blanchett, Meryl Streep, Leo DiCaprio o Scorsese volvían a estar nominados, como entonces. A continuación hizo las típicas menciones a las 18 nominaciones de Meryl, a los tropiezos de la patosa Jennifer Lawrence -si ganas no hace falta que subas, te llevaremos el Oscar a tu asiento- o a la parte de su anatomía que enseñaba Jonah Hill en El lobo de Wall Street, algo que hacía mucho tiempo que no veía en un hombre… Por cierto, las chanzas a Hill oscurecieron a DiCaprio, que empezó a sospechar que esa no era su noche al no ser mencionado en absoluto en los chistes -y eso que Jordan Belfort daba mucho juego- o que tampoco lo reclamaran para el selfie; todo lo contrario que la recién llegada Lupita Nyong'o, que parecía la mascota de la ceremonia, constantemente nombrada o aludida por todos. Donde DeGeneres patinó fue con la mofa al aspecto físico de Liza Minnelli -le felicito por su imitación de Mrs Minnelli, señor-, y que levantó murmullos de estupor en la sala. Quizá con remordimientos, después se hizo una foto con él/ella como desagravio. Otro momento bizarro de Ellen fue cuando llamó a una pizzería y encargó tres familiares: pero luego me fijé en que desde el momento en que las pidió hasta que las trajeron pasaron más de 40 minutos… En algunas pizzerías que conozco el repartidor habría tenido que dárselas gratis al cliente por tardón, pero aquí no, esto es Hollywood; al final hasta se llevó unos 300 dólares de propina. En cuanto al famoso selfie del récord de retweets, la DeGeneres -que en 2007 también llevaba una cámara- dejó constancia paradójicamente de su poco arte como fotógrafa: primero no dejaba a nadie hacer la foto, y luego la quería componer en vertical ¿¿?? Menos mal que Bradley Cooper la cogió y apretó finalmente el botón. Por cierto, por fin descubrí quién era el que estaba al lado de Julia Roberts y no identificaba: Channing Tatum. Y eso de que Liza Minnelli también quiso acoplarse a la foto pero no llegó a tiempo, debía ser una leyenda urbana: un segundo después aparecía ya sentada en su butaca, no le habría dado tiempo.
La gala estuvo dedicada a El mago de Oz -de ahí la presencia de la hija de Judy Garland, que no acudió sólo para ser objeto de burlas-, así como a los héroes del cine, en general. Para ello Pink cantó Over the Rainbow y Bette Midler la de siempre, Wind Beneath My Wings. Así mismo integrado en esta sección de héroes metieron el video de In Memoriam, donde se recordó a fallecidos como James Gandolfini, Peter O’Toole, Joan Fontaine, Paul Walker, Shirley Temple o el último de ellos, Phillip Seymour Hoffman, muy apropiadamente, muerto de sobredosis de heroína -eh mira, Ellen, yo también sé hacer chistes crueles-. Por cierto, que en los videos sobre héroes y superhéroes no sacaron ninguna imagen del Will Kane-Gary Cooper de Solo ante el peligro, que en aquella clasificación del American Film Institute de 2003 -que la Academia parecía seguir al pie de la letra- estaba en el 5º lugar, por detrás de Atticus Finch, Indiana Jones, James Bond, y Rick Blaine, todos presentes en los clips, junto a otros como Rocky, el Robin Hood de Errol Flynn, Harry Potter, Iron Man, etc. ¡Pues muy mal!

En las canciones, este fue uno de esos años -como el de Pocahontas- que la Disney arrambla más por nombre que por merecimiento, gracias a la canción sin carisma de Frozen, que dejó con las manos vacías a U2 o a la festiva Happy, de Pharrell Williams, quien revolucionó la platea con su actuación -uno de los highlights de la noche- y que era el tema que realmente debería haber ganado.
Lo cierto es que fue una gala bastante ágil -el imdb le da unos honrosos 7’8 puntos-, sin demasiados parones aburridos de gente agradeciendo a otra gente sus Oscars. De hecho, hubo momentos bastante curiosos en los discursos, como el de la diseñadora de vestuario de El Gran Gatsby -la mujer de Baz Luhrmann- que se sacó del sujetador la chuleta doblada con los agradecimientos, pero luego ni siquiera la abrió ¿? ; los del documental A 20 pasos de la fama, que se pusieron a cantar; Paolo Sorrentino, que le dedicó el premio a Maradona ¿? O Jared Leto, que en un emocionado discurso se acordó de su madre y de las de los que mandan en Ucrania y Venezuela. A Matthew McConaughey,  por su parte, se le fue la olla y se declaró amigo de Dios y de ser su propio ídolo; como si estuviera recitando los diálogos de True Detective, vamos... Claro que mejor que lo que le pasó a Alfonso Cuarón al recoger el Oscar de montaje junto a Mark Sanger: primero habló
éste y cuando le tocaba dar las gracias al mexicano, empezó a sonar la música y ya no le dejaron decir nada. Menos mal que era el favorito al Mejor Director y le dejaron explayarse luego, tú... En relación a esto, reconocer un buen chiste de DeGeneres: al presentar a la orquesta, estos se pusieron a tocar y  Ellen le dijo al realizador que los cortara de repente, para que fueran ellos para variar los que se quedaban con la palabra en la boca.

En resumen, que al final no hubo muchas sorpresas y que todo salió más o menos como se esperaba. Al menos, señalar que por fin Steve McQueen tiene un Oscar, aunque no sea por Papillón o El coloso en llamas, y sí porque el director y productor de 12 años de esclavitud se llama igual. Sus padres debían de tener más sentido del humor del que demuestra él en sus películas.

