Ganadora de 3 Oscars: Mejor Película, Mejor Actor Secundario
-Mahershala Ali-, Mejor Guión Original.
Green Book fue la solución hecha película para todos aquellos académicos
de la vieja escuela reacios a votar a Roma,
ya fuera por su condiciónde película
mexicana, en blanco y negro, hablada en español o de Netflix. Darle el Oscar era
el recurso fácil y así sucedió, y la cosa se veía venir después de que ya ganase
en septiembre el Premio del Público en Toronto o en enero el Globo de Oro -aunque
a la Mejor Comedia o Musical ¿?-. Y es que el film de Peter Farrelly no está
mal, es entretenido y tiene buenas interpretaciones, pero es muy poco
arriesgado y previsible, la típica película resultona con todos los
ingredientes necesarios para agradar a la audiencia mainstream como lo eran Argo
o El discurso del rey: cintas
bienintencionadas que no molestan, con un ojo puesto en la taquilla y
otro en los Oscars, como prefabricadas en un laboratorio pero que vistas años
más tarde pierden bastante, hasta el punto de que uno no se explique muy bien cómo llegaron a ganar
la estatuilla. Claro que yo casi prefiero esta clase de films a esos
otros que por tratar temas sociales o trascendentales ya se creen con derecho a
ganar y aburrir a partes iguales, estilo 12
Años de esclavitud, Spotlight o Moonlight.
Green Book está basada en hechos reales, en el viaje que compartieron
por el profundo Sur en 1962 el pianista Don Shirley -Mahershala Ali- y Tony “Lip”
Vallelonga -Viggo Mortensen- un rudo italoamericano al que contrata el primero para
que le haga de chófer y guardaespaldas, ya que, por su condición de negro,
algún problema barruntaba que habría en Alabama o Louisiana… Aunque al
principio los dos hombres mantienen muchas diferencias, ¡oh, sorpresa! poco a
poco aprenderán a respetarse y entablarán una hermosa amistad.
Quién iba decir hace 25 años que
uno de los directores de comedias tan gamberras como Dos tontos muy tontos ganaría un día el Oscar... Pero lo cierto es
que este Green Book de Peter Farrelly
no es muy diferente en el fondo a su obra maestra de 1994 o a Vaya par de idiotas: se trata de otra road movie con dos personajes
principales condenados a entenderse y que sacan una lección moral de sus
vivencias en el camino, mientras cambian de Estado o son parados por la policía.
Aunque el mayor de los Farrelly no sea muy diestro con la cámara -no recuerdo un solo
plano memorable en todo el film- al menos aquí confirma lo de ser un buen
director de actores, extrayendo sólidas interpretaciones de su pareja protagonista,
tanto del oscarizado Mahershala Ali como de Viggo Mortensen, que es en realidad
quien roba la película gracias al personaje de Tony Lip, un rol mucho mejor escrito que el de Shirley al ser el hijo de Tony uno
de los guionistas y productores. El actor neoyorquino se preparó a conciencia para el
papel, conviviendo en el Bronx con la familia italiana de Lip y engordando 9 kilos a base de pizza y pasta, aunque yo creo
que durante el rodaje aumentó algunos más -en la escena de la competición de
perritos calientes, a pesar de la elipsis por lo visto se zampó 15-. De hecho,
no recomiendo ver esta película con hambre, porque Viggo Mortensen se la pasa
comiendo todo el rato. Yo creo que si no hubiera estado Rami Malek, probablemente Viggo habría ganado el Oscar; por un papel que también le habría venido como anillo al dedo al Sylvester Stallone
de hace 22 años, recién salido de Copland.
Es irónico que, a pesar de estar basado
en un libro, Green Book ganara el Oscar al Mejor
Guión Original, cuando las situaciones y las escenas que plantea no son
muy originales que digamos, pues la película es bastante previsible en su historia
y desarrollo. Quizá a los académicos les gustaron frases inspiradoras que
se oyen de vez en cuando en los diálogos, como “el mundo está lleno de gente sola que teme dar el primer paso”, o “el genio no es suficiente: hace falta valor
para cambiar corazones.” Mejor no pensar en detalles incongruentes de guión
relacionados con una piedra verde y una pistola, destinados a sorprender
gratuitamente al espectador… Por cierto, que al final no todo el mundo picó con
Green Book, ya que Barak Obama no la puso
en su lista de 15 películas favoritas del año; aunque eso tampoco dice mucho acerca
del gusto cinematográfico del ex-presidente USA, que sí que incluyó entre sus elegidas a Black Panther o Infiltrados en el KKKlan, supongo que para
cumplir con el inevitable cupo racial.
Si echamos la vista atrás a
Septiembre de 2018,Ha nacido una estrellase postulaba a priori como una de las dos grandes favoritas a los Oscars junto
con First Man. Pero desde entonces han
pasado muchas cosas que han hecho variar esa apreciación: el biopic de Damien
Chazelle sobre Neil Armstrong se quedó en el camino por rollero y la ópera prima de Bradley Cooper se ha ido deshinchando poco a poco en las
apuestas, siendo adelantada por cintas menos convencionales como Roma o La favorita -las 2 más nominadas- así como por sleepers del estilo de Green
Book o Bohemian Rhapsody, que ya
la dejó sin premio en los Globos de Oro, dándole una pista poco halagüeña sobre sus aspiraciones reales en los Oscars.
