lunes, 27 de febrero de 2012

Méliès y compañía

La invención de Hugo

TÍTULO ORIGINAL: “Hugo” (2011). DIRECCIÓN: Martin Scorsese. REPARTO: Asa Butterfield, Chloë Grace Moretz, Ben Kingsley, Helen McCrory, Sacha Baron Cohen, Emily Mortimer, Christopher Lee, Jude Law.

Resulta curioso que las dos películas más oscarizadas de este año hayan hecho una apuesta tan decidida por evocar la nostalgia y la magia del cine. En efecto, aunque una sea muda y en blanco y negro y la otra se aproveche de los últimos avances tecnológicos en 3D, las dos constituyen en realidad un homenaje similar a los primeros años de vida del Séptimo Arte. En el caso que nos ocupa hoy, con La invención de Hugo Martin Scorsese parece romper en apariencia con el tono habitual de su obra y nos entrega una cinta familiar que le permite ahondar en su faceta más cinéfila; un aspecto muy presente siempre en sus películas o en documentales como Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano (1995), en el que el genio de Queens desplegaba toda su enciclopédica erudición revelándole al público sus títulos favoritos de la historia del cine USA.

En esta ocasión, es el mudo y la figura de Georges Méliès los objetos del afecto de Scorsese, que ya desde el impresionante plano secuencia que abre La invención de Hugo -un gigantesco travelling que se inicia en el cielo parisino, va descendiendo poco a poco hasta la estación de trenes donde vive Hugo; sortea vagones y pasajeros de forma vertiginosa y concluye con un primerísimo primer plano del protagonista-, deja claro que este film está hecho desde la pasión por el cine y el arte de contar historias; algo que su director consigue transmitir al espectador y que constituye el motor principal de la película. Y es que aquí se nota que el autor de Taxi Driver ha disfrutado de lo lindo orquestando todos los elementos a su alcance para recrear, paradójicamente, las sencillas películas silentes del gran Méliès así como momentos míticos de la historia del cine, como la llegada del tren a la estación de los Lumière o el de Harold Lloyd colgando del reloj en El hombre mosca. Junto a su importante virtuosismo técnico, la cinta también logra su objetivo de entretener,  aunque, si hay que ponerle algún pero, éste sería para su guión, que no tiene muy claro el foco de atención principal; ya que al principio se centra casi exclusivamente en Hugo -Asa Butterfield- pero luego, con la entrada en escena de Méliès -Ben Kingsley-, la balanza se inclina en favor de éste, quedando el chico un poco en segundo plano.

Hay que decir que el fracaso de público con el que La invención de Hugo ha saldado su paso por la taquilla norteamericana puede ser hasta cierto punto comprensible, ya que el film probablemente parezca demasiado infantil para todo aquel que no sea muy cinéfilo y la encare con más objetividad, y tampoco cuenta con un argumento muy atractivo para atraer la atención de los más pequeños, a los que el nombre de Méliès y todas las referencia cinéfilas les traen sin cuidado. Sin embargo, para todo aquel que forme parte del primer grupo, el film resulta ciertamente recomendable, aunque sólo sea para poder decir luego que uno ha visto en la gran pantalla planos icónicos del amanecer del cine, como El tren llegando a la estación, La salida de los obreros de la fábrica Lumière, el vaquero disparando a la cámara de Asalto y robo de un tren o el cohete alunizando en el ojo del satélite de Viaje a la luna.

Criticoll

lunes, 20 de febrero de 2012

Fuego en el cuerpo

Shame

TÍTULO ORIGINAL: “Shame” (2011). DIRECCIÓN: Steve McQueen. REPARTO: Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Beharie, Elizabeth Masucci, Marta Milans, Lucy Walters, Amy Hargreaves.