Lo mejor: El momento Happy de Pharrell Williams; la imitación de Bruce Dern que hizo Jim Carrey; los emotivos discursos de Jared Leto y Lupita Nyong'o; que no ganara el corto The Voorman Problem -lo vi en Cinema Jove y era bastante insulso-. Y que se atrevieran por fin a darle el Oscar al Mejor Director a un hispano.
Lo peor: Que una película que se lleva siete Oscars no sea considerada la mejor del año, o que Brad Pitt tenga que hacerse productor para poder ganar uno. Que se olvidaran de Sara Montiel en el video de In Memoriam y de Gary Cooper en los de los héroes de cine. Total, sólo tenía 3 personajes en la lista oficial esa de la AFI: Will Kane, Lou Gehrig y Alvin York...
Criticoll

miércoles, 19 de febrero de 2014

Entre pillos anda el juego

LA GRAN ESTAFA AMERICANA


 El plano inicial de La gran estafa americana ya nos avisa de los derroteros por los que deambularemos las próximas dos horas y cuarto: Irving Rosenfeld -Christian Bale- peinándose cuidadosamente ante el espejo con cortinilla, postizos y mucha moral para esconder su calvicie. Y es que el engaño, la simulación o el timo están en el ADN de este film de David O. Russell, uno de los favoritos para alzarse con el Oscar el próximo 2 de Marzo.
 
La película narra en clave de sátira la historia de dos timadores de baja estofa que se ven obligados a colaborar con el FBI para empapelar a senadores demasiado amigos de sobornos. Las alianzas, las traiciones o los dobles juegos entre personajes serán los protagonistas de la trama, una especie de Entre pillos anda el juego con patillas, pantalones de campana y canciones setenteras.

David O. Russell vuelve a demostrar aquí todas las constantes de su cine, ya sean temáticas -desenfado, personajes peculiares en dificultades- o de estilo -primeros planos, travellings, ralentís musicales, improvisación-... algo que parece encandilar a la Academia de Hollywood, que por tercera vez consecutiva ha vuelto a nominarle a todo tras The Fighter y El lado bueno de las cosas. Sin embargo, y al igual que sucede con el eunuco dorado, puede que no sea oro todo lo que reluce, ya que si rascamos un poco en la superficie de American Hustle quizá descubramos que tantos honores le vengan un poco grandes a la cinta. En efecto, el film resulta simpático y posee buenas interpretaciones, sobre todo a cargo del triángulo formado por ese Christian Bale de peinado imposible, esa Amy Adams alérgica a los sostenes y esa Jennifer Lawrence terror de microondas y secundaria roba escenas; pero la cinta se ve lastrada a lo largo y ancho de su metraje por un exceso de espontaneidad e improvisación actoral, algo habitual en el trabajo de O. Russell con su reparto, pero que aquí lleva demasiado lejos. Y es que el ritmo interno de las escenas, los diálogos... se ven perjudicados por un abuso constante de pausas, acciones y reacciones innecesarias de sus intérpretes, algo que se nota -aunque no tengamos el libreto delante o no hayamos visto la trivia de imdb- por ejemplo en el ya famoso morreo que le planta Jennifer Lawrence a Amy Adams en los servicios. Un hecho éste el de la espontaneidad que le resta agilidad a la trama -compadezco a su trío de montadores acreditados, no sabrían dónde cortar- y que no le habría gustado nada a Billy Wilder, quien siempre condenó este libertinaje para con sus guiones hasta el punto de que fue el motivo de su salto a la dirección. O. Russell en cambio no parece muy sofocado por esto, estando más interesado en cuidar la estética años '70 o en sus homenajes cinéfilos -como ese gratuito baile en la disco copiado de Saturday Night Fever- que en otra cosa. Es el espectador, en última instancia, el que ve frustradas sus expectativas de estar ante el prometido gran film hollywoodense del año, sintiéndose al final como el personaje de Bradley Cooper con la historia del hielo y la pesca que nunca le acaba de contar Thorsen -Louis C.K.-.

Criticoll
 

domingo, 16 de febrero de 2014

EL GRAN COLOCÓN



El Lobo de Wall Street
La quinta colaboración entre Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio en realidad tendría que haber sido la cuarta. Y es que la pareja rumiaba El Lobo de Wall Street desde hacía siete años, antes incluso de rodar Shutter Island en 2010 -que por mí que se la podían haber ahorrado-.
La película es una especie de Uno de los nuestros pero en clave de comedia negra, la misma historia de un joven ambicioso -Jordan Belfort, un yuppie real de los '80 y '90- que partiendo de la nada consigue triunfar pero a costa de perder su alma por el camino. La cinta es divertida y nunca deja de resultar interesante, gracias al talento de Scorsese y por la naturaleza tan atractiva y excesiva de un personaje como Belfort, el puto amo para cualquier borregomátrix que la vea, siempre rodeado de lujos, top models y drogas por doquier. Pero si lo piensas un poco, el film es bastante reprobable moralmente, ya que a veces no se sabe muy bien dónde acaba la sátira y dónde empieza la apología hacia su protagonista, que no duda en estafar a un montón de pequeños inversores para pagarse fiestas, mansiones o sus queridos qualuds. Por ejemplo, la escena en la que Jordan se burla de un pobre cliente por teléfono, con sus colegas al lado riéndole sus gestos y gracietas, es ciertamente desagradable. Una situación que se repetirá, más matizada, en el último plano de la película, en el que una audiencia de perdedores sin glamour contemplan con gesto entre borreguil y admirativo a Belfort / DiCaprio, que les vende la moto -o el boli- de que ellos también pueden ser tan winners como él y no unos pringados. No me extraña que en el preestreno una mujer les echara la bronca al equipo de la peli y le dijera en la cara a Scorsese que si no tenía vergüenza por haberla rodado; quizá esa espectadora indignada fue una de las afectadas por las acciones a centavo. Es como si aquí hubiéramos hecho una comedia sobre un director de banco algo granujilla enriquecido tras colocar preferentes a ancianos y parados.