Y eso que A Star is Born 2018 venía de una gran recepción crítica en Venecia
y con el pedigrí de ser la cuarta versión del mítico argumento ideado por
William A. Wellman y Robert Carson en 1937, por el que ambos ganaron el Oscar
al mejor guión original. Sin embargo, las otras dos adaptaciones posteriores son
más famosas: la de George Cukor en 1954 con Judy Garland y James Mason, y la de
1976 dirigida por Frank Pierson con Barbra Streisand y Kris Kristofferson, que
cambiaba el cine por la música para contar la misma historia; la de una joven
promesa descubierta por una vieja gloria alcohólica, que se casa con ella y ve
cómo su carrera se apaga mientras que la de su esposa sube, hasta ocupar su
lugar en la cima. La película de Bradley Cooper, al estar ambientada en
el ámbito musical, es bastante parecida a la de 1976, aunque es mucho más entretenida
y mantiene un buen ritmo de interés durante todo su metraje, lo que hace que se
pase en un suspiro; algo que tanto el film de Pierson como otras candidatas a
mejor película de este año no podrían decir -hola, Roma-.
Este largometraje en principio
iba a ser dirigido en 2011 por Clint Eastwood -que tenía en mente a Beyoncé como
protagonista-, aunque al final ambos se desentendieron, si bien Clint le habló
del proyecto a Bradley Cooper en el rodaje de El francotirador. El actor se interesó lo suficiente como para
hacer de él su debut como director, y con la entrada de Lady Gaga la ecuación
se completó. Aunque la diva tuvo que pasar un casting previo, la balanza se
decantó finalmente por ella ya que aportaba el extra de su talento como
compositora, y se le hizo el encargo de escribir canciones nuevas expresamente
para la película. Lo cierto es que Cooper y Gaga transmiten una química especial
en la pantalla -estos se liaron seguro- y el resultado final de A Star Is Born no es nada desdeñable, dando
la impresión de que se le podía sacar mucho partido a un nuevo remake situado en la época
actual, como así ha sido. Pensemos en la escena de la humillación pública de Ally
a cargo de Jackson en los Grammys, mucho más escalofriante en estos tiempos digitales de
postureo y YouTube… Esos momentos de tierra,
trágame que ahora con internet quedan grabados para siempre, y capaz de
hundir cualquier reputación, como le dice el manager de Ally a Jackson en un
demoledor diálogo: “Casi acabas con su
carrera tú solito. Sólo por seguir casada contigo queda como el puto culo.” Al film le favorece así mismo el buen manejo con la cámara que demuestraCooper, con una puesta en escena
preparada a conciencia. De este modo, Ally-Gaga aparece filmada en primer plano desde el
principio de la película, incluso cuando está en el baño, como si la cámara
tuviese vida propia y supiese que ella tiene madera de estrella -Ally mira a la cámara
directamente en ocasiones, Jackson la rehúye al ser un hombre atormentado-; o
que el punto de vista esté siempre situado sobre el escenario durante las
actuaciones musicales, que por cierto están todas rodadas con sonido directo; la
otra candidatura que Ha nacido una
estrella tiene grandes posibilidades de concretar, con permiso de Bohemian Rhapsody.
Sin embargo, no creo que el film
tenga opciones en las categorías interpretativas. Bradley Cooper está correcto
en su interpretación y se defiende bien cantando, pero nunca llegamos a
entender el origen de los demonios interiores que atormentan tanto a Jack, y
como la he visto doblada no sé si en inglés Bradley Cooper tiene
todo el rato esa voz de colgado tan molesta que pone en el doblaje Sergio
Zamora, hasta cuando se supone que está sobrio -para comparar, Zamora dobla
también a Rami Malek en un registro totalmente distinto en Bohemian Rhapsody-. En cuanto a Lady Gaga,todo el mundo parece haberla descubierto ahora como actriz, cuando
lo cierto es que ya obtuvo un Globo de Oro de TV por hacer de vampira en American Horror Story: Hotel. Gaga ha conseguido
cerrar las bocas que entonces se burlaron de ella -como Leo DiCaprio-, aunque
no creo que le quite el Oscar a Glenn Close u Olivia Colman: su personaje no
está tan bien escrito -no se entiende su agresión al policía que le pide un selfie a Jackson-, y también se echa de
menos una escena al final que muestre todo su dolor tras enterarse de la desaparición de Cooper,
solventada con una socorrida elipsis quizá porque Gaga no lograba transmitir
esa intensidad. En cuanto a las posibilidades de Sam Elliot como secundario, creo
que son bastante nulas: sale en pocas escenas y sorprende que haya alcanzado la
nominación, que huele a homenaje a su carrera por los cuatro costados. Aunque, al
menos, su personaje tiene la oportunidad de expresar una bella reflexión acerca de
la creación artística, en este caso sobre la música: “12 notas dentro de una octava que se repiten. Es la misma historia
contada una y otra vez. Hasta el infinito. Todo cuanto un artista puede ofrecer
al mundo es su forma de ver esas 12 notas. Nada más.”
Donde Lady Gaga sí tiene todas las papeletas para llevarse un Oscar -tal y como hizo Barbra Streisand por Ha nacido una estrella en 1976- es como
compositora en la categoría de Mejor Canción Original gracias a Shallow, un tema que posee la cualidad
de las grandes canciones -como decía el Jeff Bridges de Corazón rebelde-, de que desde la primera vez que la escuchas sientes que ya la has oído antes. Espero que los otros tres compositores de Shallow hayan ido al servicio y no estén
demasiado colocados cuando suban a recoger la estatuilla, no vaya a ser que tengamos
un momento de metacine y les pase lo mismo que a Bradley Cooper en la película.