Si hace pocas fechas Alexander Payne logró que en Los descendientes llegáramos a sentir pena por el mismísimo George Clooney, ahora el director británico Steve McQueen ha conseguido algo similar con el Michael Fassbender de Shame: un joven ejecutivo de Nueva York muy bien dotado... para los negocios y atrapado en una vorágine de ligues furtivos, porno por internet u onanismo desenfrenado. Una existencia dura y solitaria pero ante la cual -y desde fuera- cualquier maromo se cambiaría sin muchos escrúpulos. Sin embargo, y como bien nos muestra McQueen, en la vida de Brandon -que así se llama el protagonista, en homenaje al Marlon de El último tango en París- no es oro todo lo que reluce, ya que en realidad su adicción al sexo ha acabado por convertirse en un arma capaz de anestesiar sus emociones y destruirle como ser humano. Un tema muy serio que se agudizará con la entrada en escena de Sissy -Carey Mulligan-, su problemática hermana pequeña y a la que se ve incapaz de ayudar.

Como en la inédita en España Hunger, McQueen y Fassbender se alían de nuevo para retratar a otro personaje en el límite: si entonces se trataba de un preso del IRA en huelga de hambre, ahora es un hombre incapaz de evitar sus frenéticos impulsos sexuales a todas horas y lugares: ya sea en el metro, en los servicios, en la pantalla del ordenador, en la oficina, en un hotel, en un bar o hasta en el socorrido descampado. Una patología que corre el riesgo de ser descubierta por quienes le rodean y producirle esa vergüenza social -shame- de la que habla el título original.

McQueen desarrolla la historia con su habitual querencia por el plano fijo -un recurso heredado de sus tiempos de creador multimedia-, así como por un sentido de la estética demasiado pronunciado para mi gusto. Quizá a veces uno tienda a pensar que un actor con menos planta que Fassbender sí que habría resultado realmente sórdido en escenas como en la que persigue y acosa a la chica del metro, o en las que practica la actividad preferida de Torrente mientras espera en los coches. Claro que entonces el mensaje de la película se habría perdido, ya que la paradoja que nos plantea Shame es ver cómo un hombre que en apariencia tiene una fachada perfecta, en realidad vive sumido en un oscuro infierno personal. Y si en Habitación en Roma Julio Medem consiguió que apartáramos la vista de la pantalla para mirar el reloj, McQueen logra aquí algo similar aunque por otras razones, haciendo que sus explícitas escenas sexuales terminen pareciendo agobiantes y desagradables; otro paso más de Brandon en su camino a la perdición.

Por una vez los elogios eran merecidos y hay que destacar la interpretación de un intenso y arriesgado Michael Fassbender, aunque a los académicos debieron de entrarles los sudores fríos desde el minuto 1 de Shame, pensando en qué escena poner en el video previo de nominados al Oscar al mejor actor. Pues más allá de las de sexo, lo cierto es que habrían tenido bastantes donde elegir, ya que el film cuenta con secuencias notables tanto en la parte artística como en la técnica. En la primera, por ejemplo, el New York, New York a ritmo de blues entonado por Carey Mulligan, con esa lágrima en la mejilla de Brandon al escuchar cantar a su hermana; y en la segunda, el largo travelling lateral de Fassbender haciendo footing por Manhattan, un brillante plano nocturno de más tres minutos de duración y sin cortes.

Sin embargo, el problema de Shame es que es una de esas películas -como el Juan Nadie de Capra-, en la que se ve claro que sus guionistas no saben cómo acabarla, ya que, viendo el rumbo que toma la historia, de un modo u otro el público se va a sentir defraudado. Tampoco ayuda el hecho de que el libreto venga firmado por Abi Morgan, la responsable de ese lío llamado La dama de hierro… Al final sucede lo que uno se temía y Morgan y McQueen toman la solución facilona: pasarle la pelota al espectador mediante un epílogo situado en el metro, para que éste decida la conclusión de la historia y el significado de la enigmática mirada de Fassbender a su compañera de vagón. Un gesto ambiguo que recuerda a la Garbo de La Reina Cristina de Suecia con su famosa y postrera cara de nada en el barco, aunque aquí al menos sabíamos que la divina se dirigía al exilio.

