lunes, 26 de febrero de 2018

El mundo según Julita

Muchos hijos, un mono y un castillo


El Goya al mejor documental estaba cantado para todo aquel que hubiera visto Muchos hijos, un mono y un castillo. En 2003, casi a la vez que Richard Linklater iniciaba Boyhood, el actor Gustavo Salmerón tuvo una idea similar: ir grabando sin guión las peripecias cotidianas de su madre, Julita Salmerón, y dejar así testimonio al mundo de una personalidad tan excéntrica como divertida. El resultado, 400 horas filmadas durante 14 años -13 de rodaje y otro de montaje- ha llegado por fin a las pantallas, convirtiendo a su madre en una estrella del rock gracias a su espontaneidad y sencillez, mostrando sin artificios sus virtudes y defectos, algo que le dota de gran humanidad y cercanía de cara al espectador. Como ya se ha encargado de repetir la publicidad, el enrevesado título del film se corresponde con los tres deseos que una joven Julita se hizo prometer a sí misma, y que logró cumplir con más o menos éxito a lo largo de su vida.

Al tratarse de un rodaje tan peculiar y sobre un personaje tan próximo, Bill Nichols diría que Gustavo Salmerón adopta una postura documental que oscila entre lo reflexivo, lo interactivo y lo performativo, y donde brilla con luz propia el re-enacment de Julita recreando anécdotas -como la de la sacarina en El Corte Inglés o al recordar al mono gamberro-, que deja bien claro que en casa de los Salmerón no se han debido aburrir nunca si estaba cerca esa mujer tan políticamente incorrecta. Junto a esos apuntes de vida, en el film también somos testigos gozosos de muchas otras de sus costumbres, como el hecho de poner el Belén el 1 de diciembre y dejarlo hasta septiembre -en verano riega las figuritas para que no suden-; verla cruzar el Puente de San Pablo de Cuenca con su walkman de cinta de casette escuchando villancicos en pleno mayo de 2014; pinchar a su marido por las noches con un tenedor extensible para comprobar que sigue vivo, o darle un nuevo significado al Síndrome de Diógenes, al acumular cajas y trastos por todas las habitaciones como si fuera lo más normal del mundo. En este sentido, no es extraño que tuviera un cuadro del filósofo griego en su castillo ni que su lema sea “si tiras cosas, pierdes parte de tu vida”. Y es que -según reveló Julita en El hormiguero- la misma noche de los Goya, al volver hizo una parada en el contenedor de la esquina porque había unos muebles muy interesantes, y que supongo que luego acabarían en la nave industrial que posee la familia Salmerón: La fábrica, el cuarto trastero más grande ever.

Rodado en 4/3 con Mini DV, iPhone 6 y el apoyo de viejas películas caseras en Super-8, el documental es muy entretenido y se deja ver con una sonrisa, por más que algunas cosas que cuente Julita no sean muy alegres -su hermana y uno de sus hijos murieron-. Y es que, en el fondo, todos podemos vernos identificados con la historia de Julita Salmerón, un ser humano cualquiera y al mismo tiempo inimitable, capaz de ensayar su propio funeral o de levantarse de madrugada a comer un bocadillo de chorizo porque le entra hambre, ¿por qué no? Por ponerle alguna pega, lamentar que el montaje no esté un poco más afinado de ritmo en su parte final, o que los tres guionistas acreditados le den tanta importancia al macguffin -las vértebras extraviadas de la abuela- o al antagonista -la crisis económica-. Sin duda, concesiones de guión a la ortodoxia cinematográfica más comercial, pero demasiado metidas con calzador en un documental sobre un personaje tan heterodoxo y libre como Julita Salmerón.


Criticoll

miércoles, 17 de enero de 2018

Placer culpable

"The Disaster Artist"




Hace tiempo me dio por curiosear en imdb.com las películas peor puntuadas de la historia. Junto a contribuciones hispanas como El E.T.E. y el oto o Zocta, la mayoría eran cintas de serie Z, turcas cutres de superhéroes o engendros del estilo Barridos por la marea, Glitter o Crossroads, vehículos para divas de la música que creían que lo iban a petar también en el cine. Uno de aquellos cochambrosos films llamó mi atención, porque era norteamericano y de 2003 pero no conocía a ninguno de sus actores o equipo técnico: se titulaba The Room. En los extintos y añorados foros de imdb, la gente se cachondeaba de lo lindo, así que la cinta debía de ser cosa fina. Se trataba, por lo visto, de un one man show de quien encabezaba el reparto, un tipo con pintas extrañas llamado Tommy Wiseau, que no había hecho nada más desde entonces, y que también firmaba como director, productor y guionista. Como no la encontré en DVD o por internet, al final me olvidé de ella. Años después, cuando leí que James Franco estaba rodando una película llamada The Disaster Artist, descubrí que en realidad iba sobre el rodaje de aquella The Room, convertida ahora, gracias al boca-oreja de espectadores guasones, en auténtico objeto de culto, la mejor-peor película de inicios del siglo XXI.