 
 
En cuanto a su protagonista, a mí no me cae muy bien Leo DiCaprio que digamos, he leído sus hazañas de divo prepotente y caprichoso durante lustros; pero bueno, hay que reconocer que el tío se lo curra y es constante en sus objetivos, que no son otros que los de ganar un Oscar como sea. Año tras año, el bueno de Leo lo intenta de todas las formas y maneras posibles, con los papeles y géneros más del gusto de la Academia: retrasado mental -A quién ama Gilbert Grape-; villano en una de Tarantino -Django desencadenado-, en biopics con y sin transformación física -El aviador / J. Edgar-; dramas íntimos -Revolutionary Road- o de denuncia social -Diamantes de sangre-, remakes de clásicos -El gran Gatsby-, etc. etc. Da un poco de pena, en este sentido, que con cada nueva intentona se degrade un poco más para dar más lástima a los académicos y que éstos le den de una puñetera vez la estatuilla, para no tener que esperar al Oscar honorífico cuando tenga 90 años. En esta ocasión, no se hiere aposta en la mano con un vaso de agua -aunque deja que se lo tiren a la cara... ¿homenaje a Pocholo?- sino que enseña el culo varias veces, se arroja por unas escaleras, repta por el suelo todo drogado, habla ininteligiblemente, hace muecas bastante desfavorecedoras, le practica el boca a boca a Jonah Hill, se enrolla con una señora de 67 años, etc. Pues lo siento, Leo, pero ni por esas; me da que esta vez tampoco va a ser. Encima este año tenías al enemigo en casa. Una pista: sale al principio cinco minutos, se da unos golpes en el pecho y te enseña todos los trucos para enriquecerte en la bolsa...

En fin, que coincido bastante con la genial crítica de Poli Rincón: "a la película le sobra una hora, se hace larga y es muy buena, pero es infumable y no hay quien la aguante" :)
SPOILERS
Lo mejor: Su energía, la escena de las pastillas con retardo y el teléfono, y la de Jordan y tía Emma en el parque, en la que oímos en off los pensamientos de los personajes -"¡joder, si me está tirando los tejos!", mientras hablan de otras cosas, estilo Annie Hall.
Lo peor: El pesado de Jonah Hill, su duración excesiva y que a veces tome demasiado partido por su crápula protagonista.
Criticoll

 

sábado, 26 de octubre de 2013

FIESTA DEL CINE Y OLÉ

Sí, yo también fui uno de esos 1.513.948 espectadores que corrieron raudos y veloces a las taquillas a ver pelis a 2'90 € por cortesía de las federaciones de productores (FAPAE), distribuidores (FEDICINE) y cines (FECE), entidades que durante tres días al año se ponen de acuerdo para saltarse el 21 % del IVA y atraer a las buenas gentes a los cines. ¿Los cines? Sí, ya sabéis, esos sitios donde se solían ver antaño las películas de estreno sin miedo a que te clavaran 10 € por la entrada y otros 10 en palomitas, bebida y demás. La iniciativa contó con el apoyo del Instituto del Cine y las Artes Audiovisuales (ICAA) del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que también quisieron salir en la foto por habernos aflojado las cadenas durante tres días, los muy cínicos... Se ve que ésta era la quinta edición y todo, ¡y yo que me he enterado este año! Claro, como antes no pagaba nunca :(
 
Total, que en esos 21, 22 y 23 de octubre tenía previsto saquear la cartelera como hizo mi amiga Pili, pero al final entre pitos y flautas sólo pude ir a ver dos films: Gravity en 3D y Las Brujas de Zugarramurdi, las cuales procedo a destripar -y en varios sentidos, ya que en la crítica de Gravity hay SPOILERS-. Avisados estáis.

Basura espacial
GRAVITY

Tras la seminal Avatar, la tecnología de efectos especiales en 3D ha entrado en una nueva era de brillantez y perfección, capaz de dejarnos a todos ojipláticos por el nuevo camino de posibilidades que se abre ante nuestras pupilas. Lo que ya sería la hostia es que estas películas tan apabullantes visualmente tuvieran tal virtuosismo también en el guión, o que al menos éste ocupara una servilleta escrita por las dos caras.

Y eso que Gravity empieza de forma espectacular, con un plano secuencia de 13 minutos destinado a pasar a la antología del cine como los de Sed de mal, The Player o Snake Eyes. Haciendo gala luego de una capacidad técnica increíble para convertir al espectador en un astronauta más flotando por el cosmos junto a Matt Kowalski -George Clooney- y Ryan Stone -Sandra Bullock-, apretando tuercas aquí, sorteando basura espacial allá, surcando de nave en nave o, en fin, disfrutando de las mejores vistas de la Tierra antes de que nos la carguemos del todo. El problema es que, una vez pasado el impacto inicial, uno se acostumbra a lo bueno y ya no parece algo tan extraordinario compartir órbita con Bullock y Clooney, queremos más, queremos una historia que aunque se pase por el forro cuestiones físicas y aeronaúticas que uno no tiene por qué saber -es imposible pasar tan alegremente del Hubble a la Soyuz, o de la Estación Espacial Internacional al módulo chino, están en órbitas distintas y muy lejos unos de otras- no resulte tan trillada y sentimentaloide como al final acaba deviniendo.

En efecto, la historia enseguida se torna muy previsible, y uno se va imaginando todo lo que va a pasar antes de que suceda, como si la velocidad mental de los guionistas -el propio director Alfonso Cuarón y su hijo Jonás- se desplazase a través de esa misma gravedad cero que inunda la trama de principio a fin. SPOILER Las continuas e irreales licencias tecnológicas que se toman para allanar el camino a Stone en su odisea espacial tampoco ayudan demasiado, al final acaban siendo tan molestas como la música de Steven Price. FIN DE LA CITA, DIGOO DEL SPOILER

 
Al menos, la película aborda un tema que a mí siempre me ha inquietado: que con la cantidad de residuos de satélites destruidos y basura espacial que hay orbitando peligrosamente alrededor del planeta, y que, fíjate, nunca haya impactado con ningún trasbordador  USA, con el Hubble o con, yo que sé, el satélite Meteosat... Por lo visto, si pasa muy a menudo lo que nos cuenta Gravity, en un futuro cercano la Tierra tendrá un anillo de porquería rollo Saturno, y habrá que fletar una misión como en Armaggedon pero con astronautas rumanos y albanokosovares para, ejem, deshacer el anillo ese, compuesto de cobre y materiales similares.