Criticoll

lunes, 13 de febrero de 2012

Salvar al caballo Joey

War Horse (Caballo de batalla)

Título original: War Horse (2011). Director: Steven Spielberg. Intérpretes: Jeremy Irvine, Peter Mullan, Emily Watson, Tom Hiddleston, Benedict Cumberbatch, Eddie Marsan, Toby Kebbel, Liam Cunningham, David Thwelis.



Hitchcock solía decir que nunca había que trabajar con niños, animales o Charles Laughton, un consejo que Steven Spielberg parece haber ignorado a lo largo de su carrera. No en vano, ha rodado con niños -E.T., El imperio del sol, Hook-, actores conflictivos a falta del finado Charles -Tom Sizemore, Dustin Hoffman, Robert Shaw-, y ahora nos llega su incursión en el reino animal con este War Horse (Caballo de batalla). Un film, curiosamente, cercano a aquel Seis destinos protagonizado por Laughton y en el que, en lugar de un frac, seguimos la trayectoria de un caballo y sus continuos cambios de dueño durante la Primera Guerra Mundial.

Estamos ante una película familiar de espíritu muy cercano a Lassie o Mi amigo Flipper, y en la que Spielberg trata de homenajear al gran número de equinos-soldado caídos en esa contienda, así como al modo de hacer cine a la vieja usanza de maestros como Ford, Wyler, Fleming o Vidor. Un terreno donde el Rey Midas pisa con comodidad y en el que demuestra de nuevo su virtuosismo como gran narrador de historias. Sin embargo, y aunque a estas alturas nadie le vaya a enseñar a filmar, sí es cierto que en esta ocasión da la impresión de que el autor de Tiburón se haya dejado llevar un poco por su entusiasmo, al sobresaturar el film de demasiados momentos emotivos y trascendentales. Instantes prefabricados a base de travellings in y out con grúa bastante grandilocuentes -un vicio adquirido seguro que por influencia de Peter Jackson-, así como por la omnipresente música de John Williams, que de tanto aparecer termina por sonar enfática y sentimentaloide.

Pero al menos la cinta entretiene, y, dentro de su inocencia o su afán por no mostrar los horrores del frente -todas las muertes se producen en elipsis, ¡estamos en la Disney!- el film posee un marcado carácter pacifista; no en vano, la frase fetiche del guión puesta en boca de varios personajes es “la guerra se lleva todo de todos”. Además, War Horse cuenta con una de las escenas mejor rodadas en la ya dilatada filmografía de Spielberg: esa de Joey corriendo por las trincheras y el campo de batalla a galope tendido, y donde todos los elementos de la película -fotografía, montaje, banda sonora, dirección…- se combinan a la perfección para lograr un momento ciertamente memorable. Una secuencia que equilibra otras algo chirriantes, -como la forzada camaradería anglo-alemana en el asunto alambre-tenazas-; el plano final del crepúsculo, saqueado de Lo que el viento se llevó; o lo raro que resulta escuchar en la v.o. a franceses y germanos hablando inglés con acento entre ellos -menos cuando las tropas marcan el paso, entonces dicen los números en alemán (¿?)-… Un recurso que obedece sin duda a esa intención de Spielberg por emular el estilo del cine añejo, pero que al Tarantino de Malditos bastardos le debe haber producido carcajadas. Otro aspecto paradójico -aunque achacable a la novela original de Michael Morpurgo- es que Joey acabe siendo en realidad tan gafe como el frac de Laughton, por lo que choca un poco que el joven Albert -Jeremy Irvine- desee recuperarlo con tanto anhelo.

En resumen, un largometraje bien realizado pero exactamente tal y como uno se lo imagina, sin poco espacio para la sorpresa, como no sea la de comprobar el talento de Spielberg para sacarle algo parecido a una interpretación al animal-caballo protagonista. Un hecho nada difícil, por otra parte, en un hombre que ya logró una proeza similar con Matthew McConaughey en Amistad.

Criticoll

lunes, 6 de febrero de 2012

La base o la vida

Moneyball: Rompiendo las reglas

TÍTULO ORIGINAL: “Moneyball” (2011). DIRECCIÓN: Bennett Miller. REPARTO: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman, Chris Pratt, Stephen Bishop, Robin Wright, Reed Thompson, Kerris Dorsey.