El film de Franco, último ganador en San Sebastián, está basado en el libro The Disaster Artist: My Life Inside The Room, the Greatest Bad Movie Ever Made, obra de Greg Sestero y Tom Bissell -el primero, amigo de Tommy Wiseau y co-protagonista del film-, que cuenta la génesis de cómo Sestero conoció a Wiseau y, sobre todo, sus experiencias durante la filmación de The Room. Los dos se hicieron amigos en un taller de actores de San Francisco, donde Tommy le llamó la atención por su determinación y absoluta falta de vergüenza, animando a Greg a seguirle a Los Angeles para perseguir el sueño de ambos de triunfar en el cine…

Decía el misterioso Wiseau -todo un personaje de edad y procedencia desconocidas- que los únicos actores que podían interpretarle eran James Franco y Johnny Depp, y lo cierto es que tiene su lógica. Franco ganó un Globo de Oro de TV en 2002 por encarnar a James Dean, uno de los héroes de Wiseau y Sestero. No en vano, en The Disaster Artist les vemos yendo al cruce de la carretera cerca de Cholame donde se mató Dean, y recordemos que una de las secuencias más hilarantes de The Room es aquella en la que Johnny grita You`re tearing me apart, Lisa! inspirado en la famosa escena de Jim Stark en la comisaría de Rebelde sin causa. En cuanto a Depp, es fácil verle una semejanza física con Wiseau, que habría sido uno más en su extravagante galería de caracteres, tal y como lo fue precisamente Ed Wood (1994) el más ilustre antecedente de Wiseau como mejor-peor director; y al que Franco parece aludir al situar la última escena de su film -la premiere  de The Room- en un cine similar en donde el Wood de Tim Burton estrenaba Plan 9 From Other Space. Si bien Burton se dejaba llevar por la poesía al mostrar a unos espectadores apócrifamente encantados con la película, y Franco nos presenta una situación mucho más cínica  -aunque tampoco muy real acorde con lo sucedido aquel día-, con el público frenético y muerto de risa ante lo que está contemplando: un film dramático convertido en comedia involuntaria debido a su desastrosa calidad artística.

Hay otras diferencias: Wood tenía que camelarse a gente de lo más diversa para poder financiar sus películas baratas, mientras que Wiseau era su propio productor y puso 6 millones de dólares de su bolsillo para hacer The Room. En qué se lo gastó y, sobre todo, cómo tenía tanto dinero en el banco, permanece un enigma hasta hoy, aunque hay rumores de que importaba productos procedentes de Asia, como estoo… chaquetas. Aunque el hecho de que aquí tengan cameos los mismísimos Bryan Cranston y Bob Odenkirk de Breaking Bad puede ser un guiño de Franco al hecho de que Tommy se hiciera rico comerciando con sustancias bien conocidas por Walter White o Saul Goodman. Por cierto, que la fama actual de The Room es tan grande en USA, que Melanie Griffith, Sharon Stone, Zac Efron o Judd Apatow también se apuntaron -junto con el inevitable Seth Rogen- para hacer apariciones breves en el film.

Y es que si es verdad lo que vemos en The Disaster Artist, el rodaje de The Room debió de ser algo inenarrable y digno de vivirse en aquel verano de 2002, con momentos impagables como el casting de la actriz que interpretara a Lisa -la protagonista femenina-, y las absurdas pruebas de improvisación que les ordenaban a las candidatas -haz como que vas a caballo; ahora cabalgas comiendo un cucurucho; ahora cabalgas, llaman a la puerta y abres ¿?-.  Aunque las más graciosas son sin duda las que recrean escenas de la propia The Room de forma mimética, como la ya legendaria de I did not hit her, i did nooot! Oh, hi Mark, repetida una y otra vez hasta que a Wiseau le sale la frase, y objeto de divertidos montajes de youtube. En este sentido, James Franco imita a la perfección el físico y la voz de Wiseau, y merece una nominación al Oscar, aunque al final seguro que gana Gary Oldman por recrear a otro biografiado más políticamente correcto, Winston  Churchill. Un Churchill cuya célebre cita "el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo" parece estar hecha a medida, paradójicamente, de Tommy Wiseau.



Pero la película no se queda solo en la superficie de recrear con profusión y fidelidad escenas de tan descacharrante rodaje -en los créditos finales se muestran a la vez original y copia-, sino que, por debajo, James Franco nos va filtrando los temas de los cuales quiere reflexionar en realidad: la amargura de descubrir que la pasión por el cine pueda estar reñida con la falta de talento propio, la importancia de la amistad o creer en uno mismo ante cualquier adversidad. Todo ello mediante frases tan inspiradoras como la de Wiseau a Greg al llegar a Hollywood -“para triunfar en Los Angeles tienes que ser tu mejor versión, nunca tirar la toalla-“. Si bien Franco también deja caer que hubiera una sutil atracción homosexual de Wiseau hacia su joven amigo Greg, que, aquí, al estar interpretado por su propio hermano Dave Franco, le da una sórdida vuelta de tuerca a la situación.

