lunes, 7 de octubre de 2019

ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD



Es curioso cómo de un tiempo a esta parte, varios autores se han vuelto nostálgicos y les ha dado por rememorar la época de su niñez. Si el año pasado tuvimos Roma de Alfonso Cuarón o a principios de este a Almodóvar con Dolor y gloria, ahora es Quentin Tarantino quien ha hecho su particular Amarcord con su novena película, Érase una vez en Hollywood. El film supone su visión idealizada y personal de Los Ángeles en 1969, la ciudad donde vive el director desde que tenía dos años, tras mudarse con su madre desde su Knoxville natal. Ese 1969 fue el año en el que todo cambió en la Meca del Cine: el viejo Hollywood agonizante de los grandes estudios le dio el relevo al nuevo de la mano de Easy Rider o Cowboy de medianoche, y la USA de los hippies y el amor libre se resquebrajó con el asesinato de Sharon Tate a cargo de la siniestra familia Manson, dando inicio de forma oficiosa a los desencantados y paranoicos años ’70.


Como en Malditos bastardos, Tarantino no deja aquí que la realidad le estropee una buena historia y mezcla a su gusto realidad y ficción, dejando claro desde el mismo título -Érase una vez en Hollywood, homenaje a Sergio Leone- que estamos ante una especie de cuento. En él, celebrities reales como la Tate, Bruce Lee o Steve McQueen -y otros menos conocidos como Sam Wanamaker o James Stacy- se entrecruzan con personajes inventados como Rick Dalton -Leonardo DiCaprio- y Cliff Booth -excelente Brad Pitt-, que son los verdaderos protagonistas de la historia. Se trata de un actor de westerns televisivos en horas bajas y su doble de acción y hombre para todo, que sobreviven en un segundo plano en la industria del entretenimiento, lejos del glamour de los vecinos de Rick en su casa de Cielo Drive: Sharon Tate y Roman Polanski. Hay que decir que el guión de la película no cuenta realmente con un plot dramático al uso, sino que, según su autor, se trata de un A day in life: esto es, registrar un día en la vida de sus carismáticos personajes. Algo que dicho así queda muy cool, pero que en la práctica afecta bastante a la progresión dramática de la historia y el alargamiento de escenas demasiado reiterativas. Y es que lo que de verdad le interesa a Tarantino es la recreación de una época, de sus recuerdos felices de infancia mediante la evocación de aquellas imágenes, sensaciones y sonidos de su niñez. Al menos esto lo logra con creces al erigirse la ambientación en uno de los elementos más destacados de la película, con esa fotografía cargada de colores pastel de Robert Richardson y un vestuario y dirección artística realmente prodigiosos, que logran reproducir ese Los Angeles de finales de los ‘60 idealizados por Tarantino. Con esas marquesinas luminosas de los cines
de Hollywood Boulevard  anunciando letreros de películas de la temporada 68-69 hoy olvidadas como Al Este de Java, Romeo y Julieta, La noche del escándalo Minsky's, Péndulo o Tora! Tora! Tora! -que se estrenó en realidad en septiembre de 1970-, o con canciones que sonaban en la radio KHJ93, como California Dreamin’, Mrs Robinson de Simon & Garfunkel o la pegadiza Bring a Little Lovin de Los Bravos, música unida ya indisolublemente a este film desde el teaser trailer presentado en marzo y que aquí acompaña a Cliff Booth en uno de sus frecuentes trayectos en coche. Así, la película resulta entrañable en su recreación de una era ya perdida, en la que se podía recoger alegremente a autoestopistas sin temor a que fuera un serial killer, o los autocines se llenaban con programas dobles de películas. Si bien la inmersión en el zeitgeist de aquella época resulta más edulcorada y luminosa de lo que debió ser en realidad; no olvidemos que esos recuerdos están filtrados por la mente infantil de un niño, aunque tratándose de Tarantino, la memoria es fotográfica y las referencias intertextuales que presenta el film, apabullantes. Vaya, cualquiera imaginaría a José Luis Garci emocionado ante tamaña explosión de nostalgia para todos los sentidos, pero sorprendentemente esto no ha sido así: el director de Tiovivo c. 1950 ha declarado que no le ha gustado esta película porque dura demasiado y en realidad no cuenta nada. Algo de razón sí que tiene Garci, porque con ese interés de Tarantino de pasar del guión y centrarse en los personajes, hace que algunos tramos resulten aburridos e innecesarios, como el excesivamente detallado rodaje del western de Rick Dalton: llega un momento que parece que Tarantino nos vaya a mostrar la filmación entera de esa supuesta cinta. Lástima que la muerte de Sally Menke por pasear a su perro una sobremesa de calor extremo en verano de 2010 nos privase de la única voz autorizada que Tarantino obedecía para recortar metraje, snif. El montador actual de Quentin, Fred Raskin -antiguo ayudante de Menke- parece que no se atreva a contradecir a su jefe, y le permite desde entonces todos sus desvaríos y redundancias. Solo hay que mirar la duración de los largos -nunca mejor dicho- de Tarantino en la era post Menke: Django desencadenado, 165 minutos; Los odiosos ocho, 168 minutos; Érase una vez en Hollywood, 161… de momento, porque Tarantino y Netflix planean una miniserie de 4 capítulos de Once Upon A Time In Hollywood con todo el metraje descartado, lo que alargará su duración a las 4 horas y 20 minutos. El ritmo lento y el desequilibrio entre subtramas se acentúa en el ecuador del film con la salida momentánea de la historia del personaje de Brad Pitt, quien roba totalmente la película ante un Leo DiCaprio con un personaje menos lucido y una Margot Robbie que convierte a Sharon Tate, más que en un ser humano, en una presencia inocente y pura, etérea e inalcanzable. Un fantasma revivido que parece flotar ociosa por las contadas escenas en las que transita, por mucho que, nos viene a decir Tarantino, la muchacha no sea perfecta: tiene los pies sucios y ronca como un oso. En su estreno en Cannes un periodista le criticó a Tarantino que Robbie aparecía poco tiempo en pantalla y este lo negó con vehemencia, pero lo cierto es que días después le ordenó a Raskin -seguro que con secreto gozo- que añadiera más metraje de la australiana, aunque de todas formas al final su personaje queda algo cojo y sin mucho que hacer en el film.