Desde que el cine es cine, toda gran estrella estadounidense que se precie ha de tener en su filmografía al menos un western o un título ambientado en el mundo del deporte. En este último caso, el boxeo o el fútbol americano son dos de las disciplinas más frecuentadas en la pantalla, aunque si hay un deporte de referencia en el celuloide USA, ése es sin ninguna discusión el béisbol. Un juego genuinamente norteamericano y que une a iconos de ayer y de hoy entre pitchers, bates y home runs. Así, tenemos a Gary Cooper y El orgullo de los yanquis, James Stewart y The Stratton Story, Robert Redford y El mejor, Kevin Costner y Los búfalos de Durham o Campo de sueños, Tom Hanks y Ellas dan el golpe, etc. A esta lista tan ilustre se suma ahora Brad Pitt con Moneyball: Rompiendo las reglas, un film basado en hechos reales y en el que el protagonista de Seven encarna a Billy Beane, el gerente de un club de béisbol modesto que, ante la escasez de dinero que le impedía fichar grandes nombres, se alió con un economista de Yale para descubrir jugadores basándose en cálculos matemáticos y estadísticos antes que en el consejo de sus ojeadores. Toda una revolución en el mundillo del béisbol pero que, tras muchas críticas y titubeos iniciales, se reveló finalmente muy productiva.

Con Moneyball no estamos ante el típico film épico en la tradición deportiva de Hollywood, ya que, más que por los terrenos de juego, la cinta frecuenta la trastienda de los despachos y los pasillos del poder directivo, ese al que Beane-Pitt pertenece y que pone patas arriba con sus novedosos métodos que desafían el establishment. El guión de Aaron Sorkin y Steve Zaillian resulta modélico en este sentido, al mostrarnos la evolución del trabajo de Billy justo desde el principio: reclutando a Peter Brand -Jonah Hill- y confiando ciegamente en sus estudios; fichando aquí y allá a la gente adecuada; cortando a los que no creen en la causa; buscando aliados entre los veteranos para liderar a los jóvenes; y hasta teniendo un poco de suerte al contar con la paciencia del presidente tras un inicio desastroso. Tampoco faltan momentos de gran intensidad y humor en la que vemos la parte humana del negocio, como cuando Billy abronca a los jugadores en el vestuario tras una derrota, su manía de no ver los partidos en directo, o los trucos que le enseña a Peter sobre cómo comunicarle a alguien que se va traspasado. Todo ello con el mensaje de fondo que subyace en la película -hay que atreverse a innovar y a luchar por las ideas propias, sin venderse al poder establecido- destilado de forma inteligente y sin machaconerías. A ello ayuda la interpretación de Brad Pitt como Beane, muy alejado aquí de su imagen más glamourosa con tanto chándal o tanto picoteo de kikos, y que logra las simpatías del público haciendo gala de su carisma habitual. Dejando, también, lamentándose a más de uno por no haberle tenido a él en el Valencia C. F. de hace un lustro en lugar de a Juan Soler, M. A. Ruiz, Chusín Wolstein y compañía.

Criticoll

lunes, 30 de enero de 2012

Historias del FBI

J. Edgar

TÍTULO ORIGINAL: “J. Edgar” (2011). DIRECCIÓN: Clint Eastwood. REPARTO: Leonardo DiCaprio, Armie Hammer, Naomi Watts, Judi Dench, Josh Lucas, Dermot Mulroney, Damon Herriman, Zach Grenier.

Cualquiera familiarizado con la Trilogía Americana de James Ellroy -América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda- tendrá la imagen del sempiterno director del FBI John Edgar Hoover como esa figura turbia y fantasmagórica que movía los hilos en la sombra y hacía y deshacía a su antojo, sin importarle mucho los medios o las muertes necesarias para conseguir sus fines: mantener intacto el poder y librar a su amado país de la amenaza de sus enemigos, del estilo de rojos, liberales, feministas, defensores de los derechos civiles, activistas, negros o intelectuales. Todo ello, curiosamente, mientras dejaba campar libre y a sus anchas a la mafia en sus negocios de Las Vegas, para así obtener luego su colaboración en magnicidios de elementos molestos como los Kennedy o Martin Luther King…