En resumen, una película muy divertida sobre uno de los fenómenos del cine trash reciente, considerada como “la Ciudadano Kane de las películas malas”, y que provoca al espectador que, tras ver The Disaster Artist, le entren ganas de ver The Room a continuación, para comprobar con sus propios ojos si aquello de verdad existe. Pues como está en youtube así lo hice al salir del cine, y, no sé si porque estaré ya curado de espanto o qué, pero la verdad es que al final no me pareció tan horrible. Porque, de acuerdo, será pretenciosa y marciana y está muy mal interpretada, pero no es para tanto; las transparencias de la pantalla verde dan el pego para 2003, y he visto películas mucho peores. Por cierto, quien vaya al cine a ver The Disaster Artist, que se espere a que terminen los títulos de crédito, pues luego hay una escena en la que sale el propio Wiseau frente a James Franco interpretando a otro personaje y, por lo tanto, hablando consigo mismo. El colmo ya habría sido que le hubiese dicho: Hi Tommy, vengo del futuro y The Room se sale. Hahaha. No cambies naaaada.


 Criticoll

domingo, 7 de enero de 2018

Me siento empequeñecer

"Una vida a lo grande"

Una vida a lo grande es el ejemplo perfecto de film con una idea inicial brillante que se ve lastrado por un desarrollo muy alejado de las expectativas creadas. Y es que el planteamiento  de Alexander Payne y su inseparable Jim Taylor prometía: unos científicos descubren una fórmula por la cual es posible reducir el tamaño de una persona a una altura de 12 centímetros. La medida, irreversible y creada para combatir la superpoblación, la escasez de recursos o el aumento de residuos, pronto se revela así mismo como una solución práctica para gente que no llega a fin de mes, pues en el mundo de los pequeños, un sueldo normal equivale a varios millones de dólares, y con él allí uno puede vivir a lo grande…

La decepción se acentúa si se ha visto antes el tráiler, que nos vende la película equivocadamente como una comedia estilo Cariño, he encogido a los niños, con Matt Damon, Kristen Wiig o Jason Sudeikis viviendo divertidas peripecias al ser reducidos a tamaño de muñecos de Star Wars. De hecho, eso parece cumplir el film durante sus primeros 40 minutos, pero, a partir de su segundo acto, Payne cambia progresivamente el tono y va conduciendo la historia por otros derroteros muy distintos, para acabar convirtiéndola en un drama new age y woke con connotaciones humanistas, políticas y ecologistas, demasiado largo -135 minutos- y que olvida su original premisa y a algunos de esos cómicos del tráiler por el camino. Al final, el film hace honor a su título en inglés-Downsizing- con la progresiva mengua de interés del espectador hacia lo que acontece en pantalla, dando la impresión de que los personajes no actúan ni reaccionan con lógica, sino porque lo pone en el guión. Los diálogos tampoco alcanzan la solidez de otros trabajos del autor de Entre copas, y la reducción de tamaño del protagonista -un Damon más americano medio que nunca- termina siendo un macguffin, una excusa molesta para el propio Payne, más preocupado por hablar de su libro -la denuncia de las desigualdades económicas y sociales que acarrea la globalización- que de extraer todas las posibilidades argumentales que le ofrecía su original premisa. Al menos, el film sirve para descubrir a la actriz tailandesa Hong Chau -Puro vicio, Treme-, merecidamente nominada al Globo de Oro como Mejor Actriz Secundaria por su papel de refugiada vietnamita lisiada.

Criticoll

domingo, 5 de marzo de 2017

Oscars 2016


La La Liamos

Los Oscars 2016 pasarán a la posteridad por uno de los errores más flagrantes de su historia: el envelopegate, ese momento ya mítico y surrealista en el que Warren Beatty y Faye Dunaway leyeron el sobre equivocado y otorgaron el premio a la mejor película a La La Land cuando en realidad había ganado Moonlight. La madre de todos los errores trajo minutos de auténtico esperpento, con los productores del musical de Damien Chazelle agradeciendo el premio mientras, por detrás, un regidor todo apurado trataba de aguarles el mejor momento de sus vidas, porque, ejem, esos Oscars no eran suyos… Un fallo garrafal más propio de los Goya que provocó el fulminante despido de  Brian Cullinan y Martha Ruiz, la pareja de empleados de PriceWatherhouseCoopers encargados de gestionar el reparto de los sobres. Esta serie de catastróficas desdichas se inició, primero, por la mitomanía de Cullinan y Ruiz, más pendientes de hacerse selfies con Emma Stone que de desempeñar bien su trabajo, ya que entregaron a Dunaway y Beatty el sobre de la categoría anterior, el de mejor actriz -que había sido Stone por La La Land- en lugar del que tocaba, el del mejor film. Luego vino la pillería de Beatty y su desconcierto al leer el sobre, pasándole el marrón a la pobre Faye, quien, en una mezcla de inercia, ingenuidad y miopía, intuyó La La Land escrito por ahí y la proclamó como ganadora. Y es que después de todo, no era tan extraño pensar que la favorita de la noche -con su récord de 14 nominaciones y 6 estatuillas hasta entonces- fuera a llevarse también el premio gordo. Pero no, después de las quejas por la ausencia de nominados negros del año pasado y aquel hastag de #oscarsowhite, la Academia había tomado nota y estaba claro que en esta edición iban a pasar cosas muy distintas.