PÁRRAFO DE SPOILERS La película plantea así mismo varios interrogantes: ¿Alguien me puede explicar por qué el personaje de George Clooney se suicida de repente, en un pseudo-homenaje a Titanic? ¿Por qué la morralla espacial viaja a esa velocidad tan rápida? ¿Qué coj... hace una raqueta de ping-pong en el módulo chino? ¿A cuánto ascendería la factura por todos los artefactos y naves USA, rusas y chinas que destroza Stone? ¿Por qué los chinos no traducen sus manuales de instrucciones a otros idiomas? FIN DEL SPOILER


Preguntas, preguntas sin respuesta. En fin, que respecto a Gravity, lo mejor será no pensar demasiado en sus agujeros argumentales y verla definitivamente en 3D -en 2D pierde bastante-. Todo sea para deleitarse de las asombrosas vistas de la Tierra desde el espacio por cortesía del chivo Lubezki, o, para los más masoquistas, por experimentar la sensación de que te tiren tuercas a la cara todo el rato. Pero en verdad, para disfrutar de esta película al 100 % las condiciones ideales serían verla en 3D, en una pantalla IMAX de 180º y en una sala con gravedad cero. Bueno, y ya puestos -nunca mejor dicho-, bajo el influjo así mismo de ciertas sustancias psicotrópicas para flotar aún más, tío, o al menos, para poder olvidar los ladridos de Sandra Bullock en esa escena o lo fea y caravinagre que sale todo el rato. Y es que... ¿qué fue de aquella guapísima Sandy de Miss agente esp@cial?

Criticoll

Todas Brujas
LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI

Tras jugar a ser Berlanga, Saura o incluso Billy Wilder en sus dos últimas y patéticas películas, Álex de la Iglesia ha entrado en razón y comprendió que, aunque le vayan a subvencionar igual cualquier truño que ruede a estas alturas, puede que lo suyo sean después de todo las comedias gamberras estilo El día de la bestia (1995); su segunda y mejor película y la piedra de toque con la que comparar el resto de sus obras.

En efecto, como si nos hubiésemos subido al DeLorean, parece que con Las Brujas de Zugarramurdi hayamos viajado a 1996 con un Álex de la Iglesia con la muñeca aún caliente, decidido a continuar por la misma senda cómica, salvaje y enloquecida de su exitosa cinta del año anterior. En la que dio en la diana porque quizá con ella sólo buscaba un divertimento sin más pretensiones que las de entretener; con un buen guión -coescrito con Jorge Guerricaechevarría-, y con su proverbial ojo para los actores. Sin esa pretenciosidad de films posteriores suyos de querer abarcar más de la cuenta, y en los que, desviándose progresivamente de la comedia al drama o prescindiendo de su genial co-guionista, poco menos que se pensaba que estaba reescribiendo el cine español.

Así pues, y como si fuese un follow up directo de El día de la bestia, la divertida Las brujas de Zugarramurdi nos presenta a otro trío de perdedores -Hugo Silva, Mario Casas y Jaime Ordónez- que, agobiados por sus mujeres, deciden atracar una tienda de "Compro Oro" en plena Puerta del Sol para solucionar sus problemas económicos. En su atropellada huida a Francia, se verán retenidos cerca de la frontera por un grupo de brujas navarras -Carmen Maura, Terele Pávez, Carolina Bang- dispuestas a practicar con ellos sus artes oscuras...


La película tiene buena estrella y conecta con el público ya desde los créditos, en los que vemos a una sucesión de mujeres de armas tomar de la historia, como Salomé, Cleopatra, Isabel la Católica, Mata -Hari, Margaret Tatcher o Angela Merkel, ésta sin duda la foto mental de bruja que flota en el imaginario colectivo actual. Unas imágenes que resumen brillantemente el mensaje del film: las mujeres son en realidad las que cortan el bacalao, y los hombres, unos pobres peleles a su merced.

El film homenajea Los Goonies, Abierto hasta el amanecer, Los Cazafantasmas  o La matanza de Texas, pero en realidad hunde sus raíces en el cine de humor español más tradicional y costumbrista, desde Los Tramposos a Atraco a las tres o Torrente, con ese trío de antihéroes que no saben dónde se han metido ni de las fuerzas tan poderosas contra las que luchan, y que bien podrían haber sido en otra época Tony Leblanc, José Luis Ozores y José Luis López Vázquez, o Alfredo Landa, Pepe Sacristán y Andrés Pajares.

Si la película triunfa es básicamente gracias a dos factores: el primero, su ingenioso guión, con Jorge Guerricaechevarría como el héroe en la sombra, el guionista al que tanto se le echó de menos en los últimos títulos delaiglesianos  y que ha hecho las paces con el director para volver a poner orden e interés en su cine; y el segundo, a la hábil dirección de actores de de la Iglesia para escoger a los intérpretes ideales para cada papel, por mucho que esto esconda alguna sorpresa, como ahora veremos. Como protagonistas del film tenemos a Hugo Silva, que aquí se aleja de su imagen de galán para interpretar a un padre divorciado que se lleva a su hijo al atraco "porque le tocaba tenerlo ese día"; Jaime Ordónez, familiar rostro televisivo de La hora de José Mota o La que se avecina como el taxista aficionado al esoterismo; y Mario Casas como Toni, el mascachapas sonado roba-escenas que tiene las mejores frases de la película y que merece una nominación al Goya como secundario, aunque la categoría que mejor le pegue en realidad sea la de actor revelación, tal es la sorpresa de comprobar que sepa interpretar sin quitarse la camisa y todo. De hecho, me vino a la mente aquello que le dijo John Ford a Howard Hawks tras ver al John Wayne de Río Rojo: "¡no sabía que ese hijo de puta fuese capaz de actuar!".