Sin embargo, y para chasco de los lectores de Ellroy, el Hoover de J. Edgar parece más bien un burócrata cuadriculado y aburrido que la verdadera reencarnación del mal que nos proponía en sus páginas el escritor de L.A. Confidential; una repetición en realidad -para Leo DiCaprio- del Howard Hughes de El aviador, ya que de nuevo tenemos a un personaje tan influyente y controvertido como estigmatizado por su madre; otra vez apretando mucho la mandíbula al declarar ante comités o jurados, y hasta con un pañuelo siempre a mano para limpiarse después de estrecharle la ídem a alguien.

Y es que la aproximación de Clint Eastwood a la figura del longevo director -48 años- del FBI resulta tibia y monocorde, no logrando transmitir apenas emociones ni despejando las dudas sobre quién era realmente Hoover. Un ser tan misterioso como sus míticos archivos, esos documentos cargados de secretos inconfesables del presidente de turno -y la mejor arma de J. Edgar para perpetuarse en el poder durante décadas-, pero que, a pesar de su legendaria fama, en este film dan muy poco juego. De hecho, sólo aparecen en la escena en la que el protagonista amedrenta a Bobby Kennedy y, casi al final, cuando tras su muerte son destruidos por su secretaria -una desaprovechadísima Naomi Watts, por otra parte-.

Uno de los grandes culpables de la decepción que supone esta cinta es el guión de Dustin Lance Black, que -como ya ocurría con el de Abi Morgan en La dama de hierro- lastra el ritmo de la película al intentar resumir sin mucho tino una trayectoria tan dilatada como la de J. Edgar, dando demasiada importancia a unos hechos -sus brillantes inicios, la lucha contra los gángsters, el episodio del bebé de los Lindbergh- y citando de pasada o incluso obviando otros muy memorables, como su enemistad con Truman o los Kennedy o su papel durante la Caza de Brujas. Entre flashback y flashback, también se nos cuenta la historia de “amistad” de Hoover -un esforzado Di Caprio- y su ayudante, Clyde Tolson –Armie Hammer-, con quien probablemente mantuvo una relación homosexual, ya que nunca se casó y lo nombró heredero de sus bienes. Lástima que las buenas interpretaciones de ambos actores -aunque sin pasarse, tampoco son de Oscar- se vean seriamente dañadas por un maquillaje ridículo que sin duda tendrá su recompensa en los Razzies. Y es que, en ocasiones, el make-up les hace parecer recién salidos de un Celebrities de Muchachada Nui antes que de una película de Clint Eastwood. Un Clint muy alejado en este film de la calidad y el interés de otras incursiones suyas en el biopic como Bird, Cazador blanco, corazón negro o Invictus; y que aquí no ha sabido -o no ha podido- entrar en el alma de su retratado para revelárnosla. Tampoco es de extrañar, viendo como el propio Hoover mentía más que hablaba al narrar a su biógrafo sus presuntos éxitos -como las detenciones de Dillinger o Bruno Hauptmann-, y que realidad habían efectuado agentes de campo justo antes de que el tío Edgar llegara para hacerse la foto.

Criticoll

martes, 24 de enero de 2012

Los ricos también lloran

Los descendientes

TÍTULO ORIGINAL: “The Descendants” (2011). DIRECCIÓN: Alexander Payne. REPARTO: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause, Robert Forster, Judy Greer, Beau Bridges, Matthew Lillard, Patricia Hastie, Rob Huebel.