Remontándonos al comienzo de la gala, ésta ya empezó como un terremoto que presagiaba emociones fuertes, gracias a la entrada en el Kodak Theatre de Justin Timberlake y un grupo de bailarines jacarandosos y vivarachos a ritmo de Can’t Stop The Feeling -la canción nominada de Trolls-,  recordando lo de hace dos años de Pfarrell Williams con Happy. Otro estallido de alegría y vitalidad que también hizo vibrar a la platea, pero que luego no sirvió de mucho de cara a sus aspiraciones reales con la estatuilla, ya que ganó la sosa City of Stars de La La Land.

El maestro de ceremonias fue el humorista Jimmy Kimmel, novato en la gala y que se burló en su speech inicial de las críticas del twittero Donald Trump a Hollywood en general -y a la sobrevalorada Meryl Streep en particular-, a la par que abogaba por el diálogo entre la gente, aunque dentro de esa gente se incluyera a Matt Damon, su enemigo íntimo en los descacharrantes sketches de su show televisivo de ABC desde los tiempos deI I’m f** Matt Damon. Kimmel hizo de él el centro de sus chistes durante toda la noche, recordándole de paso que rechazó el oscarizable papel de Casey Affleck en Manchester frente al mar -estaba nominado como productor- para irse a China a rodar La gran muralla, un sonoro fracaso de taquilla. También anticipó mediante un chiste que la noche sería, a diferencia del año pasado, una reivindicación del black power –“los oscars no son racistas, Hollywood sólo discrimina por razón de edad y peso”-. Y es que en esta edición había nada menos que seis actores afroamericanos nominados -incluyendo a los ganadores como secundarios, Mahershala Ali y Viola Davis-,  y guiños constantes y referencias a Moonlight, Fences y Figuras ocultas. Vaya, ahora empiezo a entender el inenarrable Oscar honorífico a Jackie Chan: se ve que los chinos también se quejaron.

Kimmel fue el ideólogo de algunas ideas graciosas: que llovieran gominolas sobre la platea, la sección Mean Tweets -con actores nominados de la noche y otros como Samuel L. Jackson o Robert De Niro leyendo críticas de sus peores haters-, o esa de comentar escenas y diálogos de tu película favorita sentado en un cine. La de Kimmel se supone que es… Un lugar para soñar (2011), un truño de Cameron Crowe con Matt Damon en la que su personaje por lo visto se compra un zoo. La coña siguió al aparecer a continuación en el escenario Damon junto a Ben Affleck para presentar el Oscar al mejor guión original, y Kimmel -ocupando el lugar del director de orquesta en el foso-, subía la música cada vez que Matt iba a hablar. Quizá se tratase en realidad de una crítica encubierta al exceso de celo de la Academia con los parlamentos, ya que enseguida se metía la música a los premiados en categorías menores tras los 45 segundos de cortesía; algo que rayó directamente en la mala educación cuando el tercer maquillador italiano de Suicide Squad estaba dedicándole el Oscar a su mujer recientemente fallecida, y, junto a la música, apareció un barbudo con aspecto de guardia de seguridad que empezó a empujarlo para que cortara el rollo y saliera ya del escenario ¿¿??

Con lo que Kimmel no estuvo tan acertado fue en su ocurrencia de darle una sorpresa a un autobús de turistas y meterlos dentro del Dolby Theatre para que interactuaran brevemente con sus ídolos de la pantalla. Quedó raro raro, fuera de lugar y clasista, y sólo Ryan Gosling parecía cómodo con la situación, charlando en corrillo con algunos. Quien tampoco debió sentirse muy cómoda fue la directora alemana Maren Ade, favorita para llevarse el Oscar a la Película Extranjera por Toni Erdmann y que vio cómo la Academia prefería finalmente a la iraní El viajante, de Asghar Farhadi, que ya ganó en 2011 por Nader y Simi: una separación. Igual lo hicieron para tocarle más las narices a Trump, ya que Farhadi dejó claro que no acudiría a la ceremonia en desacuerdo con la política migratoria del presidente USA. Puede que fuera por eso, o puede que fuera por el reparo que les daba premiar el oxímoron con patas que significaba el film de Ade: una comedia alemana -y de casi 3 horas, encima-. No he visto ninguna de las dos, pero he de decir que en 2003 conocí a Maren Ade en el Cinema Jove de Valencia cuando vino a presentar una película -el drama The Forest for the Trees- y dudo bastante de su capacidad para el humor, ya que en persona era muy seca.

