El primero es Alfredo el Grande. Vida de un cómico, las memorias de Alfredo
Landa extraídas de largas conversaciones con el crítico Marcos Ordóñez. Con su salto al cine a principios de los ’60 -llegaría a rodar unos 130 films- se abrió otro de sus frentes belicosos, esta vez contra los productores de películas, seres codiciosos y amorales a los que también pone de vuelta y media, haciendo especial mención en José Frade o en aquel que se convertiría en su gran enemigo y némesis: José Luis Dibildos, marido de Laura Valenzuela y que lo atrapó con mala fe en un contrato leonino y esclavizante durante casi 3 años… hasta que un buen día Alfredo se hartó y le metió una de esas broncas que también -y tan bien- daba en la pantalla, y con la que Dibildos se ve que se achantó y le rescindió el contrato. En este sentido, es gracioso eso que dice Landa que pensó en enviarle al productor una cabeza de caballo a su cama como en El padrino, pero que al final desistió, porque, conociendo al personaje, se la habría colgado en la pared…
Tras un repaso por la famosa época
del landismo de los primeros ’70 -es
el único actor de la historia que ha dado nombre a una corriente
cinematográfica- y su conversión posterior en actor serio -con el triunfo en
Cannes o sus Goyas-, Landa también se centra en sus últimos años en asuntos privados
como sus diferencias con José Luis Garci, con el que mantuvo una complicada relación
de amor-odio. Aunque al final se reconciliaron, yo siempre creí que Garci y él eran
mucho más amigos, ya que el actor le mete aquí unos rajes importantes. Otros que
no salen muy bien parados son Luis García Berlanga -un poco sádico dirigiendo La vaquilla-; Gracita Morales -se le
subió la fama a la cabeza y se volvió insoportable-; Imperio Argentina -una vieja
tirana, con la que coincidió en Tata mía-,
o Pilar Miró, que para Landa era una falsa y a la que no le perdonó que cancelara
El Quijote televisivo cuando dirigía
RTVE, o que reconociera que prefería que Paco Rabal ganase en solitario en
Cannes por Los santos inocentes. En
el lado bueno de la balanza, se llevan los elogios Antonio Ferrandis, José Luis
Ozores, Pepe Isbert, Emiliano Piedra, Tip, Concha Velasco, Amparo Soler Leal,
Alfredo Matas, Mónica Randall y, sobre todo, Pepe Sacristán, Manolo Summers y
Jesús Bonilla, amigos fieles de toda la vida.
Para finalizar, da un poco de
lástima el momento en el que Landa recuerda su embarazoso discurso de
agradecimiento por el Goya de Honor en 2008, en el que se quedó en blanco y
sólo acertó a decir palabras inconexas, sin sentido. El actor le quita hierro al
asunto y lo achaca a la emoción del momento, sin saber que en realidad eran los
primeros estragos del Alzheimer que lo llevaría a la tumba.
Probablemente a Alfredo Landa se
le habría caído un mito al conocer la cara oculta de uno de sus ídolos -Spencer
Tracy- según lo que nos cuenta Servicio completo, el otro libro al
que me refería al principio. ¡Resulta que Tracy nunca estuvo liado con Katharine
Hepburn! Todo era un montaje de los estudios para desviar la atención sobre los
verdaderos gustos de ambos: los de Kate, que prefería la compañía de mujeres no
sólo para jugar al bridge; y los del no
tan varonil Spencer, que en realidad era un alcohólico bisexual que tuvo sus affairs con varios hombres.Paradójicamente, y al contrario que Alfredo Landa, el en teoría poco respetable Bowers resulta la candidez hecha persona y no habla mal de nadie. Pero el hecho de que la práctica totalidad de los famosos del libro ya estén fallecidos podría llevarnos a pensar que lo que nos cuenta Servicio completo es falso, los 15 minutos de fama de un nonagenario con afán de notoriedad. Sin embargo, me da la sensación de que todo cuanto revela Scotty sucedió. No sólo porque lo refrenda el reputado escritor y guionista Gore Vidal en la contraportada -“Scotty no miente y conoció a todo el mundo”- o el mismísimo Román Gubern en la introducción, sino porque da muchos detalles de rumores que ya habían sido apuntados hace años por Kenneth Anger en Hollywood Babilonia: la especial “amistad” entre Randolph Scott y Cary Grant; la afición de James Dean por ofrecer su cuerpo como cenicero en orgías gays, la de George Cukor por los trabajos bucales -que se lo digan a John Holmes- o la de Tyrone Power por la lluvia dorada; las peleas conyugales de Charles Laughton y Elsa Lanchester por los jóvenes efebos a los que contrataban, etc. La novedad respecto a Anger es que Scotty nos proporciona información de
primera, ejem, mano, de historias nunca oídas que él mismo protagonizó. Como su noche salvaje con Vivien Leigh en casa de Cukor; las farras junto a Errol Flynn y cómo éste llegaba tan borracho a casa que no podía cumplir con la chica de turno, por lo que le tocaba a él rematar la faena mientras Errol dormía la mona; la vez que conoció a los Beatles por medio de Brian Epstein y les consiguió una mansión para huir del acoso de los fans; su semana de sexo con la cantante Edith Piaf, etc. Unas interacciones con famosos desconocidas por la Historia oficial que convierten a Scotty en el remedo salidorro de Forrest Gump.
Bowers también recuerda cosas
como la tacañería de Rita Hayworth con su propio hermano Eduardo, quien le
pidió un préstamo de unos dólares para arreglar un neumático de su vieja furgoneta
de repartidor y ésta se negó; el gusto por el sadomasoquismo de John y David
Carradine; la afición de Rock Hudson o Montgomery Clift por los encuentros
furtivos con vagabundos; o que fue el propio Scotty quien teletransportó en su coche
a todo correr a su amigo Nestor Almendros -el famoso director de fotografía
español- a una ceremonia de los Oscar a la cual éste rehusaba ir a pesar de
estar nominado, y en la que al final ganó por Días del cielo. Años después Almendros le legaría su estatuilla en herencia
como agradecimiento, y aquí los celosos
de la verosimilitud lo tienen muy fácil para saber si Scotty miente: que vean
esta foto de la derecha. Uno no tiene un Oscar en su casa así como así.
El libro tiene su parte trágica
cuando Bowers rememora su infancia antes de Hollywood, una época bastante terrible,
aunque él la cuente con una frialdad pasmosa. A los 7 años fue abusado por un
vecino, a los 11 o 12 por varios curas en Chicago y por otros hombres que se lo
rulaban por unos dólares mientras jugaban al póker. Pero él lo recuerda sin
darle importancia, como si fuera su obligación el ayudar a su madre viuda llevando
dinero a casa durante la Depresión… De sus experiencias en la guerra en el
Pacífico -donde vio morir a su hermano Donald- Scotty tomó la decisión de que
si se escapaba de aquel infierno, viviría la vida a tope. Así acabó haciéndolo,
y muchas veces, por lo visto. Su vida familiar en Los Angeles -estaba casado,
pero su mujer prefería no enterarse de nada- también se tiñó de tragedia cuando
su única hija falleció a los 23 años, víctima de un aborto mal practicado.
Bowers pasa de puntillas por su pérdida, lo que denota que sin duda debió de ser
el hecho más doloroso de toda su vida.

























