Ahora que lo pienso, lo que podría haber hecho la Academia para cubrirse las
espaldas es entregar esta categoría también durante la pausa de publicidad,
como iban a hacer con la fotografía, el montaje, el maquillaje y los cortos de
imagen real; las cuatro categorías marginadas, según las malas lenguas, al ser
las únicas donde la Disney -dueña de la cadena ABC, que retransmite la gala- no
tenía ninguna película nominada. En cualquier caso, digo que “iban” porque, como
se veía venir ante la respuesta negativa tan generalizada, la Academia ha reculado de nuevo con
otra de sus ideas de bombero y al final ningún Oscar se entregará durante los
anuncios…
El prestigioso actor británico Albert Finney falleció el 7 de febrero a los 82 años de edad en Londres. Finney, nacido el 9 de mayo de 1936 en Salford, Greater Manchester, estuvo 5 veces nominado al Oscar durante su larga e inspiradora carrera.
Su ficha tal como aparece en imdb traducida al español es la siguiente:
"Albert Finney era hijo de un corredor de apuestas de Lancashire, y llegó a las películas a través del teatro. En 1956 ganó una beca para la RADA (Royal Academic of Dramatic Arts), donde tuvo como compañeros a Peter O'Toole y Alan Bates. Posteriormente, Finney fue miembro de la Royal Shakespeare Company y se labró una reputación en las tablas como "el nuevo Laurence Olivier", llamando posteriormente la atención de la crítica por el papel principal de Billy Liar, de Keith Waterhouse, en escenarios de Londres. Su debut en el cine fue en El animador(1960) de Tony Richardson, con quien ya había trabajado en el teatro, y donde coincidió con su admirado Olivier. Con el énfasis cambiante en el cine británico de los 60 hacia el realismo áspero de la clase trabajadora, los personajes típicos de la pantalla de Finney de esta época fueron mayoritariamente tipos proletarios y antihéroes rebeldes, personificados en el Arthur Seaton en Sábado noche, domingo mañana, de Karel Reisz (1960), el primer rol por el que dejó huella. Tras rechazar el papel de Lawrence de Arabia, su consagración vino conTom Jones(1963) donde Finney reveló un talento sustancial para la comedia y fue nominado al Oscar por primera vez. En la misma línea, se anotó otro éxito junto a Audrey Hepburn en la encantadora comedia matrimonial Dos en la carretera(1967), de Stanley Donen.
Para 1965, Finney se había expandido a la producción, formando Memorial Enterprises junto con Michael Medwin. En 1968 se dirigió a sí mismo en Charlie Bubbles(1968) y tres años más tarde produjo un homenaje a Raymond Chandler, Detective sin licencia (1971), de Stephen Frears, donde interpretaba a Eddie Ginley, un comediante de night-clubs con aspiraciones a detective privado. De 1972 a 1975, Finney se desempeñó como director artístico del Royal Court Theatre. Sus incursiones intermitentes en la pantalla lo confirmaron como un actor internacional versátil y notable, aunque no lo que uno podría describir como una estrella de cine. Sus roles variaron desde el Ebenezer Scrooge en la versión musical de Muchas gracias, Mr. Scrooge(1970) hasta el Daddy Warbucks de Annie(1982) o -casi irreconocible por el maquillaje- el Hercule Poirot en Asesinato en el Orient Express (1974). Así mismo apareció como el Ministro de Policía Joseph Fouché en el excelente drama de Ridley Scott Los duelistas (1977) y como un grandilocuente actor de Shakespeare en La sombra del actor(1983) por el que recibió otra nominación al Oscar. Para la televisión, Finney interpretó al papa Juan Pablo II (1984) y fue un Winston Churchill totalmente creíble en la aclamada Amenaza de tormenta(2002), por la que ganó un Emmy, un Bafta y un Globo de Oro. Su último crédito cinematográfico fue en el thriller de James Bond, Skyfall(2012).
Finney fue cinco veces nominado para los Premios de la Academia en 1963, 1974, 1983, 1984 y 2000 . Ganó dos Premios BAFTA en 1960 y 2003. Fiel a sus raíces de clase trabajadora, rechazó un CBE en 1980 y un título de caballero en 2000. Más tarde, explicando su decisión al afirmar que "eso del Sir perpetuaba ligeramente una de nuestras enfermedades en Inglaterra, que es el esnobismo". Albert Finney fue diagnosticado con cáncer de riñón en 2011. Murió el 7 de febrero de 2019 en un hospital de Londres a causa de una infección de tórax a la edad de 82 años."
Recordemos cuáles fueron las interpretaciones que llevaron a Albert Finney a las puertas del Oscar de Hollywood:
Si bien le supuso un Globo de Oro, el recordado papel de Tom Jones no le valió a Albert Finney alcanzar el Oscar al Mejor Actor, aunque la película -una adaptación de la clásica novela picaresca de Henry Fielding- sí que se alzó con el premio a la Mejor Película del año, desbancando a Cleopatra o Hud y alcanzando un total de 4 estatuillas. En plena época de lucha por los Derechos Civiles, la Academia de Hollywood prefirió posicionarse políticamente y premiar a Sidney Poitier, el primer actor negro que conseguía el galardón.
(Video: YouTube)
2º NOMINACIÓN: 1974
Mejor Actor Principal por Asesinato en el Orient Express (Murder At The Orient Express)
Perdió ante Art Carney -Harry y Tonto-.
Irreconocible bajo un espeso maquillaje que le caracterizaba como el detective Hercules Poirot, Finney logró su segunda nominación al Oscar gracias a este film de Sidney Lumet, adaptación de la famosa novela de Agatha Christie con un reparto plagado de estrellas, de las cuales Ingrid Bergman se alzó con el Oscar a la Mejor Actriz Secundaria, el único galardón que se llevó este largometraje de sus 6 candidaturas. La estatuilla al Mejor Actor, para Art Carney, constituyó una de las grandes sorpresas de la historia de los Oscars, pues nadie imaginaba que este actor televisivo pudiera imponerse a interpretaciones tan recordadas como las de Finney-Poirot, Jack Nicholson en Chinatown, Al Pacino en El padrino II y Dustin Hoffmann en Lenny.