Otros actores destacados son Carolina Bang, que a fuerza de ser incluida en todas las películas de su novio ha aprendido a decir sus frases con más o menos soltura y a no tropezarse con los muebles, como lograron antes que ella Faith Domergue, Juliette Greco o Lina Romay; las veteranas Carmen Maura y Terele Pávez encarnando a las otras brujas de la familia,  Macarena Gómez y su proverbial vis cómica, o Javier Botet como el esperpéntico Luisma, cuya barba y voz de pito provoca que ya no vaya a darnos miedo REC 4. Y mención especial para Carlos Areces y Santiago Segura, verdaderas mascotas del director y que aquí tienen un hilarante cameo como dos señoras vascas muy respetables que también son brujas en sus ratos libres. Aunque por otro lado, donde no hay no se puede sacar, y la dicción de muchos actores españoles sigue siendo lamentable, dejando inaudibles varias frases graciosas. Tampoco de la Iglesia parece que se repasó la escena de las maracas de Con faldas y a lo loco, para aprender a hacer pausas entre chiste y chiste y que las risas del público no tapen el siguiente y tal.

Aunque Las Brujas... no se libra del habitual bajón final de todas las películas de su director -el clímax con el monstruo es demasiado largo y aparatoso-, al menos aquí el desenlace no resulta tan molesto, siendo más resultón y digno de lo esperado. En fin, esperemos que Álex siga por esta senda que es la que mejor le sale, y que en sus películas posteriores valga la pena gastarse los 10 € de la entrada, por si acaso no coincide con sucesivas fiestas del cine o le toque compartir cartelera con Avatar 2, 3 o 4.
Criticoll

domingo, 14 de julio de 2013

ASTÉRIX Y COMPAÑÍA

Tras varios lustros muertos de risa en la estantería, este verano me ha dado por releer los cómics de Astérix y recordar viejos tiempos. Después, como no había visto ninguna de sus películas con actores reales, me entró la curiosidad y se me ocurrió verlas todas de un atracón. Una empresa ardua y costosa y que decidí hacer por etapas, temeroso de que la visión ininterrumpida de alguna de ellas me provocara más daños cerebrales. Pero bueno, tras mucho miedo y mucho sufrimiento, al final lo he conseguido. ¡Toma ya! Todo sea por la ciencia.


La primera es la decepcionante Astérix y Obélix contra el César, dirigida en 1999 por Claude Zidi y con una notable presencia alemana en la producción, lo que explicaría su alarmante falta de gracia. La cinta más cara hasta ese momento del cine francés, con 42 millones de euros de presupuesto -nadie lo diría, viendo la cutrez del vestuario o el abuso de cartón piedra por doquier- y que no supone la adaptación literal de ninguna de las historietas originales, sino una mezcla de personajes y situaciones extraídas de El adivino, Astérix legionario, El caldero, La hoz de oro y Astérix y los godos, para pergeñar un guión sin chispa que no daría para mucho en una clase de Robert McKee, y que provoca varios suspiros y cambios de postura en el asiento a los mayores de 10 años.

Nótese, a diferencia de los cómics, la sutil inclusión aquí de la palabra Obélix en el título, clave para entender que en el cine el protagonismo pasa de Astérix a Obélix, ya que quien corta el bacalao, el más famoso y el mejor pagado de la franquicia no es otro que el ruso Gérard Depardieu, el único inamovible de una película a otra tanto delante como detrás de las cámaras. No en vano, es el más poderoso de la historia al encarnar -nunca mejor dicho- a alguien que se cayó dentro de la marmita cuando era pequeño, y a quien los efectos de la poción mágica le son permanentes. Un Obélix ya fijado en el imaginario colectivo pero bastante más lelo que en los cómics, ya que, por ejemplo, en una escena ve cómo Astérix está en peligro frente a leones, cocodrilos o arañas y no mueve un dedo para ayudarle ¿? Y todo porque está infiltrado entre los romanos y no oye la frase clave que le grita todo el rato su amigo, mediante la cuál habían acordado previamente que empezaban las toñas. Un gag eficaz para animadores de comuniones pero que en la gran pantalla se revela fallido.


En cuanto al propio Astérix, Christian Clavier es el único que repite en 2 pelis, siendo posiblemente el que más se asemeja físicamente al personaje de los 3 actores que lo interpretan a lo largo de la saga. A favor contaba con su probada vis cómica y con el grato recuerdo de Los visitantes, donde el parisino también quedaba bien en el contraste visual con otro co-protagonista tan grandote como Obélix -Jean Reno-.

A los fans de las viñetas les chirriará que aquí la poción mágica sólo dure 10 minutos, que los legionarios romanos vayan de rojo y no de verde, que Idéfix sea el perrito de Astérix y no de Obélix, o que este último añada a su vestuario un chaleco de cabra ¿? detalles descuidados que se van sumando en el debe del director Claude Zidi y que provocan al final que cualquier integrista de los cómics quiera colgarlo de un palo y con razón. Pero no sólo es eso, es que además demuestra una pésima dirección de actores, a cada cuál más sobreactuado. Algo especialmente palpable en las escenas que comparten Julio César -el alemán Gottfried John- y Detritus -Roberto Benigni, el fichaje estrella de entonces tras La vida es bella-. Una insoportable competición de histriones que hace parecer a Jim Carrey como el sobrio heredero de Buster Keaton.