A priori uno encara Los descendientes con bastante escepticismo, porque, a saber: su protagonista vive en Hawai, tiene el físico de George Clooney y está forrado. ¿Cómo rayos pretenden que uno se identifique o sienta lástima por él? Encima la imagen de celebrity sobrada que proyecta Clooney en todos los medios -que ya le hizo ser descartado por Alexander Payne para el rol de Thomas Haden Church en Entre copas- le hace cada vez más difícil resultar creíble, como no sea para poner cara de que se le ha acabado el Nespresso.
Pero ahí es donde entra el talento de Payne, uno de los pocos directores actuales capaces de darle la vuelta a la imagen cinematográfica de las estrellas a su cargo, y que, si ya logró que viéramos a Jack Nicholson como un viudo jubilado que se pirraba por las autocaravanas, esta vez decidió darle otra oportunidad a George y probar con él su magia. Pues lo cierto es que, si a los premios nos remitimos, parece que de nuevo ha vuelto a conseguirlo, ya que el Clooney de este film realiza una interpretación notable y deviene mucho más convincente de lo esperado, por mucho que el número de sus primeros planos -que debe exigir por contrato- no haya disminuido ni un ápice de la media habitual.
La trama nos presenta a Matt King -George Clooney-, un abogado casado y padre de dos niñas que se ve obligado a replantearse la vida cuando su mujer sufre un terrible accidente que la deja en coma. El hombre intenta torpemente recomponer la relación con sus problemáticas hijas, la precoz Scottie, de 10 años -Amara Miller-, y la rebelde Alexandra, de 17 -Shailene Woodley- al tiempo que se enfrenta a la difícil decisión de vender las propiedades de la familia; ya que, herederos de la realeza nativa y de los misioneros, los King poseen en Hawai tierras vírgenes de un valor incalculable.

La película supone un drama bastante efectivo que nos habla de la importancia de la familia y el dolor que significa perder a uno de sus miembros. La historia está bien llevada y no resulta lacrimógena ni sensiblera, siendo conducida por Payne con una elegancia y un saber estar muy naturales. El reparto raya a gran altura, pero no sólo Clooney -que ya debe estar haciendo hueco en la vitrina para otro Oscar- tiene oportunidades de lucimiento, ya que Shailene Woodley -en la escena de la piscina- o Robert Forster -cuando besa a su hija en coma en la cabeza- son incluso más emotivos que el propio George. Otros activos del film serían la preciosa fotografía de Phedon Papamichael -capturando toda la belleza de los exteriores hawaianos- y la selección musical de canciones nativas, una elección muy atractiva a la hora de ambientar y darle ritmo al relato. Sin embargo, el largometraje no acaba de resultar extraordinario -ni superior a la obra maestra de Payne, Entre copas- debido a su guión, el cual dista mucho de tener una estructura perfecta. Y es que, por ejemplo, empieza con Matt de narrador y luego ya se olvida; incluye personajes que no aportan nada -como el de Sid-, o promete escenas que posteriormente no ofrece -como la acampada final-. De hecho, si se es del todo objetivo, que una película como The Descendants se vea saludada hoy como la gran esperanza norteamericana para los Oscar frente a una cinta francesa, en blanco y negro y muda, da mucho que pensar sobre la calidad del cine actual; cuando lo cierto es que si se hubiera estrenado hace 40 años, pasaría por un buen film pero a nadie le hubiese extrañado que no alcanzara ninguna nominación -como no fuera acaso la de Clooney-. Y es que, sin este último ni Payne pero con el mismo guión, podríamos estar hablando perfectamente de Los descendientes como de una película de TV de sobremesa. Lo cual no es ningún menosprecio, porque algunas están realmente bien, y ahora no hablo de esa labor social tan reconocida de ayudar a dormir la siesta.

Criticoll

sábado, 21 de enero de 2012

RESUMEN DEL AÑO (y V)

SOBRESALIENTE

La crème de la crème. Películas que lo daban todo y que por distintas razones superaron mis expectativas hasta alzarse como las mejores del año.


Cisne negro


Tras domar a Mickey Rourke y sacarle la mejor interpretación de su carrera en The Wrestler, Darren Aronofsky hizo lo propio con Natalie Portman en otro largometraje de profesionales obsesivos: Cisne negro. Una película malrollera pero fascinante a la vez con referencias tan variadas como Polanski, Cronenberg, Dostoevski, Darío Argento, Eva al desnudo o Las zapatillas rojas, y en la que el ex de Rachel Weisz pareció fundir el hiperrealismo de El luchador con las rarezas alucinógenas que poblaban cintas como Pi, Réquiem por un sueño o The Fountain.