(Video: YouTube)
3º NOMINACIÓN: 1983
Mejor Actor Principal por La sombra del actor (The Dresser)
Perdió ante Robert Duvall -Gracias y favores-.
El Oso de Plata en el Festival de Berlín fue la consolación que obtuvo Finney ante una nueva derrota en los Oscars, esta vez frente al cantante country al que encarnaba Robert Duvall. La gran interpretación del compañero de reparto de Finney, Tom Courternay -ganador ex aequo junto con Duvall del Globo de Oro al Mejor Actor de Drama- sin duda dividió el voto entre ambos coprotagonistas. La sombra del actor, dirigida por Peter Yates,no logró ningún Oscar a pesar de sus 5 nominaciones, y narra las relaciones que se establecen entre un tiránico actor de teatro y su sirviente, con el marco del Londres de la Segunda Guerra Mundial de fondo.
(Video: YouTube)
4º NOMINACIÓN: 1984
Mejor Actor Principal por Bajo el volcán (Under The Vulcano).
Perdió ante F. Murray Abraham-Amadeus-.
Tampoco corrió mejor suerte Albert Finney en 1984, aunque viniera de la mano de John Huston y de Bajo el volcán, la famosa novela con fama de infilmable de Malcom Lowry. En un año claramente dominado por el Amadeus de Milos Forman -que le valió el Oscar a F. Murray Abraham-, quien sí tuvo motivos para lamentar su mala suerte fue el depositario de la otra nominación de Bajo el volcán: el músico Alex North, que sufrió con este film su 15ª derrota en los Oscars. La Academia, sin duda arrepentida, le concedió al año siguiente una estatuilla honorífica.
(Video: YouTube)
5º NOMINACIÓN: 2000
Mejor Actor de Reparto por Erin Brockovich
Perdió ante Benicio del Toro -Traffic-
La última nominación en la carrera de Albert Finney llegó en una categoría desconocida para él: la de Mejor Actor Secundario. Finney fue galardonado en los Screen Actors Guild Awards pero sucumbió en los Oscars ante el Benicio del Toro de Traffic. Un duelo algo fraticida, ya que del Toro también había sido dirigido por Steven Soderbergh en esta película y Finney tenía en ella así mismo un pequeño papel. Por su parte,Erin Brockovich fue candidata a 5 Oscars y se alzó con el Premio a la Mejor Actriz Principal para Julia Roberts.
La ficha de Albert Finney en filmaffinityya recoge su deceso, así como la de wikipedia. Y aquí tenemos el enlace de la revista Empire donde aparece su obituario.
Por su parte, el British Films Institute(BFI) también tuvo un recuerdo para este gran actor, así como la revista Variety, y el Hollywood Reporter.
La noticia así mismo ha tenido un amplio alcance en webs de revistas españolas de cine, como Fotogramas y Cinemanía, y el blog No solo cine.
Las cadenas de televisión nacionales e internacionales recogieron el deceso de Finney. Aquí vemos la noticia en la web de RTVE, o en Antena 3, y aquí en CNN, BBC y CBS.
También apareció en webs de diarios digitales de tirada nacional, como El País, El mundo, ABC, demostrándose que con Albert Finney estábamos ante uno de los grandes del cine, y que al menos nos ha dejado sus películas para poder seguir recordándolo, como en esta emotiva escena final de Big Fish, en la que su personaje tenía la mejor despedida posible. Descanse en paz.
Nominada a 5 Oscars: Película,
Actor Principal, Montaje, Sonidoy
Efectos de Sonido.
Bohemian Rhapsody está hecha por y para el disfrute de los fans de Queen, se nota ya desde el
principio con esa versión rockera y tuneada por Brian May y Roger Taylor de la
fanfarria de la 20th Century Fox. Lo cierto es que la película se hizo esperar
hasta llegar a las pantallas, siendo el
resultado de una larga gestación por la que circularon nombres como David
Fincher, Stephen Frears o Dexter Fletcher en la dirección y Sacha Baron Cohen o
Ben Wishaw como émulos de Freddie Mercury. El motivo principal que estancó el proyecto
durante años fueron las diferencias sobre el tono que debía tener Bohemian Rhapsody: Brian May y Roger
Taylor -John Deacon, jubilado en 1998, se desentendió de todo- querían una
versión cinematográfica del grupo para todos los públicos, mientras que Frears o
Baron Cohen abogaban por mostrar en pantalla una versión hardcore y más centrada en la vida de Freddie Mercury. Como May y
Taylor no dieron su brazo a torcer y eran los productores y propietarios de los derechos de las canciones, la Fox tuvo que esperar a que encontraran un director y un protagonista a su gusto. Finalmente, los elegidos fueron Bryan Singer y Rami Malek, con los que se inició el rodaje el 8 de septiembre de 2017. Si bien no acabaron ahí los problemas, ya que en diciembre de ese mismo año -y a falta de dos semanas para acabar- Bryan Singer fue despedido por causas no reveladas con claridad, siendo reemplazado por Dexter Fletcher. Se rumorea que Singer paseó un comportamiento errático durante la filmación -se ausentaba durante varios días sin motivo- y que tuvo graves enfrentamientos con Malek a causa de esto. El director de Verano de
corrupciónse exculpaba alegando que sus ausencias se debían a
un problema de salud de un familiar; aunque por lo visto, en los rodajes de Superman
Returns o X-Men: Apocalipsis ya había hecho lo
mismo… La verdadera razón de su salida parecen ser varias denuncias de abuso
sexual a menores presuntamente cometidas por Singer y que salieron a la luz ese
diciembre de 2017, lo que constituía una malísima publicidad para la película, por
lo que la Fox decidió cortar por lo sano. Desde entonces, y a la espera de
juicio, Singer ya ha sido declarado culpable por el mundo del cine, que lo ha convertido
en persona non grata, borrándolo de la publicidad del film o de las entregas
depremios. De hecho, hace unas semanas
los BAFTA retiraron su nominación como director de Bohemian Rhapsody, sentenciándolo definitivamente.Aunque bueno, siempre podría ir
a casa de Kevin Spacey y rodar en esa cocina tan cinematográficaSospechosos
habichueales 2.