 























Lo más vistoso del film -aparte de Laetitia Casta- es lo bien que están resueltos los f/x cuando los romanos vuelan por los aires y se estrellan contra el suelo tras recibir los puñetazos de rigor. O la última poción de Panorámix, que permite clonar a la gente durante un rato, y que aprovechan los galos para crear un ejército de Astérix y Obélix y zurrar por multiplicado a sus enemigos. Poción que el propio Obélix utilizará luego para clonar a la ennoviada Falbalá-Laetitia y enrollarse un poco con su copia. Vaya, vaya, vaya, pues al final no era tan tonto…


En 2002 llegó la segunda entrega, Astérix y Obélix: misión Cleopatra, de Alain Chabat. A diferencia de la zafiedad y el humor de brocha gorda de su antecesora, aquí estamos ante una película que no avergüenza enseñar a las visitas, que sí que parece hecha por un verdadero fan de los cómics de Uderzo & Goscinny. Y es que el guión es la adaptación prácticamente literal de Astérix y Cleopatra (1965), uno de los mejores trabajos del dúo: memorable parodia del largo y largo largometraje de Joseph L. Mankiewicz de 1963 ya desde su portada, y con una Reina de Egipto dibujada según los inimitables rasgos de la propia Elizabeth Taylor. Una Cleopatra que aquí la encarna Mónica Bellucci, que al cambio tampoco está nada mal :P
 

 Una buena idea es ver esta cinta con el álbum en las rodillas, e ir comparando ambos para constatar que la fidelidad de Chabat -en su doble faceta de director y guionista- llega al punto de recrear muchas viñetas y diálogos enteros del libro; siendo quizá el único en toda la franquicia que comprendió que era tontería enmendarle la plana al gran René Goscinny con cambios sustanciales en la historia, que siempre resultarían inferiores al original. Bueno, sí que se inventan un rollete de Astérix con una esclava de Cleopatra, pero no importa demasiado.


Las interpretaciones aquí están más contenidas, algo que le acerca más al cómic y la alejan de su irritante predecesora. Claro que Chabat no puede evitar caer en el nepotismo de emplear a media familia suya, así como a la tentación de adjudicarse el rol de Julio César cuando físicamente no le pegaba ni con cola. Quién sabe si para tener así la oportunidad de, ejem, magrearse con la Bellucci en una añadida escena final. Otro que está tonto, sabes…





Los legionarios dejan el rojo y vuelven a su uniforme verde tradicional de las viñetas: algo que también debió gustar a la Academia de Cine francés, que le otorgó a este film el César al mejor vestuario de 2002 -quién sabe también si por agradecimiento al quitarle el absurdo chaleco a Obélix que le plantaron en la anterior-. Y es que hasta el maquillaje, las pelucas y la gordura del guerrero pelirrojo parecen mejores que en el de 1999.
 




Entre las novedades del reparto, destaca la aparición de Jamel Debbouze como el arquitecto Numerobis; un actor visto en Amelie y que aquí esconde su discapacidad -le falta la mano derecha desde los 15 años debido a un accidente- mediante una oportuna túnica que le cubre el brazo entero. Añadir que como ayudante de Numerobis aparece el cómico Edouard Baer, que en la cuarta entrega de la serie encarnará al propio Astérix; algo extraño porque es casi igual de alto que Depardieu. Por otra parte, las exóticas localizaciones egipcias de esta aventura hizo que se rodase casi entera en Marruecos, lo que impide que salga nadie del poblado galo salvo Astérix, Obélix, Panorámix e Idéfix, que vuelve a ser el perrito del segundo como mandan los cánones.
 


En este largo se adopta por primera vez la introducción esa de la lupa y el mapa tan del cómic para situar el pueblo de Armónica resistente al invasor, narrada por una voz que no es otra que la de Pierre Tchernia, un viejo compinche de Uderzo y Goscinny que tomaron sus rasgos para el centurión Gazpachoandalus de Astérix en Córcega. Un buen detalle de Chabat que hace las delicias de los más Astérixófilos y que se convirtió en una entradilla fija en esta peli y la siguiente. Añadir que también hacen su debut los sufridos piratas con los que siempre se topan los galos cuando se acercan al mar; y que aquí, tras ser hundidos, recrean en un plano la célebre viñeta parodia de La balsa de la medusa.



En fin, sin duda la mejor película de la serie, no sólo por su fidelidad al original, por ser la única que ha obtenido Césars o la que más ha recaudado, sino por resultar ciertamente entretenida. Quizá porque el humor de Chabat y sus colaboradores de la TV francesa era muy cercano al espíritu de los cómics.



Para la tercera entrega hubo que esperar 6 años: Astérix en los Juegos Olímpicos (2008), en la que el productor Thomas Langmann -el verdadero motor de la franquicia- se implicó más que nunca, ya que sus atribuciones también pasaron por las de co-guionista y co-director. Pero el fracaso artístico y de taquilla de este mediocre film debieron de escocerle bastante, ya que finalmente vendió los derechos de la franquicia y se desvinculó de ella por completo. -Tranquilos, tampoco le fue tan mal luego, ganó un Oscar por The Artist-. Los culpables de los pobres resultados obtenidos por esta aparatosa película de 78 millones de euros son su excesiva duración y su deslavazado guión, que en teoría seguía el álbum homónimo de 1968, pero que en la práctica se inventaba subtramas y personajes bastante a la ligera, como ese triángulo amoroso entre Bruto, Lunátix e Irina; así como la presencia de Julio César -un autoparódico Alain Delon-, y que en la historieta no sale, sólo se oye su voz en la última viñeta.

El largometraje se rodó en 2006 pero se guardó dos años en un cajón para poder estrenarlo en año olímpico y aprovechar el tirón de los Juegos de Pekín ‘08. Un retraso que tuvo un hecho luctuoso: que el gran Jean-Pierre Cassel -que aquí interpretaba al tercer Panorámix de la saga- no viviera para verlo en la pantalla, ya que falleció en abril de 2007.




En esta cinta se produce el primer relevo de actor para Astérix, puesto que Clovis Cornillac sustituye a un cansado Christian Clavier para darle otro toque al personaje, menos paródico y más serio. Y aunque la desaparición de Obélix del título del film parecía que le iba a dar más protagonismo a este nuevo Astérix, lo cierto es que Cornillac pasa muy desapercibido, ya que el personaje aquí es bastante secundario: casi parece que moleste en la trama o que se le meta con calzador en ella porque llevase mucho rato sin hacer nada. Y es que el guión en realidad convierte en el verdadero protagonista a Bruto -el belga Benoît Poelvoorde-, hijo de César y villano metepatas que ve frustrado todo lo que intenta: asesinar a su padre, ganar los juegos olímpicos o casarse con Irina, la bella princesa griega. Señalar que, como en el anterior, se incluyen guiños a Star Wars o a Cyrano de Bergerac.

