Tras la oscarizada La forma del agua, Guillermo del Toro abandona el fantástico con El callejón de las almas perdidas, adaptación de la novela Nightmare Alley, de
William Lindsay Gresham, que ya dio pie a un film de la Fox de 1947 con Tyrone Power,
hoy título de culto. Hacer su versión de Nightmare Alley era un viejo
deseo para del Toro y también es su primer largo sin elementos sobrenaturales,
pues aquí estamos de lleno en el cine negro, un territorio donde el mexicano
demuestra pisar con solvencia, adaptando su estilo e imaginario personal a los
códigos del género. La película cuenta la típica historia de ascenso y caída, la
de Stanton Carlisle -Bradley Cooper- un estafador con presuntos poderes
mentales que, tras foguearse en una feria, se alía con una psicóloga -Cate
Blanchett - para sacarle el dinero a los ricos. Pero la ambición sin límites de
Stanton acabará por llevarle a la perdición, no sin antes dejar por el camino un
buen reguero de cadáveres.
La película dura dos horas y
media, la primera en la filmografía de Del Toro en superar los 120 minutos, e
incluso está recortada de las 3 horas y 15 minutos de la que constaba en su primer
montaje; pero lo cierto es que mantiene un buen ritmo y la trama es lo
suficientemente interesante como para que no se pierda el interés por ella. Es
cierto que el film del 47 -que está en YouTube- contaba lo mismo y duraba 45 minutos menos, pero
en parte se debió a la censura, que no permitió mostrar apenas en pantalla al geek
o engendro de la feria, un personaje secundario en la trama pero cuyo rol resulta
esencial para el mensaje que film y novela quieren transmitir. Y es que el
escritor, Gresham, se encontraba combatiendo en la guerra civil española con la
brigada Lincoln cuando un médico le contó una historia real: la de un borracho que había visto empleado como monstruo ambulante a cambio de alcohol y un
techo. El pobre hombre vivía en una jaula y era obligado a decapitar serpientes o gallinas a bocado limpio y beberse su sangre, entre otras perrerías. La anécdota
causó una honda impresión en Gresham, que no comprendía cómo un ser humano podía
llegar a caer tan bajo. A partir de esta idea escribió su libro, publicado en
1946, que le proporcionó buenos dividendos al ser comprado por la Fox como vehículo
para un cambio de imagen de Tyrone Power. Pero el público no lo aceptó y el
film fue un fracaso, resultando en realidad una rareza adelantada a su época. A
Gresham tampoco le fue muy bien: era alcohólico y acabó suicidándose a los 53
años.

Del Toro divide su historia en
tres bloques -ascenso, auge y caída del protagonista- y dos escenarios
distintos, una feria y la ciudad de Buffalo, donde no por casualidad también se
ambientaba parte de La cumbre escarlata -Guillermo vive en Toronto, que
está cerca-. La parte del ascenso se desarrolla en la feria, donde el ambicioso
Stanton descubrirá su talento para manipular y engañar al prójimo con sus
supuestos poderes adivinatorios, basados en realidad en lugares comunes y en su
gran capacidad de observación. Aquí la fotografía -obra del danés Dan Laustsen-
adopta tintes más cálidos con predominio del color ámbar -como no podía ser
menos en un film de del Toro- y el apabullante diseño de producción recuerda al
Tim Burton de Big Fish o Dumbo, a la cuarta temporada de American
Horror Story, o al Freaks de Tod Browning, pues el film se ambienta en
la USA de los años 1930 y 40. Es en este tramo donde el mexicano incluye muchos
de los elementos que nunca faltan en su cine, a modo del austrohúngaro
de Berlanga: los tarros con fetos, los cuadernos con dibujos, los engranajes
mecánicos con ruedas, los túneles, los insectos, la imaginería religiosa o a
Ron Perlman, que interpreta al forzudo al que ya le fallan las rodillas. Falta
eso sí la escena de una autopsia: seguro que si saca esa versión de 195 minutos
en bluray aparece. Así mismo, sería interesante que incluyera la versión en blanco
y negro estrenada en varios cines de USA y UK, pues el deseo de Del Toro era rodarla
inicialmente en b/n, pero la Disney no le dejó.