La película resultante de todos
estos embrollos no se ve muy perjudicada por los vaivenes sufridos, y supone un
placer culpable bastante apañado para los seguidores de Queen o para el
espectador mainstream en general. Y eso que el guión de Peter Morgan sigue
al pie de la letra la estructura del biopic musical más típico: los duros
inicios, el éxito inesperado, la cresta de la ola, la caída desde la cima por
culpa de sexo, drogas y alcohol, y el arrepentimiento y la resurrección final.
Aunque, como toda buena biografía, no deja que la realidad le estropee una
buena historia y falsea a su conveniencia los hechos reales: por ejemplo,
Freddie Mercury no descubrió que tenía SIDA hasta años después del Live Aid;
Queen no llevaba entonces tres años sin tocar juntos, sino apenas unos meses; y
Paul Prenter supongo que no sería un malo tan de opereta como le pintan aquí.
Qué importa, si como espectadores la película nos permite colarnos en la
trastienda de la banda y revivir momentazos del rock como la gestación de
canciones estilo We Will Rock You o la
propia Bohemian Rhapsody -con la aparición de Mike Myers y su guiño a Wayne's World-. Por no hablar de la tremenda secuencia final que reproduce el concierto de
Queen en el Live Aid del 13 de julio de 1985, considerada la mejor
actuación en directo de un grupo de rock de la historia. Curiosamente, esta
escena fue la primera que se rodó de la película, y es buena idea compararla con el original para ver hasta qué punto está recreada con exactitud. Aunque,
por ponerle un pero, el montaje de John Ottman aquí me parece un pelín
acelerado, videoclipero; quizá debió darle más duración a los planos.
A pesar de esto, hay que
reconocer que el film mantiene un buen ritmo durante todo el metraje y no llega
a decaer en casi ningún momento, apoyado en la excelente ambientación de la época y
en la labor de sus actores, calcados de los originales -bueno, menos Roger
Taylor, que es bastante más feo que Ben Hardy-. En este punto hay que detenerse
a alabar el trabajo de Rami Malek por su impresionante mimetización con Freddie
Mercury, al que a veces consigue revivir. Se podría decir, primero, que ya tiene
medio Oscar en el bolsillo, y, segundo, que con esos dientes nació para
interpretar al mítico cantante de Queen; lástima que le falte un palmo de
altura para ser clavado -son más de 2 cm los que le separan de la altura real
de Freddie,imdbmiente-. Pero especialmente en los primeros planos y cuando
aparece con bigote, hay que reconocer que el parecido es asombroso. Una
similitud que también se alcanza en el plano vocal, gracias a la colaboración
del cantante canadiense de rock cristiano Mark Martel, que es quien canta principalmente
en realidad. Y eso que al principio se hace un poco raro que la voz que se oiga
cantar no sea solo la de Freddie Mercury, sino la de éste mezclada con la de
Martel y la de Rami Malek. Esto se hizo porque las grabaciones que se conservan
de Queen -como las del Live Aid- no son lo suficientemente buenas para igualar la calidad de audio que exige un film digital en la actualidad -con 7.1 de canales de sonido-, por lo que hubo que regrabar las canciones expresamente para la película. Pero bueno, la voz que se consigue con esta extraña mezcla es tan parecida a la original que se te olvida, y sólo hay que vereste video de YouTubede Mark Martel para comprobar el timbre que posee tan
increíblemente similar a Freddie Mercury. Las dos nominaciones al Oscar
de Bohemian Rhapsody por su sonido legitiman
el experimento.
Volviendo a Rami Malek, no me imagino
llegada la hora del Oscar al Mejor Actor en la gala del próximo 24 de febrero y que se lo
den a Christian Bale por encarnar a alguien tan siniestro y odiado como Dick
Cheney, chafando de paso la ilusión de millones de personas y de fans de Queen.
Sobre todo con esta versión tan rejuvenecida de los Oscars en la ceremonia que
nos viene, tan necesitada de highlights
para atrapar a su público objetivo deseado: esos millenials que no saben quién
es Cheney y que harán zapping si ven
que no gana Malek. Eso por no hablar que este año se han fumado de la
retransmisión las categorías técnicas, cuyos Oscars se entregarán durante las
pausas de publicidad para aligerar la gala ¿? Aunque ahora que lo pienso, esto
de frustrar los deseos y el cariño de la audiencia hacia un candidato ya pasó hace
pocos años con Stallone-Rocky y Mark Rylance. Pero esta vez no creo que se repita
por varias razones: Rami Malek y Bohemian
Rhapsody ya ganaron ambos el Globo de Oro, y al film lo avala que también
está nominado a Mejor Película y que haya sido un gran éxito de taquilla. Por
otro lado, Dick Cheney es republicano y cae rematadamente mal en Hollywood, y Christian
Bale ya tiene un Oscar. Y aunque fue descubierto por Spielberg, su papel en El vicio del poder no viene apadrinado por
la poderosa y alargada mano del director de El
imperio del sol, como sí tenía el Rylance de El puente de los espías.