Cisne negro cuenta la historia de Nina -Natalie Portman-, una bailarina de una compañía de ballet de Nueva York que es elegida como protagonista de El lago de los cisnes, un exigente papel dividido en dos partes -cisne blanco y cisne negro-, que la obliga a expresar inocencia y dulzura primero y luego la maldad más hijoputesca que se pueda aparentar llevando un tutú puesto. Pero para la joven -una chica introvertida que seguía diciendo mecachis y jopé, bastante reprimida por su madre y que no se acostaba después de las 12 ni en nochevieja- resulta difícil alcanzar la furia y la oscuridad que le demanda el sexual cisne negro; encima con el hándicap de tener un coreógrafo francés dándole caña todo el rato, y a una trepa como Mila Kunis acechando para quitarle el puesto. Al final la presión termina por ser demasiada y Nina-Portman acaba más zumbada que un sonajero, adoptando el nombre artístico de Darth Natalie, dejando que un bailarín montonero le haga un bombo y fichando por películas como Thor, Sin compromiso o Caballeros, princesas y otras bestias. Ante el rumbo que tomaban los acontecimientos, un asustado George Lucas decide borrar a Amidala de la trilogía de Star Wars en Blu-Ray y sustituirla digitalmente por Jar Jar Binks, en otra decisión acertadísima del hombre que ya nos hizo disfrutar con Indiana Jones IV.

Lo que hay que escribir para no destripar finales, en fin… que Cisne negro era la mejor película del año, intensa, arriesgada, extraña y con toques de terror; es decir, ya de entrada tenía todos los ingredientes para que la Academia de Hollywood la descartase y no se atreviera a premiarla con el Oscar -a pesar de nominarla, qué hipócritas-. Al menos, donde los académicos demostraron más vergüenza fue en el apartado a mejor actriz, categoría en la que evitaron otro ridículo y no tuvieron más remedio que rendirse a la evidencia: que la interpretación de Natalie Portman era tan superior a las de las demás actrices, que probablemente ninguno llegó a votar a otra -encima con el recuerdo aún fresco del robo al pobre Mickey Rourke-. Y es que el arte de Natalie para mutar su físico al de una bailarina profesional resultaba espectacular -las dobles ésas de cuerpo no hicieron casi nada, coñe-, mientras que psicológicamente, la Portman lograba desplegar su abanico interpretativo 180 grados con una variedad de matices asombrosa, desde el candoroso cisne blanco al cabrón del negro; una transformación que ya la habría deseado para sí Pau Gasol -Gasoft según fans crueles- para acallar esas voces que le quieren fuera de los Lakers. Una película, en resumen, que traspasó el celuloide para hacerse un hueco en la cultura popular a base de parodias del Saturday Night Live o en publicidad, hurtos del cartel de paradas de bus, alusiones en el Congreso o rajes indirectos como los de Kobe en el play-off hacia Pau, exigiéndole más negro y menos blanco. Y es que no sólo las abuelas que tenía delante en el cine se quedaron con la boca abierta tras contemplar el arrebatador desenlace de Black Swan, con Tchaikovsky y El lago de los cisnes resonando a toda pastilla en la pantalla; un final poderoso que permanecía en tu cabeza hasta un buen rato después de haberlo aplaudido. Posiblemente si al salir a la calle hubiera pasado por al lado de alguna marquesina con el póster yo también lo habría mangado; aunque creo que se me adelantaron las señoras.