Volviendo a Brad Pitt, una de las claves de que se erija en el rey de la función puede deberse a la preferencia inconsciente de Tarantino hacia Cliff Booth. De hecho, la idea de Érase… le vino durante el rodaje de Death Proof, al pensar en las aventuras de un doble de acción como el que interpretaba Kurt Russell en esa película, pero coetáneo de los años 50-60. Pronto sus anotaciones sobre la historia de Booth tomaron la forma, más que de guión,  de una novela, en la que fue escribiendo varios capítulos como las aventuras de Cliff en la Segunda Guerra Mundial -inspirándose para ello en la figura del mítico Audie Murphy-. Más adelante, se le ocurrió el personaje de DiCaprio y decidió conectar ambos con el asesinato de Sharon Tate en ese emblemático 1969. Quentin esbozó primero la escena final del film y  a partir de ahí fue tirando del hilo de su historia, en lo que parece ser un exorcismo personal de traumas para el director, que por lo visto nunca fue uno de esos que jaleaban a Charles Manson como icono pop contracultural. Y es que la madre de Tarantino le asustaba por la noche cuando era pequeño diciéndole que si se portaba mal vendría la familia Manson a por él… Algo muy distinto a lo de Leonardo DiCaprio, irónicamente un hijo de hippies que en el colegio llevaba una camiseta de Manson para dar la nota y alterar a los profesores.