En fin, una película hecha por y
para los fans, sin grandes altibajos de interés, y que se deja ver con
facilidad. En otro año con más competencia, Bohemian
Rhapsody no habría tenido sitio entre los títulos nominados a mejor
película, pero en este 2018 tan mediocre, si lo están Black Panther o Infiltrados
en el KKKlan, no veo por qué no puede estar nominada esta cinta también,
que encima tiene canciones de Queen para hacer Karaoke en el cine y posiblemente
al mejor actor del año. Algo que la convirtió en un fenómeno sociológico con
más de 433 millones de recaudación en todo el mundo, y en España la película nº 1 en taquilla en 2018, con más de cuatro
millones de espectadores. Para poder decir aquello de We are the champions.
La imprescindible cuota
afroamericana en la categoría de Mejor Película tiene a su representante más reivindicativa
con Infiltrado en el KKKlan, nominada
a 6 Oscars:Película, Director, Actor
Secundario -Adam Driver-, Guión Adaptado, Montaje y Banda Sonora, de los cuales
no creo que gane ninguno.
Con Donald Trump en la Casa
Blanca desde enero de 2017, Spike Lee se sintió obligado a dejar las películas
de encargo y volver a sus soflamas sobre el racismo en USA, como en
los viejos tiempos de Haz lo que debas (1989).
Así, tras Rodney King (2017) y Pass Over (2018) ahora llega Infiltrado en el KKKlan -BlacKkKlansman, 2018-,
y, como siempre con el Lee más combativo, todos los blancos anglosajones
que aparecen en este film son de dos tipos: racistas y estúpidos, o solo
racistas o solo estúpidos, con los personajes negros y judíos siendo los únicos
que demuestran humanidad y buen juicio. Es lo malo de generalizar, que acabas
resultando injusto y sectario.
Infiltrado en el KKKlan está protagonizada
por David John Washington, que no tiene la presencia física ni el carisma de su
padre Denzel, y por Adam Driver, nominado al Oscar como actor de reparto pero sin
muchas posibilidades de conseguirlo, ya que tampoco se luce mucho ni tiene
ninguna escena importante en el plano emocional que le permita darlo todo interpretativamente. La trama, basada en una historia real sucedida en
1979 -aunque aquí se cambia a 1972- cuenta cómo un policía negro de Colorado logró
infiltrarse por telefóno en el Ku Klux Klan, y que, al descubrir que los
miembros de la organización racista querían conocerlo en persona, tuvo que contar
con la ayuda de otro compañero judío que se hiciera pasar por él.
BlacKkKlansman es mejor verla en
versión original, ya que la gracia consiste en oír la diferente manera de expresarse que
tienen negros y blancos en inglés norteamericano, algo que el doblaje madrileño
despacha de manera bastante rutinaria. De todas formas, la cinta no termina de definirse tonalmente, ya que empieza con tintes de comedia, coquetea de forma postmoderna con el blaxploitation y acaba desembocando en una
especie de thriller con un clímax bastante rocambolesco y mediocre, que evidencia el poco talento de Lee para rodar el suspense o la acción. También da la impresión de que la película prometía contar muchas más cosas de las que finalmente cuenta, desaprovechando
la oportunidad de sacarle más partido a la historia o de profundizar en los personajes, y cayendo así mismo en varias
incongruencias de guión difíciles de creer. No se entiende, por ejemplo, que
los miembros del Klan no cachearan nunca a Flip -ni siquiera el día en que lo conocen- por si llevaba un micro bajo la ropa, que de hecho llevaba siempre; o
que veamos a Ron en la misión de ser el policía guardaespaldas del supremacista
David Duke, después de que en la escena anterior haya tenido un enfrentamiento con su compañero
racista Landers, y que el jefe de ambos, Bridges -Robert
John Burke, el que hacía de Robocop 3-
lo hubiera relevado de ese encargo al comprobar que no tenía el temple adecuado. Además -apunto yo- de que con Ron se ponía en peligro la operación, ya que Flip también estaría allí, y los del Klan se
darían cuenta de que la voz del Ron telefónico y la del Ron de carne y hueso
pertenecía a dos personas distintas. Por no recordar que los policías ya sabían que uno de los nazis
conocía a ambos, y que éste podría relacionarlos al verlos juntos ¿?
Lo mejor de la película es la
presencia señorial de Harry Belafonte, símbolo de la lucha por los derechos
civiles de los ‘50 y ‘60, interpretando a un personaje que relata a un grupo de
universitarios negros una terrible escena de racismo de la que fue testigo en
1919 en el Sur, que concluye con la rotura de la cuarta pared con todos los
personajes mirando al espectador para incitarle a tomar partido ante la
salvajada que acaba de escuchar. Curiosamente, Spike Lee alterna esta secuencia en el
montaje con otra en paralelo donde el grupo de tarados del Ku Klux Klan ven
entusiasmados El nacimiento de una nación...una doble referencia envenenada a David W. Griffith que tiene su intrahistoria,
ya que Lee casi fue expulsado de la NYU Film School en 1980 al quejarse
de que se exhibiera en las aulas el film de Griffith sin avisarse antes de su
contenido racista, rodando como protesta un corto llamado The Response, en elque
ofendía a varios de sus profesores.
Otra de las cuentas pendientes de
Spike Lee que aparece en este film es, sorprendentemente, ¡Alec Baldwin! su enemigo
público número uno después de que Kim Basinger lo abandonara por los brazos blancos
de Alec 30 años atrás. Sin embargo, parece que ha pasado ya mucha agua bajo el
puente, y ahora Lee y Baldwin se han unido contra un enemigo común: Donald
Trump, a quien no deja de aludirse entre líneas durante todo el metraje, como en
el detalle de que los neonazis de 1972 coreen el América primero, América
primero, uno de los lemas más famosos del actual presidente USA.