Dentro de los hitos de los Oscars 2016, esta edición sin duda también debería recordarse porque fue en la que por fin el técnico de sonido Kevin O’Connell logró hacerse con la estatuilla en su nominación número 21, gracias a Hasta el último hombre, del ahora perdonado Mel Gibson. Y eso que la competencia era dura, con La llegada -que ya había ganado los efectos sonoros-, La La Land o Rogue One. O’Connell, exultante por fin al oír su nombre, no se lo creía: rodeado de aplausos, sólo habló él de los cuatro técnicos –se pasó de los 45 segundos, pero le dejaron en paz, la ocasión lo merecía- y recordó a su madre, que le consiguió 39 años atrás su primer empleo en el mundo del sonido. Cuando Kevin le dijo que cómo se lo podría agradecer, esta le respondió que ganando un Oscar y dedicándoselo a ella delante de todo el mundo cuando fuera a recogerlo. El hijo cumplió su promesa, si bien la madre ya había muerto. Desconocemos cuándo y cómo, y si fue del disgusto de ver a su retoño sempiternamente derrotado durante 20 largos años por sonorizar siempre la película equivocada. Hablando de fallecidos, la lista de este año incluyó una larga lista de nombres: Ken Adam (95), Prince (57), Gene Wilder (83), Anton Yelchin (27), George Kennedy (91), John Hurt (77) , Abbas Kiarostami (76), Garry Marshall (81), Michael Cimino (77), Emmanuelle Riva (89) , la más que centenaria Lupita Tovar (106), Kenny Baker (81), Mary Tyler Moore (80), William Peter Blatty (89), Curtis Hanson (71), Marnie Nixon (86), Zsa Zsa Gabor (99), Nancy Reagan (94), Debbie Reynolds (84) y Carrie Fisher (60), que fue la última y que aparecía diciendo lo de que la fuerza te acompañe de El despertar de la fuerza. También hubo una mención a Bill Paxton (61), que como había fallecido el día anterior, ya no les daba tiempo a añadirlo en el video ¿? algo que nunca he entendido.

Los premios a los mejores actores principales estaba cantados, nunca mejor dicho en el caso de Emma Stone, que con la desarmante cara de pena con la que abrazaba a su Oscar de Lego hace dos años, estaba claro que pronto se lo darían, snif. El de Casey Affleck era también cristalino, aunque Brie Larson no pudo disimular cierta cara de asco al leer su nombre, pues lo había criticado públicamente por irse de rositas tras ser acusado de abusos sexuales por dos mujeres. Quien sí que lloraba a moco tendido era Ben Affleck, muy orgulloso de su hermano pequeño,que tanto le ha costado de criar, consiguiéndole papeles desde los tiempos de El indomable Will Hunting. Damien Chazelle, por su parte, se convirtió en el director más joven en ganar el Oscar -y es que nació en 1985, nada menos-; quitándole la estatuilla a Mel Gibson o a Barry Jenkins, que de todas formas ya había ganado el guión adaptado y luego se llevaría otra alegría con el triunfo inesperado de Moonlight; con lo que al final volvemos a hablar del principio. Y es que lo del sobre fue muy fuerte, tú.


Criticoll

sábado, 12 de marzo de 2016

Quemar después de ver

¡AVE, CÉSAR!


Como si no pudieran tomarse nunca en serio a George Clooney, los Coen reinciden en la comedia tontorrona en su cuarta colaboración con el actor de Kentucky tras Oh Brother!, Crueldad intolerable y Quemar después de leer. En esta ocasión, desarrollando un viejo guión que convierte a Clooney en una star de los años '50 que, en pleno rodaje de un peplum hollywoodense -el ¡Ave, César! del título-, es raptado por una misteriosa organización clandestina para exigirle un rescate al estudio para el que trabaja. Sin embargo, en realidad el protagonista de este film -número 19 de los Coen- no es él, sino Josh Brolin, otro habitual de los hermanos de Minnesota que aquí encarna a un productor de ese estudio que se las ve y se las desea para lidiar con sus problemas del día a día: estrellas casquivanas y borrachas, gacetilleras gemelas chismosas, directores muy pagados de sí mismos, vaqueros cantantes de nulo talento, la amenaza de la televisión, etc. encima, con la Caza de Brujas y la Guerra Fría de fondo.

La película supone otro homenaje de Joel y Ethan a ese cine del Hollywood clásico que está casi siempre tan presente en sus films, ya sea de manera directa -Barton Fink, El gran salto, Oh Brother!- o indirecta, como aquella escena onírica de El gran Lebowski que satirizaba las coreografías estilo Busby Berkeley, y que aquí vuelven a aparecer en modalidad acuática con Scarlett Johansson emulando a Ester Williams. Sin embargo, más allá de eso, el resultado al final es algo deslavazado y decepcionante, dando la sensación de que en el fondo los hermanos no tenían un guión muy bien definido, sino tan sólo algunas escenas sueltas que les apetecía mucho rodar. Como esa tan divertida entre Hobie Doyle -un trasunto de cowboys de cine de los '50 como Audie Murphy y Roy Rogers- y el paciente director Laurence Laurentz -Ralph Fiennes-, el cual va paulatinamente perdiendo los  nervios ante la falta de talento de Doyle para decir la frase Would that it were so simple? (como si fuera tan fácil). Sin duda la mejor escena de la película, junto quizá con la única en la que aparece Jonah Hill como el servil chupatintas acostumbrado a ser el chivo expiatorio del estudio, en los marrones legales en los que se meten sus descerebradas estrellas.