Más allá de Brad Pitt, Leonardo DiCaprio y Margot Robbie, el resto de nombres famosos del reparto resultan muy secundarios, como Al Pacino, Bruce Dern -sustituyendo al fallecido Burt Reynolds-, Kurt Russell, Michael Madsen o Luke Perry, muy publicitados pero que apenas salen en una escena. De los personajes reales, no tienen mucha presencia en el montaje final ni el Steve McQueen de Damian Lewis -bastante parecido menos en la mandíbula y en los 10 centímetros de altura de más-, Charles Manson o Roman Polanski, apenas unos extras con frase. Tampoco ocupa mucha más cuota de pantalla Bruce Lee -Mike Moh-, aunque seguramente a su hija Shannon no le habría importado que no saliera en absoluto, habida cuenta de cómo lo ridiculiza Tarantino, presentándolo como un fanfarrón al que cualquier oponente puede tumbar en una pelea. La verdad es que sorprende que Tarantino deje en tan mal lugar a Bruce Lee, después de los homenajes en Amor a quemarropa o Kill Bill, con el mono amarillo de La Novia copiado del de Juego con la muerte. Normal que Shannon Lee haya catalogado de caricatura la intervención de su padre. Y hablando de hijas de famosos, la película incluye un verdadero vendaval de ellas, como Maya Hawke, Rumer Willis, Harley Quinn Smith o la mejor de todas, Margaret Qualley. La benjamina de Andie McDowell se luce como la hippy lolita que liga con Cliff Booth y lo lleva al siniestro Rancho Spahn, escenario donde se producen los mejores momentos del film, gracias a esa dilatada secuencia de suspense hitchcockiano, con los hippies de la familia Manson apareciendo de improviso y tan amenazadores como Los pájaros (1963) o los chavales de ¿Quién puede matar a un niño? (1976); una escena cercana al terror que el editor Fred Raskin definió como “La Matanza de Texas con presupuesto”. Si la Qualley hubiera sido más famosa, seguro que le habrían dado la misma visibilidad en el tour promocional que al trío protagonista de DiCaprio, Pitt y Robbie, porque de hecho sale más minutos que ésta en el film y con un personaje en realidad mucho más interesante.


La película está hecha por y para el disfrute personal de Tarantino, y no es difícil imaginárselo viéndola luego en un cine, repantigado con los pies descalzos sobre el asiento de delante, como Sharon Tate contemplándose a sí misma en The Wrecking Crew. Si bien esta autoindulgencia no le afecta demasiado al film y en conjunto  resulta mucho mejor que sus últimos y mediocres trabajos. En este sentido, debo reconocer que uno sale del cine bastante satisfecho, a pesar de las licencias históricas que se toma el amigo Quentin en pos de la justicia poética. Y es que el hecho de que Debra Tate -la hermana de Sharon-, leyera el guión de Tarantino y le diera el visto bueno, prestase joyas suyas para que las luciera Margot Robbie, o que en la escena esa del cine sea la propia Sharon Tate la que salga en pantalla y no la Robbie, son claros spoilers sobre cómo iba a lidiar Tarantino con todo el asunto. Claro que para llegar a la altura de Pulp Fiction a esta película le faltaría Sally Menke, más dosis de violencia divertida y diálogos brillantes, algo que ya se podía sospechar tras ver su trailer, en el que no destacaba ninguna frase con gancho. Yo habría incluido al menos una, que sí recuerda al viejo Tarantino: cuando Rick Dalton le pregunta a la niña actriz “¿te molesta que me siente a tu lado?” Y ella le replica: “No lo sé. ¿Me vas a molestar?”

En definitiva, una fábula idealizada que también nos habla sobre personas que se hacen mayores y sienten que se les escapa su momento, y que resulta lo más interesante que ha rodado Tarantino en años, gracias a la química y el carisma de su pareja protagonista, a la memorable recreación artística o por su carácter de película resumen de toda su carrera; en lo que es también una carta de amor al cine y a la TV de 1969 y a la ciudad de Los Angeles. Aunque con las cláusulas que se autoimpone Tarantino, está por ver si con Érase una vez en Hollywood estamos realmente ante su penúltima película: Kill Bill 1 y 2 las cuenta como una sola -de hecho las unió en 2011 con el remontaje Kill Bill: The Whole Bloody Affair-; y si dirigiera su anunciado guión de Star Trek, tampoco computaría, al ser parte de una franquicia… Ya puestos, yo de él tampoco sumaría la infumable Death Proof como parte de la decena -mejor olvidar que sucedió, como Indiana Jones IV- y así aún tendría espacio para otra más, como por ejemplo Kill Bill 3, con la prometida venganza de la hija de Vernita Green contra Beatrix Kiddo. Seguro que Uma Thurman y Maya Hawke se apuntaban. 

Criticoll

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