Al final la película se hace
larga y se nota demasiado la intención de Lee por premiar a los buenos y
castigar a los malos, de forma muy infantiloide. Claro que luego añade una
serie de imágenes sacadas de la más reciente actualidad que hielan la sonrisa tras
ese desenlace excesivamente feel good,
y que muestran la supervivencia del Klan y el racismo latente en los Estados Unidos de hoy. Como en ese trágico atropello de Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto
de 2017, cuando un supremacista blanco atropelló a un grupo de personas que se manifestaban en las calles frente a una concentración de extrema derecha, y que Lee no pierde ocasión de mostrar de forma
bastante gráfica -la película está dedicada a una de las víctimas mortales, Heather Heyer-. Pero por
si no nos había quedado aún claro -la sutileza nunca fue uno de los
fuertes de Lee-, aparecen seguidas unas declaraciones de David Duke y del propio Donald Trump expresando discursos similares: que hay que recuperar América y que los activistas que se enfrentaron en esa concentración a los neonazis tampoco eran nada pacíficos.
El film acaba con la bandera
USA boca abajo y en blanco y negro, un recurso visual para denotar dolor,
angustia, sufrimiento, peligro… y un aviso de que la sociedad estadounidense sigue siendo
un polvorín racista que puede acabar estallando en cualquier momento, encima con
un personaje como Trump okupando la presidencia del país. Lo que pasa es que Spike
Lee está ya tan radicalizado que predica a los conversos: ningún blanco que vea
este largometraje va a cambiar su voto porque se lo diga él, y aquellos a los que Lee
querría convencer no le tocarían ni con un palo ni se van a acercar a menos de
100 metros de esta película sólo con ver su nombre en el cartel.
Tres años después de Creed (2015) llega la esperada secuela
del film de Ryan Coogler, productor aquí tras haber cedido la silla de dirección a su protegido, Steven Caple Jr. La trama de Creed II. La leyenda de Rocky arranca varios años después de aquella, con un Adonis Creed que se ha convertido en Campeón
del Mundo de los Pesos Pesados, y a quien un avispado promotor le ofrece
enfrentarse a Viktor Drago -Florian Munteanu-, una mole ucraniana que resulta ser
el hijo de Ivan Drago, el boxeador ruso que acabó con la vida de Apollo.
A pesar de que Rocky le desaconseja el combate, Adonis acepta, viendo en él una
forma de enfrentarse con los fantasmas de su pasado y vengar de paso a su padre.
Creed II resulta un remake encubierto
de Rocky IV, nada raro si pensamos
que el guión es obra también de Sylvester Stallone -con la ayuda de Juel
Taylor-. Lo cierto es que parece que no se han calentado mucho la cabeza, ya que la estructura es básicamente la misma, aunque los tiempos
hayan cambiado y tras el patrón marcado por Creed siguen
teniendo su importancia en el metraje, igual de forma excesiva, las escenas de ámbito más personal de Adonis que reflejan, por una parte, su relación con Bianca -Tessa Thompson-, ahora incluso como padres primerizos; con su nuevo entrenador Tony -Wood Harris- el hijo de Duke; con su
madre adoptiva Mary Anne -Phylicia
Rashad- o con el propio Rocky. Por cierto, que me pareció de ciencia-ficción
la escena en la que Adonis le va a pedir matrimonio a Bianca la noche en la que se
proclama Campeón del Mundo, y tiene miedo de que ella le fuese a decir que no cuando se pusiera el sonotone ¿? Poco te aprecias, muchacho, tienes alma de
relojero.
Da pena que Sylvester Stallone, el
espíritu de la saga, interprete aquí por última vez a Rocky, porque no se trata de
una despedida a lo grande, ni mucho menos legendaria como proclama erróneamente su título; sino que Sly tiene un papel en esta mucho más secundario y con menos oportunidades
de lucimiento que en Creed, por lo
que al final no podrá vengarse del robo a mano armada del puto Mark Rylance en la edición
de 2015 de los Oscars, y ya no lo ganará nunca por interpretar al mítico boxeador. Podría intentar
comprarse uno honorífico, como Oprah Winfrey o Jackie Chan, pero no se lo darían;
está en su contra la envidia de muchos por haber sido una estrella taquillera y la sombra
de la asociación Rambo-Reagan de los ’80, demasiado alargada. Aunque se había previsto una trilogía, no parece
probable que la saga vaya a continuar sin él, ya que el personaje de
Adonis no tiene el carisma de Rocky como para
aguantar sin su apoyo la franquicia, por lo que el ciclo parece agotado.
De hecho, si tuviera que pagar otra
entrada de cine por ver nuevas aventuras centradas en caracteres de Creed II, yo lo haría sin duda por las de Ivan y
Viktor Drago, los antagonistas del film, pero que sorprendentemente resultan ser los
personajes más interesantes. La razón es que aparecen retratados
de una forma obviamente ya no tan unidimensional como en el Rocky IV de 1985 -en el caso de Ivan-,
sino como simples seres humanos, con aristas y traumas personales por los que
sentir empatía. ¡Si son incluso ellos los que suben las míticas escaleras
del Museo de Arte de Filadelfia, y se quedan mirando pensativos al horizonte!...
Los hermanos Dardenne o Michael Haneke podrían fichar por esta franquicia spin off y extraer oro de los Drago.