Más que un histriónico Clooney -que sólo tiene la oportunidad de brillar en contadas ocasiones-, el peso de la película se lo reparten entre el estoico Brolin como Mannix, el productor que intenta poner orden entre tanto personaje excéntrico made in Coen, así como el gran descubrimiento del film, Alden Ehrenreich -Tetro-, que sabe sacarle partido al personaje más memorable de la película, Hobie Doyle: un vaquero de Texas algo patán pero muy taquillero, cuya popularidad quiere aprovechar Capitol Pictures metiéndole con calzador en prestigiosos dramas de época, u obligándole a tener citas convenientemente publicitadas con starlettes del estudio. Por contra, la película desaprovecha la intervención de la Johansson -apenas sale cinco minutos-, de Channing Tatum -la secuencia musical homenaje a Gene Kelly con tintes homo y poco más- o de un irreconocible por avejentado Christopher Lambert. Si bien peor suerte corre Dolph Lundgren, cuya intervención como comandante de submarino ruso se quedó en el suelo de la sala de montaje. Aunque igual esto ya lo tenían previsto los Coen desde un principio para, irónicamente, hacer un último chiste a costa de ese Hollywood comercial al que aquí tanto caricaturizan, convirtiéndolo en una clara alusión a la prescindibilidad de productos como The Expendables o el propio y ficticio ¡Ave César!


Criticoll

sábado, 5 de marzo de 2016

OSCARS 2015

TODOS SOMOS ROCKY


Al final no puso ser. A los académicos de Hollywood les pudieron los prejuicios y no consideraron al Rocky-Stallone de Creed una propuesta suficientemente merecedora del Oscar, como si lo de Roberto Benigni o George Chakiris nunca hubiera sucedido. Y eso que, al principio, en la cabecera de presentación de la gala salieron unas bolitas en las que estaba escrito coraje, imaginación, talento, pasión, corazón... como elementos necesarios en el cine y en las películas, y que, irónicamente, parecían aludir una tras otra al legendario Rocky. Un personaje inolvidable y muy querido que ya forma parte de la historia del cine, y cuyo reconocimiento en esta entrega de los Oscar habría supuesto todo un detalle de la Academia para honrar su propia memoria, premiando a uno de sus mitos 40 años después de su primera nominación en 1976; sin olvidar el sentimiento y los matices que le confería en esta nueva entrega Sylvester Stallone: un Rocky mentor y enfermo pero todavía valeroso para luchar contra las adversidades, y que lograba emocionar a las piedras.

A esos snobs que creen que el Rocky de Creed no era una actuación digna de Oscar, les recomiendo que vean A Thousand Clowns, con Martin Balsam, oscarizado en 1965 por salir 10 minutos en todo el film, en los que su mayor highlight consiste en entrar en una casa, dejar una sandía y salir.

Lo cierto es que los Oscars se juegan a muchas bandas aparte de los méritos artísticos -que le pregunten a Depardieu-Cyrano-, y en los mentideros de Hollywood se decía que a Stallone se la tienen jurada desde hace años como a Lauren Bacall, Burt Reynolds o Eddie Murphy antes que a él, y que nunca le darán la estatuilla por no considerarle un actor y haber sido prepotente en el pasado. Pero esa supuesta animadversión de sus compañeros de trabajo no debe ser unánime, si tenemos en cuenta las solidarias reacciones de colegas como Arnold Schwarzenegger o Michael Rapaport, compañero de Sly en la notable Copland y que expresó lo que millones de fans de Rocky sentían en ese momento por todo el mundo.

Hablemos ahora del "·*^* Mark Rylance, doble de Claudio Ranieri y amigo de Steven Spielberg y Tom Hanks, que iba de sobrado y no apareció en ninguna gala de entrega de premios previa. Para qué, debió pensar, siendo el protegido de Spielberg no hacía falta hacer campaña, y acertó. Encima en la primera escena de El puente de los espías permite que pase lo que más odio en una película: que suene y suene un teléfono y nadie lo coja. Pa matarlo. Deberían haberlo eliminado de la competición en  ese mismo momento. Si hasta en las fotos del cuarteto de actores oscarizados parecía el primo tonto de DiCaprio.