El origen del planeta de los simios

Pocos podían prever que la trillada saga simiesca fuera a renacer de forma tan sobresaliente después de que el remake de Tim Burton la redujera a cenizas en 2001. Pero en Hollywood los milagros a veces ocurren, y El origen del planeta de los simios, a pesar de su lastrante condición de reboot y precuela a la vez, pronto se reveló como un más que digno sucesor del original de 1968; elevándose contra pronóstico como la verdadera película del verano por encima de Super 8, Cowboys & Aliens, Los pitufos o ejem, Zoo loco. Y es que este film -que probablemente le habría encantado a Heston, Boulle o Schaffner- es un ejemplo de manual sobre cómo deberían de ser las películas comerciales del futuro: entretenidas y espectaculares, sin menospreciar la inteligencia del público y hasta deslizando un mensaje que invite a la reflexión. Y todo gracias a una feliz combinación de factores, empezando por un guión de hierro que imaginaba con ingenio el inicio de la saga y que incluía numerosos guiños cinéfilos a las películas precedentes; con un gran ritmo narrativo, personajes bien definidos y la justa emoción para llegar al corazón del espectador. Con un director -el inglés Rupert Wyatt-, que sabía lo que se traía entre manos y capaz de sacarle el máximo partido tanto a su reparto de carne y hueso -James Franco, Freida Pinto, John Lithgow-, como al de píxel -Andy Serkis / César-. También con su sabia alternancia de momentos intimistas con otros más épicos -como en la batalla del Golden Gate, una de las secuencias del año-; o por su crítica al ser humano por pasarse de la raya y jugar al dios creador. Esto último, paradójicamente, dentro de una película que contaba con unos prodigiosos F/X recreando desde la nada su fauna de monos con alto grado de perfección, simbolizado en la mirada de mala leche tan humana del ya famoso César -y que, a pesar de lo que se haya dicho en algunos cine fórums, no porque a los guionistas se les olvidara escribirle una novia-. No en vano, el realismo alcanzado por el chimpancé fue tal que incluso hubo rumores de nominación al Oscar para Serkis como mejor secundario por otra de sus impresionantes composiciones de captura por movimiento. Pues mira, no; la Academia -con el decisivo voto en contra del gremio de actores- no parece dispuesta para semejante revolución, encima estando por ahí Christopher Plummer, Albert Brooks y… ¡Jonah Hill! ¿Pero estamos todos locos o qué?


Contagio

La película con la mejor escena del año no podía faltar en el podio del 2011,  y esa la tenía Contagio, de Steven Soderbergh. Pongámonos en situación: el caos y la destrucción reinan en el planeta después de que un virus mortal y supercontagioso haya acabado con la doceava parte de la población mundial -y con alguna que otra estrella destacada del póster-. Todo parece perdido cuando, ya casi al final de la película y tras mucho sufrir, los científicos logran elaborar por fin el tan ansiado antídoto. ¡Albricias! Pero hay un problema, y es que todavía no hay dosis suficientes para todos los supervivientes… Entonces, para que no hayan más saqueos ni tumultos, se decide una solución fácil y bastante justa para suministrarlas: hacer un sorteo rollo lotería de Navidad con los niños de San Ildefonso de Harlem pero en vez de poner números de lotería en las bolitas, con las 366 fechas de nacimiento que se pueden dar en un año, y así vacunar el primer día a todos los habitantes del mundo que cumplieran años el día de la 1ª bola agraciada, el segundo día, a los de la 2ª, etc. Pues bien, serendipia y de las gordas, porque la primera bola que sale es... ¡el 10 de marzo! Es decir, mi cumple, el de Sharon Stone o el de Chuck Norris -umm, ahora que lo pienso, ¿estaría todo amañado por miedo a Chuck? No lo creo, según los facts es inmortal-. Bueno, snif, snif, que una cosa así no debía caer en saco roto, así que gracias a este detalle subjetivo sin importancia elevo a Contagio a medalla de bronce y a la categoría de film de culto personal y tal y tal y tal…
Otra cosa es que fuera poco recomendable como película para una cita, ya que en ese caso resultaba una elección tan desastrosa como el cine X que escoge Travis -Robert De Niro- para quedar con Betsy -Cybil Shepherd- en Taxi Driver. Y es que al salir de ver Contagio daban ganas de llevarse puestos a casa los guantes del "Coge y Mezcla" de las chucherías y no tocar nada ni mucho menos a nadie, a modo del Howard Hughes de El aviador para evitar gérmenes. Aunque bueno, uno podría remontar la situación otro día si hubiera una segunda oportunidad con Hitch, especialista en ligues.

Criticoll