 



De esta película es aquella foto de Paco Camps y Depardieu vestido de Obélix en una pausa del rodaje en la Ciudad de la Luz de Alicante, estudios que albergaron el grueso de la filmación en aquellos maravillosos años de derroche y Fórmula 1. Digo yo que, ya puestos, Paco podría haber llevado uno de sus famosos trajes y hacer un cameo o un algo, ya que si de algo puede presumir esta cinta es de apariciones gratuitas de famosos por doquier: Michael Schumacher, Jean Todt, Zinedine Zidane, Tony Parker o la tenista Amelia Mauresmo, mientras que por el camino se quedaron las previstas de Jean-Claude Van Damme y David Beckham.


El papel de maciza de turno se repartió en esta ocasión entre las modelos Vanessa Hessler -Irina- y la sin par Adriana Sklenarikova, que tomó el relevo de Arielle Dombasle como la voluptuosa mujer de Edadepiédrix. En cuanto a la aportación española -la administración y varias productoras patrias aportaron pasta, además de localizaciones- ésta corrió a cargo de Santiago Segura como Doctormabus, un chapucero brujo que surte de pociones a Bruto; mientras que, según el imdb, también salían Mónica Cruz y Eduardo Gómez -La que se avecina-. Pues... debí de parpadear, porque no los recuerdo.

Destacar la secuencia de la carrera de cuádrigas, ausente en el libro y que parece un guiño, más que a la inevitable Ben-Hur, a esa Comunitat Valenciana que acogía el rodaje y tenía pasta para invertir 

























en la F1 y en películas de cómics franceses, por muy de Astérix que fueran. Y es que el derroche en todos los sentidos que supone este film -cameos, metraje, presupuesto- parece una metáfora de los días de vino y rosas que corrían por aquí en el añorado 2006.


La cuarta cinta de la saga, Astérix y Obélix: al servicio secreto de su majestad, es la última hasta la fecha, estrenada el 30 de noviembre de 2012. Como decíamos unos párrafos más arriba, la película supuso un lavado de cara para la franquicia, ya que fue la primera sin Thomas Langmann, el productor que a principios de los ’90 levantó el proyecto de Astérix, pero que vendió los derechos tras el fracaso de los Juegos Olímpicos. Wild Bunch, Fidelité y la Televisión Pública Francesa tomaron el relevo y su primera medida fue escoger como director y guionista a Laurent Tirard, que ya se había fogueado con la adaptación al cine de otro cómic de Goscinny, El pequeño Nicolás (2009).
 



Aquí vuelve a desaparecer la introducción del mapa narrada por Pierre Tchemia y se adoptan unos títulos de crédito estilo James Bond, no en vano la trama de la aventura transcurre en Londinium y alrededores -aunque en realidad se rodó en Irlanda-. Es lógico que al comenzar a visionar este largo los fans integristas de Astérix lo reciban con bastante recelo, ya que ¡vaya! el guión mezcla otra vez elementos de dos álbumes del personaje, Astérix en Bretaña y Astérix y los Normandos. Tampoco Fabrice Luchini parece tener presencia para encarnar a Julio César, y, para colmo, el nuevo Astérix -Edouard Baer, el Otis de Cleopatra- no ha menguado con los años y sigue siendo casi igual de alto que Obélix, ¡por Tutatis!... Sin embargo, poco a poco la película nos va ganando y casi todos los temores resultan infundados, ya que finalmente hay que reconocer que la cinta resulta entretenida, bastante fiel en el guión y en su sobrio tono humorístico a los dos álbumes en los que se basa, con una buena factura técnica -aunque los legionarios vuelvan a vestir de rojo…- y, en general, una sensible mejoría respecto a la tercera de la serie. Incluso los personajes principales se ven en conflicto unos con otros y evolucionan dramáticamente y todo: Astérix, cansado de su soltería y de la falta de inteligencia de Obélix, al final comprenderá que el amor viene cuando menos te lo esperas y que hay que querer a los amigos tal y como son; Obélix aprenderá a usar la mollera además de la fuerza para ayudar a sus amigos; el bretón Buentórax -Guillaume Galliene- logrará ser más apasionado y menos flemático como le pedía su novia Ofelia -Charlotte Lebon- y hasta los salvajes normandos conseguirán conocer el miedo e incluso tener modales en la mesa, como le sucede al invitado especial Dany Boon -todo un guiño el que haga de normando tras Bienvenidos al Norte-. En fin, que por una vez hasta Robert McKee podría estar contento.


Otras guest stars del film son Gérard Jugnot -irreconocible como el jefe de los piratas-, y Catherine Deneuve interpretando a Cordelia, la Reina de los Bretones. La diva de Buñuel o Polanski cumple con su cometido, aunque a lo mejor podrían haber escogido en su lugar a Helen Mirren, habría sido un punto. ¡Y cuidado! ver a la Deneuve compartir planos con Depardieu-Obélix aquí y visionar a continuación El último metro puede cortocircuitar las neuronas de más de uno; a mí casi me pasó. En cuanto a la aportación española, se reduce a la aparición de Javivi como un carcelero romano y a la de Tristán Ulloa como otro legionario según imdb, aunque a éste no recuerdo haberle visto en ningún momento.




Para concluir, destacar también el acento inglés exagerado rollo Laurel y Hardy del doblaje -muy divertido-, y las inevitables referencias cinéfilas a Star Wars, Kill Bill, La naranja mecánica o al Londres moderno -los punks, los mods, los autobuses rojos de 2 pisos-, dignas de haber figurado en alguna viñeta de las historietas, como aquella mítica de Astérix en Bretaña que mostraba a Los Beatles –“unos bardos muy populares entre nosotros“- firmando autógrafos a un grupo de fans chillonas, mientras Astérix exclamaba: “¡si Asurancetúrix viera esto!”.