LA GALA


Empezó con Chris Rock y su vitriólico monólogo reivindicativo a favor de los intérpretes negros, que
este año no tenían ninguna representación entre los 20 actores nominados. Espero que cuando no haya ningún hispano o asiático armen el mismo pollo. Por cierto, que oyendo la desagradable voz de pito de Rock en versión original, doy gracias a la Paramount por inventar el doblaje.

El orden de entrega de categorías querían que este año emulase a como se da en la realidad en la creación de una película: así, primero se entregarían los guiones, origen de todo el proceso creativo cinematográfico, en la pre-preproducción del proyecto y tal. Buena idea, lo que pasa es que esto se les olvidó bien pronto, porque el siguiente que entregaron fue uno de interpretación, el de actriz secundaria -Alicia Vikander-, que pertenece ya a la fase de rodaje -a no ser que inconscientemente pensaran que por casting couch del productor, la  actriz de reparto es lo siguiente más inmediato que se ata-, y siguieron con vestuario, dirección artística, maquillaje, montaje, sonido, etc... todos para Mad Max a cholón, que al final ganó seis del ala. Siguiendo con este juego, el último entregado antes del de Mejor Película tendría que haber sido el de Banda Sonora: algo impensable que sucediera así, claro, pero que tampoco hubiera supuesto un anticlímax, sino todo lo contrario, nada menos que el momento Morricone como colofón de la ceremonia... Así, quien viera sólo el primero y el último Oscar de la noche pensaría que Spotlight había arrasado, y nada más lejos de la realidad... Desde el escandaloso robo de El mayor espectáculo del mundo a Solo ante el peligro, Cantando bajo la lluvia o El hombre tranquilo en 1952, ninguna ganadora del Oscar a la Mejor Película había obtenido sólo 2 pírricas estatuillas en total.   


El video recuerdo a los fallecidos del año estuvo acompañado por una actuación guitarra en mano de Dave Grohl, y en él pudimos recordar a Christopher Lee, Maureen O'Hara, Alan Rickman, Lizabeth Scott, James Horner, David Bowie, Vilmos Zsigmond, Omar Sharif o Leonard Nimoy, que fue el último en aparecer. Personalmente, tristeza al descubrir que también se había muerto Elmo Williams, el oscarizado montador de Solo ante el peligro, y que hasta el 25 de noviembre de 2015 era el ganador del Oscar vivo más longevo, con 102 años.

No fueron una sorpresa los cantados y merecidos premios a Brie Larson y Leonardo DiCaprio, pues se habían hecho con todos los galardones de interpretación previos del año. DiCaprio no es santo de mi devoción, pero reconozco que es buen actor, y que, a diferencia de otros que llegaron y triunfaron a la primera -Geoffrey Rush, Eddie Redmayne, Jean Dujardin- Leo se lo ha currado y le han hecho sufrir mil y una perrerías en la pantalla hasta poder conseguir su Oscar. Pues en El renacido añadía unas cuantas más a la colección: ser violado salvajemente por una osa, perder a su familia, pasar frío, hambre y privaciones como un condenado, despeñarse por un barranco, casi ahogarse en un río o ser disparado, acuchillado y asfixiado por el cabrón de Tom Hardy, quien, a lo tonto, salía en las dos películas más oscarizadas del año: Mad Max y El renacido.

Ojalá que los mismos prejuicios que la Academia demostró y trató de enmendar luego frente a los intérpretes negros no los hubiera tenido con Stallone-Rocky. Eso sí, seguro que el año que viene volverá a aparecer la escena de ¡Adriaaaaan! de la oscarizada Rocky 1 o cualquiera de las escaleras en los montajes históricos de películas, para tratar de emocionarnos a todos una vez más celebrando la magia del cine. Pues a eso en mi pueblo se le llama ser un hipócrita.



LO MEJOR


Que le dieran por fin un Oscar en competición a Ennio Morricone. Aunque el hombre a sus 88 años ya no pudiera ni sostenerlo ni andar él solo a recogerlo, más vale tarde que nunca.

Que se hayan terminado los memes sobre los no-Oscar a DiCaprio.

Emmanuel El Chivo Lubezki, primer director de fotografía que gana 3 Oscars consecutivos y la séptima persona de la historia de todas las categorías que lo hace en 3 años seguidos.

Una novedad para aligerar discursos: que aparecieran en scroll por debajo de la pantalla, los nombres de las personas a las que los ganadores agradecían el premio, rollo breaking news de la CNN. Aunque no sé si triunfará la idea, porque muchos volvían a nombrarlos, y les acababa sonando la música tras los reglamentados 45 segundos de speech. También agradaron los cartelicos virtuales esos que daban información sobre los presentadores y su relación con los Oscars, para ahorrar visitas a imdb a la audiencia y evitarle pensar demasiado.

La gratuita aparición de C-3PO, R2-D2 y BB-8 en el escenario: salieron sólo un minuto para saludar a John Williams, pero da igual.

Que todos los ganadores de la noche subieran al escenario para despedir la gala, como se hacía en los viejos tiempos.