Lo cierto es que la película tarda
en arrancar, y sólo lo hace de verdad cuando se deja de lado las concesiones gafapastiles
de las continuas escenas que no son de boxeo -esto es Rocky, señores- y se mete de lleno en el meollo de los montajes
musicales del entrenamiento paralelo entre los dos púgiles, para regocijo de los
espectadores más fieles de la saga, y de los que también lo somos pero no
hacíamos tiempo mirando al móvil y molestando a los demás con las putas
pantallas encendidas, capullos. Así, la acción se alterna entre, por una parte,
el desierto -con fotografía de tonalidad dorada- de un Michael B. Jordan sufriendo de sol a sol
pero en mejor forma física que muchos deportistas profesionales tendrán nunca; y en un gimnasio a cubierto -y fotografía
azulada- en el caso de Viktor Drago, aniquilando con rabia a sus sparrings quizá
al pensar en cuando era niño y su madre les abandonó a él y a su padre -hay un cameo
de Brigitte Nielsen y todo-. Por cierto
que, viendo a uno y a otro y por mucho que se esfuerce -o se cicle- Adonis,
es normal que las apuestas estén 25 a 1 a favor de Viktor, a pesar de ser el
aspirante… Tal es el poderío físico que despliega en el film el rumano Munteanu, una munteaña de 1’96 m y boxeador profesional en la vida real, que da
la impresión de poder empatar en un combate contra Hulk. Y hablando de
combates, estos de Creed II están
rodados de forma sólida y funcional, pero se echa en falta algo más de brillantez o
atrevimiento, como la osadía aquella de Ryan Coogleren Creed de rodar uno entero en un plano secuencia de varios minutos.
Para acabar quiero señalar lo que en
realidad echo yo de menos de las dos películas de Creed, y que parece increíble que no se le haya ocurrido en ningún momento
a Stallone: una aparición fantasmal del propio Apollo Creed -presencia continuamente
aludida en las dos películas- en una escena onírica como mentor, aleccionando a
Adonis o algo por el estilo, como ya hizo John G. Avildsen en Rocky V con Mickey -Burgess Meredith-. La
verdad es que Carl Weathers sigue vivo, y ya que el bueno de Sylvester no lo metió en la franquicia
de Los Mercenarios a pesar de todos sus
méritos atesorados -Rockys, Depredador,
Acción Jackson, etc-, hubiera estado genial que al menos Weathers saliera aquí. Pero si no lo
ha hecho es porque debe estar en la lista negra de Stallone por alguna razón de
peso como, por ejemplo, no sé, ser amigo de Steven Seagal.
Brawl in Cell Block 99 se abre con el plano detalle de una lata aplastada por un coche. Algo que puede pasar desapercibido la primera vez, pero que en posteriores visionados comprenderemos que no
está puesto ahí al azar, sino como metáfora visual de otros planos con similar angulación y
gran violencia que luego contemplaremos a lo largo del film; el segundo
escrito y dirigido por S. Craig Zahler tras Bone Tomahawk. Si su notable ópera prima se ambientaba en el salvaje Oeste, en
esta ocasión estamos ante otro género viril, un thriller que sólo hacia la mitad
se torna carcelario pero en el que aparecen las mismas constantes que en aquel: una historia clásica de buenos contra malos, de hombres duros
envueltos en una espiral de violencia extrema y sádica no apta para estómagos
sensibles.
Con sólo dos películas en su haber,
S. Craig Zahler se ha revelado como un cineasta a tener en cuenta, muy en la línea
de Quentin Tarantino en su gusto por el
exploitation serie B de los ‘70, la reinterpretación de géneros o por compartir actores veteranos como Kurt Russell o Don Johnson. Sin embargo,
Zahler no tiene tanta preferencia por los diálogos ingeniosos y prefiere
mostrar su violencia sin trampa ni cartón en austeros planos secuencia,
aderezados por un cierto aire contemplativo que le acerca a su vez a autores
como el danés Nicolas Winding Refn -pero sin caer en los excesos de engendros
como Only God Forgives-. Que su película
favorita sea Grupo salvaje de Sam Peckinpah nos da bastantes claves, en este sentido. Otro rasgo que asemeja a Zahler
con Tarantino es su preferencia por recuperar a actores en horas bajas o en
busca de nuevos desafíos interpretativos. Un fenómeno conocido en Hollywood como
la McConaissance desde la machada de Matthew MacConaughey de pasar de hacer comedietas a
ganar el Oscar, y al que parece que se ha apuntado Vince Vaughn, como ya
demostraban sus intervenciones en la propia True
Detective o en Hasta el último hombre de Mel Gibson. Brawl in Cell Block 99
significaba una buena oportunidad para ampliar sus registros, y Vaughn
se preparó a conciencia, perdiendo veinte kilos y sometiéndose a un
entrenamiento intensivo de boxeo durante tres meses para hacer creíbles las
escenas de peleas. Los resultados son satisfactorios y saltan a la vista: con su
1’96 de altura, el cráneo rasurado y un tatuaje de una cruz en el cogote, su
aspecto resulta ciertamente amenazador. Sin embargo, su personaje -Bradley, no Brad- es en realidad
un tipo estoico, noble y con gran autocontrol, alguien que, como los héroes clásicos del cine, sólo
hace lo que tiene que hacer por el bien de los suyos.
A pesar de que al final resulte
un poco gore para mi gusto, lo cierto es que con Brawl in Cell Block 99 estamos ante un film muy entretenido y recomendable,
que hace esperar con interés el próximo trabajo de Zahler; un policíaco llamado Dragged Across Concrete con el renacido Gibson
y en el que repetirán Vince Vaughn, Jennifer Carpenter, Don Johnson y el
inquietante Udo Kier, en lo que promete ser otro descenso a los infiernos marca
de la casa. Por cierto, si vais a USA, mejor que no os metan en la cárcel...