(ACTUALIZADO A JULIO DE 2023)

Hubo que esperar 11 años para el siguiente título de la serie, Astérix y Obélix y el Reino Medio (2023) un lavado de cara de la franquicia que pasó por varias manos. Así, Michel Hazanavicius, Franck Gastambide o Fabien Onteniente fueron contactados por los nuevos propietarios de los derechos -la Pathé y Netflix- para dirigir este quinto film. Onteniente deseaba adaptar Astérix en Córcega, el recordado álbum número 20  de la colección, pero el proyecto se frustró. Las conversaciones con Hazanavicius y Gastambide tampoco fructificaron, si bien este último aparece en el film recogiendo el testigo de Gerard Jugnot en el rol del capitán del barco pirata. Finalmente el elegido fue el actor/director Guillaume Canet, quien también se hizo cargo del guión.

Por primera vez en la saga, la trama es completamente original, al no estar basada en ninguna historieta previa. En esta ocasión nuestros amigos viajan a China para ayudar a una emperatriz y a su hija a recuperar su reino -uno de los seis en los que estaba dividida China en el 50 A.C.-, usurpado por unos traidores.  La filmación iba a tener lugar en el país mandarín, pero al final debido a los múltiples permisos exigidos y a las trabas de la censura -no se podían hacer chistes de osos panda, por ejemplo- se acabó rodando en la propia Francia, en el Massif de Sancy del Macizo Central.

Con la baja de Gerard Depardieu aquí tenemos un elenco completamente renovado, pues ya no repite nadie de las películas anteriores, si bien a pesar del cambio de actor el estatus de Obélix se mantiene al incluirse otra vez su nombre en el título, algo que se ha convertido ya en norma. En esta ocasión es Gilles Lellouche el que interpreta con solvencia el papel del repartidor de menhires, si bien la excesiva fuerza que demuestra Obélix le hace parecer ahora una especie de Hulk. Incluso se permite el lujo de tener un rollete con la china Wang Tah, la horma de su zapato a la hora de repartir leches -como su propio nombre indica, Guantá- aunque su estilo de lucha sea el wuxia, rollo Tigre y Dragón. En otro guiño hacia el personaje, la película incluye un flash-back de cuando se cayó a la marmita de pequeño, si bien no es igual que en el libro de 1989 que narraba lo mismo, doy fe, yo lo tengo.

En principio Guillaume Canet, además de dirigir, iba a interpretar a Julio César, pero no quería verse emparejado de nuevo con Marion Cotillard para no cansar al público y evitar comparaciones con otras películas, como la comedia Cosas de la edad (2017), así que al final interpretó a Astérix. Canet no acaba de sentirse cómodo en el rol, componiendo un personaje demasiado sombrío y taciturno, alguien insatisfecho con su vida que fracasa en todo lo que intenta, ya sea un romance con la princesa china, ganar una pelea sin recurrir a la poción o volverse vegano ¿? Tampoco queda noble que le niegue un trago de poción a su enemigo íntimo Granodemaíz -Jonathan Cohen- en la batalla final; el del cómic sí que le habría dado. Con su 1’78 m, Canet es el Astérix más alto de toda la franquicia, midiendo lo mismo que Obélix-Lellouche, lo que estéticamente no queda muy lucido y apenas logran disimularlo.


La película empieza bien, con bastantes guiños al cómic, pero progresivamente se va diluyendo en un humor demasiado infantil y con gags poco afortunados. Lo mejor de la función es el Julio César de Vincent Cassel, mordaz y de rostro anguloso que habría hecho las delicias de Goscinny & Uderzo, además de que Cassel cuente con bastantes conexiones con el universo Astérix: su exmujer Monica Belluci fue Cleopatra en la segunda -y mejor- película de la saga, su padre Jean Pierre el Panorámix de la tercera, y el propio Vincent fue el modelo para el personaje de Maccabeo en el cuaderno Astérix y los pictos. La contribución hispana corre a cargo de José García, actor francés hijo de españoles y que encarna a Biopix, biógrafo  -con acento gallego en el doblaje- de Julio César, y que recuerda en su servilismo al señor Beauchamp de Sin perdón (1992). También destacan la fotografía y los efectos especiales, y el gag con las palomas mensajeras y el ruidico rollo Twitter o wasap cuando llega una trayendo un mensaje. A cambio, se nota la mano de Netflix en el peaje a pagar en el guión al acentuarse el feminismo y women power o en el irritante veganismo de Astérix.


A destacar así mismo el cameo de Marion Cotillard como Cleopatra, pareja en la vida real de Canet y cuya intervención sabe a poco, pues apenas sale en una escena; y el del futbolista sueco Zlatan Ibrahimovix, digoo Ibrahimovic -joer, con ese apellido estaba destinado a salir en una de Astérix- que interpreta a Antivirus, un soldado romano todo un crack en el combate cuerpo a cuerpo -y sin poción mágica- que pelea al ritmo de We Will Rock You de Queen. Para salvaguardar su imagen de winner y no recibir una paliza de los galos, el personaje oportunamente se lesiona al inicio de la batalla final y pide el cambio, saliendo otro soldado en su lugar, como si fuera un partido de fútbol. Un gag no muy gracioso, aunque sirva como parodia de Zlatan hacia sí mismo y su tendencia a las lesiones. Aprovechando la coyuntura china, también hay otros nombres ocurrentes en el doblaje: la ya comentada Wang Tah, Dang Sin Kuing, que suena como Dancing Queen, Chi Qi Tin, Fo-Yong (Follón), etc.

En fin, la película más costosa de la franquicia -65 millones de euros-, y con la que Canet ansiaba alcanzar las cotas de Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, su modelo a seguir. Pero al final se quedó a medio camino tanto en calidad artística como en taquilla, pues tras su estreno en febrero de 2023 sólo recaudó 39 millones en su mercado principal, Europa. Convirtiéndose así en la avanzadilla de un curioso fenómeno que están padeciendo varios blockbusters en los cines en este verano de 2023: la gente ya no va a las salas como antes de la pandemia, pero estas megapelículas no abaratan sus costes de producción, con lo que no hay forma de recuperar la inversión.


 Criticoll