LO PEOR

El Rocky robo. Patricia Arquette tenía que habérselo inventado y decir el nombre de Stallone al abrir el sobre, como hizo Jack Palance con Marisa Tomei. ¡La Academia escupiendo sobre sí misma, Shame on You!

Que al mexicano Alejandro González Iñárritu le metieran la música cuando estaba hablando de cosas emocionantes, abogando por la igualdad de las razas y tal. Muy poco respeto hacia el director que iguala el récord de John Ford y Joseph L. Mankiewicz al ganar el Oscar dos años seguidos. Con el anglosajón DiCaprio, que se tiró 3 minutos hablando, ya no se atrevieron.

Que Spotlight, una TV movie sobrevalorada, sea consideraba la mejor película del año con la desfachatez de darle sólo otro Oscar para apoyar tamaña aseveración.


Los derrotados Roger Deakins, director de fotografía de Sicario, Thomas Newman, compositor de El puente de los espías, y Diane Warren, candidata junto con Lady Gaga a la mejor canción, que acumulan, respectivamente 13, 13 y 8 nominaciones sin premio. Al menos Newman puede consolarse con los 9 que ganó su padre -el mítico Alfred Newman- para la Fox. 


Criticoll

domingo, 12 de julio de 2015

La infancia arrebatada

REFUGIADO


Diego Lerman nos propone en Refugiado una reflexión sobre el drama de la violencia de género visto a través del prisma de la inocencia infantil. Matías -Sebastián Molinaro- un niño de siete años, espera en una fiesta de cumpleaños a que su madre, Laura -Julieta Díaz- vaya a recogerlo. Como ésta tarda y al final no acude unos conocidos acercan al niño hasta su casa. Allí Matías descubre a su madre -embarazada- en el suelo, rodeada de cristales rotos y ensangrentada, víctima de una paliza de Fabián, el cabeza de familia. Madre e hijo emprenderán entonces una huida tanto física como emocional de ese padre maltratador al que nunca llegaremos a ver, pero cuya presencia se cierne constantemente sobre ellos como una amenaza fantasma.

Refugiado, definido por su director como una "road movie doméstica", surge de un hecho real: un hombre disparó a sus mujer delante de sus hijas y de la oficina del propio Lerman, que se encontró con el suceso inesperadamente. Esto llevó al autor de La mirada invisible a interesarse por el tema: a visitar refugios para mujeres maltratadas y a conversar con ellas acerca de sus experiencias. El resultado es este brillante film, cercano al realismo descarnado de los hermanos Dardenne o de Ken Loach, y que no pierde ocasión de homenajear por el camino al cine de la modernidad de Rossellini o Antonioni mediante tiempos muertos, silencios que lo dicen todo o cuidadas composiciones triangulares.

Filmado cronológicamente, en jornadas cortas y sin un final escrito en el horizonte, Refugiado destaca ya desde su título el papel de Sebastián Molinaro, el formidable niño-actor de siete años desde cuya perspectiva está narrada toda la película. Así, la cámara se sitúa a su altura y desde su mirada somos cómplices de juegos, silencios o dudas de por qué no puede volver a casa con sus juguetes y ver a su papá, o por qué éste le pegó a mamá. Es emocionante, en este sentido, la hitchcockiana escena en la que Laura acude al domicilio conyugal para recoger furtivamente enseres y dinero y Matías se encierra en el baño porque no quiere irse de allí, mientras su marido está subiendo lentamente por el ascensor... todo un ejercicio de suspense que provoca en el espectador la ira contra Matías por la tensión provocada, así como un cierto sentimiento de traición -el niño es nuestro guía en la historia- que luego se torna en lástima cuando pensamos en el incierto porvenir que le esperan a él y a su madre. Supervivientes de una familia rota, sin solución.

El film juega constantemente con una profundidad de campo muy reducida, aprisionando a los personajes en el primer plano mientras que a su alrededor todo parece tan borroso como su futuro, similar al ahogo visual que experimentaba Julianne Moore en Still Alice, cuando empezaba a sentir los estragos del Alzheimer en su jogging matutino por la Universidad de Columbia. La fotografía del operador polaco Wojciech Staron -un reputado documentalista- y la cámara en mano de Lerman también ayudan a lograr ese realismo que transmite Refugiado, en la que parece que nada se interponga entre el espectador y lo que acontece en la pantalla.

La película obvia la representación de la violencia que ha llevado a madre e hijo a tan triste situación y se centra en los efectos de la misma: la estancia en las casas de acogida, las pensiones de mala muerte, la solidaridad de las compañeras de trabajo de Laura -superlativa Julieta Díaz-, la insensibilidad del sistema judicial, o la mirada resignada de Matías, sólo un niño pero ya con la madurez en los ojos de alguien que ha visto demasiado horror en la vida. Todo ello conduce a madre e hijo a un desenlace campestre que supone un retorno a los orígenes y a la pureza de la naturaleza; un momentáneo oasis de paz dentro de la incertidumbre, y donde un columpio gira para recordarnos que la vida continúa, a pesar de todo.

Criticoll