A la hora exacta de metraje la
acción se traslada a la ciudad y comienza la etapa de auge del protagonista,
donde perfecciona sus fraudes adivinatorios en los clubs nocturnos más selectos,
ganando una fortuna a costa de la credulidad del respetable y añadiendo a sus habilidades
la de recibir mensajes de los muertos. Pero Stan no tendrá suficiente, y al
conocer a la psicóloga Lilith Ritter -una femme fatale de manual- ambos se
asociarán para desplumar a peces más gordos y ansiosos de comunicarse con seres
queridos fallecidos. El truco es que Ritter graba sus sesiones en audio sin que
sus clientes lo sepan, proporcionando a Stanton valiosa información sobre los
secretos más íntimos de estos. Pero el codicioso Carlisle pierde la perspectiva
poco a poco y lo echa todo a perder, como ya le avisaron las cartas del tarot: no
se puede escapar del destino, y menos en un film noir. Aquí la
fotografía se ha ido volviendo progresivamente más oscura, conforme aumentaban
los turbios manejos del protagonista. La demoledora escena final de dos minutos
supone el remate a su caída en desgracia, con una portentosa interpretación de
Bradley Cooper en Primer Plano; un plano que Del Toro pensaba que tendría que
rodar 60 veces para conseguirlo, pero que el actor clavó en la primera toma.
La película se empezó a rodar en
enero de 2020, pero en marzo tuvo que interrumpirse debido a la pandemia del
coronavirus. No fue hasta septiembre de 2020 cuando pudo reanudarse, acabando la
filmación en diciembre. El caso es que este hiato de seis meses no se aprecia
en absoluto, y eso que pilló en medio de una escena que empezó a filmarse en el
primer periodo y se acabó en el segundo -la del detector de mentiras- o a que a
Rooney Mara, embarazada de tres meses en marzo, le diera tiempo a tener a su
hijo en el intervalo. Dándose la curiosidad que en la misma escena -la de la
estación de autobuses- haya planos de ella rodados antes y después sin que se
note. Una Rooney que no da mucho el tipo como la dulce e ingenua Molly: su
turbia mirada y la sombra de Lisbeth Salander es alargada. Incluso Del Toro
pareció darse cuenta de ello y le hace pronunciar al personaje a modo de justificación:
a mí no me gusta sonreír. La verdad es que no la veo como protagonista
del biopic de Audrey Hepburn que dirigirá Luca Guadagnino, pero bueno.

El reparto resulta deslumbrante -es
la Liga de la Justicia de los actores, según Del Toro-; y aunque el
papel de Bradley Cooper en principio iba a ser interpretado por Leonardo DiCaprio
-se cayó por problemas de fechas- Cooper llena la pantalla y recuerda a galanes
del cine clásico: esta versión podría haberla protagonizado el propio Power, William
Holden o Robert Michum. La comentada aparatosidad del conjunto, ese derroche de
medios que se trasluce en la pantalla, no llega a resultar tan inflada como en,
por ejemplo, el King Kong de Peter Jackson, pero sí que apabulla un poco
y parece una maniobra de Hollywood para echar toda la carne en el asador en
películas caras y lujosas como esta para atraer al público a las salas y que
pierda el miedo a salir de casa, una costumbre perdida por el covid. No por
casualidad, en la publicidad Nightmare Alley se anuncia con la famosa frase:
solo en cines, como si solo en las salas de cine el espectador podrá disfrutar
de un espectáculo semejante. Por cierto, nunca entendí eso de solo en cines:
ahora con las plataformas digitales vale, pero, ¿y en los 80? No sé por qué se
usaba, ¿dónde se iba a ver una película si no era en un cine, en una panadería?
Sí, ya, en los videoclubs, pero entonces no irían anunciándolo en todas partes
como si fuera algo exclusivo y elitista, las pelis de serie B que iban al
videoclub sin pasar por cines no iban chuleando precisamente de ello.
En resumen, una película en la
que Del Toro se aleja de su género habitual pero que no por ello deja de resultar
satisfactoria a pesar de su largo metraje, y que se aprecia mejor en sucesivos
visionados, pues como siempre hay detalles que la primera vez se escapan y que el
director de Cronos ha metido ahí sibilinamente. Una película que como
todo buen noir habla de temas de hoy, ya sea la difusa frontera entre verdad
y mentira a causa de términos modernos como la posverdad; el predominio de la hipocresía
y la falsedad -sólo hay que echar un vistazo a las redes sociales-; o cómo la
clave del triunfo es aprovecharse de las debilidades, la ignorancia o el
sufrimiento de los demás para sacar beneficios.
Criticoll